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POR LA VERDADERA DIGNIDAD DE LA PERSONA

6/6/2005

Hace unos días la amabilidad de los responsables de algunos medios de comunicación social me dio la ocasión de publicar en los periódicos locales un comentario respecto a una publicidad de una discoteca donde se hacia mofa (más bien se hacia intento porque en realidad, hace falta inteligencia para hacer una cosa divertida y los autores y patrocinadores de esa publicidad no parecen adornados de esa cualidad, vistos los resultados) de las religiosas.

Hoy me veo obligado a volver sobre el argumento, pues en la prensa dominical he visto fotografías de cómo en determinadas fiestas discotequeras se sigue intentado ofrecer espectáculos, impropios de ese nombre, donde actúan jóvenes y menos jóvenes con indumentarias religiosas o ornamentos aparentemente litúrgicos.

La primera pregunta que me viene en mente es ¿qué educación, en que valores se apoyan quienes fomentan o participan en tales espectáculos? Ciertamente sobre una educación deficiente y sobre unos valores que tienen poco de nobles, y sin esos elementos, la vida no vale la pena. Viendo la desorientación en que se sume a los jóvenes, pienso en unas acertadas  palabras del gran novelista francés Georges Bernanos: “Muchos, cuando se morirán, se darán cuenta de que tienen el alma como un pañuelo nuevo, doblado y nunca usado”. Una vida que no tiene en cuenta el componente espiritual del hombre, es una vida despilfarrada. No es por causalidad que en esos ambientes hay mucho ruido y poca música, mucho jolgorio pero poca alegría,  mucho egoísmo y poca solidaridad. En definitiva, no se vive la vida, a lo más, se pasan horas de diversión que cuando terminan dejan a la persona más insatisfecha que antes; unas horas tras otras horas, sin horizonte de superación, de nobleza, de futuro auténtico. Y así, claro, el mundo no puede ser un mundo lleno de alegría y de esperanza. Pone la piel de gallina pensar en todo eso.

La amnesia de la eternidad, es decir, el olvido de la certeza de la vida eterna, podría ser una de las características de nuestra sociedad. Se trata de una verdad que no se puede negar: el arzobispo de Toledo Carranza comenzaba así su famoso testamento: “Considerando que nada hay más cierto que la muerte y nada más incierto que su hora”.  “Sin la perspectiva de la vida eterna, el mundo me produciría una desagradable sensación de claustrofobia”, escribía Mounier.

Se vive en ocasiones sin pensar en lo que se hace, en las consecuencias de nuestras opciones, cerrando los ojos ante lo evidente, sin pensar en el futuro ni en sus consecuencias. Y claro, ese olvidar lo que somos, de dónde venimos y hacia donde vamos hace que la existencia misma sea cada vez más difícil, y desde luego más triste. Veo a tantos jóvenes sin ideales, sin visión de futuro, sin esperanza en el mismo. Se refugian en el barullo de las fiestas y ese barullo ciertamente llegado el momento se acaba y, como deja insatisfecho se busca más y más, sin llegar nunca a saciar. ¿Ante qué mundo nos encontramos? Decía Abrahan Heschel, pensador notable del pasado siglo que “cada generación posee la definición de hombre que se merece. Me da la impresión de que a nuestra generación nos ha tocado lo peor”. No puedo por menos que firmar yo también estas palabras en muchos casos. Lo hago con pena, pero con esperanza, pues me doy cuenta de que aún estamos a tiempo. Aún es posible dar a nuestros jóvenes razones y contenidos para que su vida tenga sentido; aún es posible mejorar la sociedad; aún es posible recordarle al hombre, a todo hombre, la grandeza de su destino y la dignidad de su existencia. Nos jugamos mucho con esta empresa.

Que todos, padres, educadores, autoridades, colectivos y asociaciones se unan por defender al hombre. Ha habido ya demasiado dolor (pásense si no por los servicios de urgencias de los hospitales), ha habido demasiado error, ha habido ya demasiado camino mal andado. Por los jóvenes, por la sociedad, por nosotros mismos es la hora de trabajar por la recuperación de la verdadera dignidad de la persona: lo que la construye sea bienvenido, lo que la destruye vaya alejado.

Nosotros, los católicos, a ese cometido que no se puede retrasar ofrecemos la imagen de Jesucristo, el modelo perfecto del hombre o como enseña el Concilio Vaticano II “el camino del hombre” o, lo que es lo mismo, el que nos revela la auténtica verdad sobre el hombre.

 
     

 

 

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