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NAVIDAD Y ABORTO EN ESPAÑA

8/12/2005

Nos acercamos a las fiestas de Navidad. Parece que los sentimientos de todos se cambian al acercarse estos días: se renueva la amabilidad, la simpatía, nos intercambiamos las felicitaciones y buenos deseos, se estrechan los vínculos familiares y de amistad. La Navidad tiene una fascinación especial. En Navidad celebramos el nacimiento, hace más de dos mil años, de un niño en Belén de Judá. El nacimiento de ese niño no fue fácil: su padre y su madre no encontraron ni tan siquiera un sitio en una posada y el niño vino al mundo en una gruta en las afueras de la ciudad. El momento casi sacro del alumbramiento tuvo lugar en medio al frío de una noche invernal sin el mínimo calor humano: todo en contra, pero el niño nació y fue envuelto en pañales y depositado en un pesebre. Para nosotros, los cristianos, el niño era y es hijo unigénito de Dios y marca totalmente nuestras vidas.

La Navidad es una de las fiestas más sencillas, pero a la vez más difíciles de celebrar, pues gran parte del ambiente nos mueve no hacía la contemplación de ese misterio que acaeció en Belén, sino hacia un consumismo desenfrenado que no tiene nada que ver con el origen de la celebración. Más aún, en Navidad celebramos en nacimiento de un niño mientras nos rodea la cifra, escalofriante, de los niños que mueren en el mundo: el padre y la madre del niño de Belén, con todas las dificultades propias, le acogieron y envolvieron en pañales; hoy muchos padres y madres, las más de las veces sin culpa propia, llevados por tristes circunstancias, no lo pueden acoger, ni ver si rostro ni gozar de su sonrisa: sencillamente lo eliminan legalmente por medio del aborto.

Mientras me estoy preparando a vivir la Navidad me encuentro con una cifra escalofriante, expresión manifiesta de la profunda crisis, que con la complicidad de tantos, vive nuestra sociedad. El Instituto de Política Familiar, en una carta a la Ministra de Sanidad y Consumo, estima que la cifra de abortos en España en el año pasado fue de 84.000, la fría estadística nos enseña que se produce un aborto, es decir un niño muere, cada 6,2 minutos, lo que supone 230 al día.

¡Que paradoja que para un niño concebido y aún no nacido el vientre de su madre sea el lugar más inseguro! ¡Que paradoja que el Estado, que ha de proteger la vida de sus ciudadanos, cuyos organismos de gobierno se manifiestan tan claramente contra las guerras, y yo contra cualquier guerra, permita la muerte de ese batallón de inocentes!

¡84.000 abortos en España el año pasado! Solo con pensarlo me viene la angustia. Hace unos días cumpliendo mi deber me acerqué hasta un tanatorio para rezar y consolar a una familia que había perdido en un desgraciado accidente a un hijo de doce años. ¡Cuánto dolor pude ver y experimentar a mí alrededor por la muerte de un niño inocente! Pues bien, 84.000 niños más han muerto desde el seno de su madre el año pasado. Dentro de unos años esos 84.000 niños habrían llenado con su infantil alegría los colegios, muchos de ellos habrían colmado de gozo a sus familias al realizar la bella fiesta de la Primera Comunión (pienso en aquella vieja canción que dice: “Para un padre y una madre no hay alegría mayor que ver hacer a sus hijos la Primera Comunión…”), serían los jóvenes de nuestros centros cívicos, los que reciben la Confirmación, los que llenos de sueños y buenas intenciones programan su futuro… pero no, no lo harán, pues sencillamente han sido víctimas inocentes del aborto.

No condeno nunca a una madre que, prisionera de tantas circunstancias recurre al aborto. Son necesarias políticas de verdadera y genuina educación sexual, esa que ennoblece a la persona y le enseña el valor de la muta entrega, de la donación, no ciertamente esa que se hace con cursos cuyos útiles de trabajo son, entre otros, una venda eb los ojos, la nata, las fresas, los plátanos y otros tipos de fruta.

Miro con dolor y preocupación a quienes favorecen las circunstancias que provocan el recurso al aborto. ¿No es una paradoja celebrar por todo lo alto el nacimiento de un niño pobre en Belén de Juda hace más de dos mil años mientras nuestra sociedad tiene las manos manchadas con la sangre de tantos niños inocentes, víctimas del aborto?

Después de la publicación de estas reflexiones me imagino que no faltará la contestación de los habituales en los periódicos. No me importa ni deseo polemizar con nadie, aunque sí dialogar con respeto y espíritu de tolerancia con todos. Me pongo al lado de esas 84.000 vidas humanas sesgadas por el aborto el pasado año y con ellos extiendo las manos pidiendo a la sociedad y a sus responsables que se ponga fin a esa situación que sólo siembra dolor y ansiedad. Que se articulen medidas de protección de la mujer, de la familia, para que nadie tenga que recurrir al aborto. Al hacer este llamamiento me siento también unido a esa pequeña en lo físico pero gran mujer en lo ético que fue la Beata Madre Teresa de Calcuta, a la que tuve en privilegio de conocer y tratar. Cuando le fue conferido el Premio Nobel de la Paz, Oslo 10 de diciembre de 1979, dijo: “si oís que una mujer no quiere tener a su hijo y desea abortar, tratad de convencerla de que me traiga a ese niño. Y yo lo amaré viendo en él el signo del amor de Dios”. Repito con reverencia y amor esas palabras, que honran a la humanidad y las hago mías.

 
     

 

 

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