El mes de noviembre, cuando el año litúrgico esta acabándose y nos pone delante la perspectiva de un nuevo tiempo de gracia pues Dios va a seguir siendo fiel con nosotros, nos presenta la Jornada de la Diócesis, para avivar nuestro sentimiento de pertenencia al Pueblo de Dios a través de la Iglesia diócesana. Es una hermosa ocasión para reflexionar sobre nuestra llamada a ser discípulos de Jesucristo no de forma aislada sino formando parte de una diócesis. La diócesis, así, en cierto modo, es madre nuestra en la fe, porque nos ha engendrado a la misma y nos alimenta con la Palabra y los Sacramentos mientras duran nuestros días hasta el encuentro definitivo con la Trinidad. La diócesis no es, pues, algo alejado y distante, sino el ambiente normal y natural donde vivimos la fe, lo más importante de la vida. Todos estamos llamados a interesarnos por la vida diocesana, a aportar lo mejor de nosotros mismos, a colaborar en todos los ámbitos en los que podemos ofrecer algo. Si Dios nos llama, porque nos ama, y espera de cada uno de nosotros una aportación personal, ésa es importante, muy nuestra y si la descuidamos o dejamos de hacer, nadie ocupará nuestro lugar, porque ese lugar ha sido pensado y querido por el Señor para cada uno. Para vivir, para hacer el bien, para ayudar a los demás, la diócesis nos necesita: abrámosle de par en par las puertas de nuestras capacidades, de nuestras posibilidades, de nuestros talentos. Para llevar adelante su obra de ser instrumento de salvación y signo de la íntima comunión del género humano la diócesis también necesita de nuestra ayuda material. No sería justo negársela. Si nosotros hemos crecido en la fe dentro de la Iglesia, es así porque antes que nosotros otros han procurado dotarla de medios para llevar a cabo su misión salvadora. En un mundo en el que la increencia, el indiferentismo religioso, el secularismo se difunden por doquier con sus trágicas consecuencias, la Iglesia quiere seguir alimentando y favoreciendo el crecimiento de sus hijos y ofrecer a todos, sin excepción, su mensaje de salvación, la Buena Nueva que ha recibido de Jesucristo. Es un deber de justicia, una exigencia que deriva del hecho de ser cristianos contribuir al sostenimiento de la Iglesia también con los medios materiales que Dios ha puesto a nuestro alcance, tantas veces fruto de nuestro sudor, y que son talentos que hay que hacer producir. No los dejemos infecundos, sino hagamos, con nuestra generosidad, que produzcan frutos de vida eterna. Contribuir al mantenimiento de la Iglesia es ayudarla a que pueda seguir haciendo el bien. |