CONCLUSION DEL OCTAVARIO POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS. 25 de enero de 2.015. Parroquia de San Pablo

Llevamos una semana, desde el domingo pasado, participando en la oración, junto con otros bautizados, pidiendo al Señor la unidad de los cristianos, cumpliendo así lo que hizo Jesús; en efecto, en la Última Cena en Jerusalén, en el primer Jueves Santo de la historia, Jesús se dirige al Padre:  “No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí,  para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21).

En efecto, por el bautismo hemos sido hechos todos hijos adoptivos del Padre, hemos sido incorporados a Cristo y hemos recibido al Espíritu Santo. Hay una identidad real y espiritual que ha de crear unidad y no división, fraternad y no separación. En esta semana, pues a Dios rogando por esa unidad, y ese ruego tiene que ir unido por el compromiso en acciones que fomenten y favorezcan esa unidad: no podemos pedir a Dios que nos conceda aquello que no estamos dispuestos a hacer nosotros. Dios con nosotros y nosotros con Él participando de sus sentimientos y cumpliendo su voluntad.

Este año el Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos ha sido inspirado por el lema: “Jesús le dijo: ‘Dame de beber’” (Jn 4,7), tomado del capítulo 4 de Evangelio de San Juan, donde, encontrándose Jesús con una samaritana tras un viaje con sol, cansancio, sed, como hombre tenía necesidad del agua. Con esa petición Jesús destaca la necesidad que tenemos de recurrir los unos a los otros para vivir, en este caso, vivir cumpliendo la misión de la Iglesia. Hay u diálogo, un examen de la propia identidad, un ayudarse recíprocamente, una nueva vida. Vamos a meditar, pues, un poco este texto.

En este pasaje evangélico destaca desde el principio la humanidad de Jesús: Jesús es también hombre y por ello, se nos presenta a un Jesús fatigado por un largo camino bajo un sol ardiente y, por ello, es un Jesús sediento que pide, como un peregrino cualquiera, un poco de agua para refrescarse.

Pero ese hombre, aunque sediento, es un hombre extraordinario. Se comporta de un modo diferente, eficaz, mejor; un rabino, es decir un maestro o doctor, no hablaba nunca con una mujer. Tanto es así que hemos escuchado como los mismos apóstoles se sorprendieron a ver a Jesús hablar con una mujer. Pero un paso más, Él que era judío habla con una samaritana, cuando desde hacía siglos ambos pueblos se despreciaban. Y más aún, Jesús se pone a hablar con una mujer samaritana que había tenido una vida poco recomendable, no era limpia; había tenido hasta cinco maridos y ahora convivía con otro.

Jesús eligió esa situación para hacernos unas manifestaciones extraordinarias:

a)      A esa mujer Jesús se manifiesta como profeta; la mujer declaró: “Señor, veo que eres profeta”. Al profeta se le atribuía la capacidad de conocer incluso las cosas ocultas y de penetrar en la profundidad del alma: Jesús le desenmascara que ha tenido cinco maridos y que vive ahora con otro que no es marido.

b) A esa mujer Jesús le declara abiertamente que es el Mesías prometido: la mujer le dice: “Yo sé que el Mesías está por llegar”. Y Jesús le responde: “El Mesías soy yo”.

c) A esa mujer Jesús le revela el don que ha venido a traer a los hombres: la única agua que puede saciar la sed de verdad y de amor propia del ánimo humano, el agua del Espíritu Santo, de u verdad, de su palabra, de su gracia. En efecto, le dice: “El que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed, sino que esa agua se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna”.

d) Y finalmente, Jesús le anuncia a la mujer samaritana que ha llegado el momento de romper toda barrera de carácter étnico y religioso, de no vincular ya el culto a un determinado lugar o a determinados ritos exteriores, sino de adorar a Dios “en espíritu y verdad”.

Todo esto Jesús lo reveló entonces a la mujer samaritana y, ahora por medio de ella, lo revela hoy a nosotros. El encuentro de Jesús con aquella mujer acaba con una obra maravillosa: la cambia completamente en lo profundo de su alma: de pecadora la convierte en arrepentida, de convertida en apóstola, en misionera. San Agustín decía que la samaritana es símbolo de la Iglesia, que recibe la revelación por parte de Jesús y se hace anunciadora. En efecto, el Evangelio nos ha dicho que  “La mujer dejó su cántaro y se fue al pueblo a decir a la gente: –Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?”.

Acojamos, pues, este mensaje que Jesús nos dirige a nosotros. Es Él el que nos habla, el Mesías prometido, el salvador del mundo, no debemos buscar en ningún otro la salvación. A nosotros hoy y siempre Jesús nos repite: “Sólo yo puedo darte el agua que verdaderamente apaga la sed, que puede colmar las exigencias más profundas de tu espíritu. No debes buscar las soluciones, el deseo e verdad, de bondad, de felicidad en otra parte, pues quedarías decepcionado. Las cosas, las criaturas, son útiles si te llevan a mí, que soy la fuerte de la vida.

En ese proceso de bien de la humanidad, de cada persona, Jesús nos llama a la unidad, no a la uniformidad. La unidad el amor. En esa unidad, podemos hacer bien al mundo en la evangelización, la tan necesaria evangelización, que trae la paz y la fraternidad, el amor y la solidaridad, y aleja guerras, persecuciones, ofensas.

La mujer samaritana, con su corazón transformado se fue a su pueblo a misionar, a nunciar a la gente que había encontrado al Mesías. Muchos, a raíz de ello, creyeron en Jesús, movidos por el testimonio de la samaritana (Cf. Jn 4,39).

La misión es un elemento de la fe cristiana, una consecuencia de la misma. Todo cristiano está llamado a anunciar el nombre del Señor. Misionar no es hacer proselitismo, sino acercarse a los demás en un diálogo amoroso, abierto a dar y a recibir, respetuoso con las diferencias.

Nuestra misión tiene que ser una labor al mismo tiempo de palabra y de testimonio. Proclamar la verdad aprendida de Cristo y vivir de acuerdo con ello. No podemos dar el mal ejemplo de no vivir lo que predicamos. Si nuestras palabras y nuestro testimonio son auténticos, el mundo prestará atención y creerá.

Si queremos, si necesitamos un mundo fraterno y unido, seamos fraternos y unidos los que creemos en Jesucristo.

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