Hoy es ocho de agosto. Muchos ibicencos de nacimiento y otros que, por no menor título lo somos de adopción, celebramos gozosos este día. Es el nacimiento de un pueblo, de una identidad, de una idiosincrasia que nos define y nos llena de legítimo orgullo. Hoy se cumplen 770 años de nuestro nacimiento como pueblo con unas características propias que nos satisfacen y definen nuestra existencia, sin exclusivismos ni exclusiones. Hoy, según la tradición, las tropas aragonesas entraban en el recinto de lo que es la actual Dalt Vila y, confiados en la ayuda de Dios, se empezaba un nuevo estilo de vida que ha perdurado a lo largo de más siete siglos y medio. En ese estilo de vida, la componente cristiana ha jugado un papel esencial e insustituible que yo quisiera poner de relieve con estas breves reflexiones. Se continuaba así con una historia que llega hasta nuestros días y que hemos recibido como comprometedora historia. En efecto, el cristianismo llegó a nuestras Islas en los primeros siglos de la era cristiana, como confirman la Cueva de Santa Agnes (en san Antonio de Portmany) y las noticias de que disponemos sobre el Obispo Opilio en los siglos V y VI. Con el 8 de agosto de 1235 les Pitiuses recobran su carácter cristiano y se empieza con una configuración que llega hasta el día de hoy: nuestros pueblos toman nombres de santos, sus fiestas determinan el calendario de la Isla, la fe inspira las mejores obras de arte que poseemos, aparecen las obras de caridad, asistenciales y educativas propias de la religión católica, las familias se forman con las virtudes del matrimonio cristiano, las gentes crecen y se desarrollan bajo el signo del amor de Dios, los grandes hombres del mundo de la cultura tuvieron sus raíces en el cristianismo. Todo ello es fruto de una evangelización iniciada el 8 de agosto de 1235, que ha sido don y patrimonio de todos los habitantes. Hoy, siglos después de aquella gloriosa fecha, nos encontramos con el compromiso de afianzar aquel camino emprendido. Un medio necesario será –y a ese compromiso están llamada la Iglesia diocesana- continuar con una evangelización más incisiva, metódica y capilar, nueva en su ardor y en sus medios, a través de la catequesis, la participación más activa en la liturgia y el mejoramiento de las estructuras pastorales. Se impone la tarea de hacer ver a los ibicencos y a todas las personas que nos visitan, los verdaderos valores de índole religiosa que nos caracterizan. Ibiza o es católica o pierde su verdadera identidad, esa que sedimentó sus orígenes. La identidad católica de les Pitiusses no es un concepto abstracto, sino una realidad que nace y se consolida con la evangelización e impregna de valores auténticos la existencia de los ibicencos en general. Estos valores contribuyen a afianzar el concepto de identidad en la medida en que son vividos, favorecidos, protegidos y transmitidos por medio de la catequesis, la educación, con la colaboración de todos y, particularmente, de los medios de comunicación social, instrumentos que contribuyen a modelar con eficacia la cultura y la mentalidad de los hombres y mujeres de cada época. El desarrollo de Ibiza y Formentera las ha llevado a ser visitadas por millares y millares de personas, especialmente provenientes de diversos países de Europa, particularmente en los meses veraniegos. En un momento en que Europa busca su identidad, en el que aparecen las dudas y escisiones sobre sus auténticas raíces, me pregunto: ¿no será el momento en el que les Pitiusses ofrezca a Europa y a sus gentes el testimonio gozoso de una identidad cristiana, móvil de las más grandes acciones? ¿Es Ibiza consciente de que está llamada a desarrollar una misión histórica, siendo consciente de su propia grandeza? ¿no sería este un compromiso que no habría que descuidar? Mi respuesta personal a estos interrogantes es una afirmación rotunda. Ojala la sociedad ibicenca entera: autoridades, empresarios, trabajadores, hombres y mujeres del campo de la cultura, las artes, las ciencias, los diversos componentes de todas las capas sociales fueran conscientes de ello y dirigieran en este sentido sus esfuerzos. Ocho de agosto: día de San Ciriaco, fiesta indisolublemente unida a la identidad ibicenca, que tiene unas irrenunciables raíces cristianas. 8 de agosto, fiesta de auténtico compromiso de fidelidad al pasado y responsabilidad al futuro. O lo vivimos así, o con el pasar de los años transmitiremos a las generaciones futuras una sociedad ibicenca sin pasado glorioso, sin raíces verdaderas, sin características propias, fruto de pasajeras y fútiles modas. Con estas reflexiones, para todos mi felicitación y que juntos podamos decir: “Visca Sant Ciriac”, “Visquen els valors que este día encarnen per a tots naltros” Molts anys y bons a tothom. |