Hoy domingo celebramos el Día de la Iglesia Diocesana, importante jornada que tiene dos objetivos principales: reavivar la conciencia de lo que es y significa para cada católico su propia Iglesia local o diócesis, y llevar a cabo una colecta para ayudar a sus muchas necesidades materiales. Los dos objetivos son importantes y uno no debe ofuscar al otro, sino que han de ser vividos como complementarios. Esta jornada tiene este año como lema: «Tu familia, una pequeña iglesia; tu Iglesia, una gran familia». La familia es fundamental para el crecimiento y la maduración de las personas; es el ámbito privilegiado para la transmisión de la vida, el lugar donde se vive la corresponsabilidad y la división de las tareas, se crea el ambiente propicio para el crecimiento de sus miembros y se favorece la mutua ayuda. La Iglesia es una gran familia, «la gran familia de los hijos de Dios», donde se nace a la fe, se comparten las responsabilidades, se favorece el crecimiento espiritual de sus miembros, nos hace hermanos entre nosotros. Los sentimientos y actitudes propios de la familia han de vivirse también dentro de la Iglesia. La institución familiar ayuda a comprender el misterio de la Iglesia y la Iglesia nos recuerda cómo ha de ser una familia. El cristiano pertenece a una única Iglesia, extendida por todo el mundo, siendo miembro vivo de una Iglesia local, que en nuestro caso es la diócesis de Ibiza. La diócesis es una porción del pueblo de Dios, cuyo cuidado pastoral se encomienda al obispo con la cooperación del presbiterio, de manera que unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. Todo lo que la Iglesia es, se realiza en la Iglesia local, es decir, en el obispo con su clero y su pueblo. En comunión con el obispo, que viene nombrado siempre en el canon de la misa, cualquier cristiano entra en comunión efectiva con toda la Iglesia universal. La Iglesia no es fruto de la capacidad del hombre para asociarse, no es mera expresión de la sociabilidad humana, sino que responde a un plan preciso de Dios, que ha querido asociar en la Iglesia a sus hijos nacidos a la vida nueva por el bautismo, y que crecen en la fe por la predicación y la recepción de los sacramentos. El camino de la fe pasa por la pertenencia a la Iglesia. No es posible aceptar a Dios y rechazar a la Iglesia, pues la oposición a la Iglesia es oposición a una parte del proyecto de Dios. Los creyentes, pues, han de sentirse contentos y a gusto con la Iglesia, esa comunidad que comparten con Dios y con todos los otros bautizados. La Iglesia tiene dos dimensiones: una sacramental y otra institucional, que no se oponen sino que se complementan. ¡Cuánto habría que reflexionar sobre este aspecto! Dejo esta reflexión para otra ocasión; sin embargo, sí que quisiera destacar cómo la Iglesia como institución, que vive en el mundo, en medio de todos los hombres, lleva a cabo una actividad externa que la jornada de la Iglesia diocesana nos ha de hacer valorar, defender y promover. Durante siglos, los cristianos que forman la Iglesia han hecho grandes aportaciones al mundo: en el ámbito de la fe, la cultura, la bondad, la alegría, la esperanza, la solidaridad entre todos. Lo han hecho con el anuncio de la Palabra y el testimonio de vida, en la formación recta de las conciencias, la enseñanza -desde las universidades hasta las escuelas más humildes-. Pienso también en tantos misioneros -en estos días he recibido la triste noticia del cruel asesinato de dos misioneros,un sacerdote y una laica, en Mozambique, país donde serví cuatro años y al que quiero entrañablemente-, en los voluntarios de Cáritas, las personas de toda clase y condición que en las parroquias, asociaciones, movimientos de apostolado, en los catequistas, profesores, profesionales que basan su actividad en los ideales evangélicos, etc. La Iglesia es una gran familia que aporta mucho a la gran familia humana. Desde que nacemos se recibe de la Iglesia una gran cantidad de bienes. Un elemental deber de solidaridad nos pide, en primer lugar a los católicos, amar a la Iglesia diocesana como se merece, gozarnos con sus alegrías y sufrir con sus penas y fallos, colaborando mediante el compromiso efectivo, cada uno desde su vocación y talentos, en todo lo que la diócesis tiene encomendado por el Señor y sus pastores legítimos, que no es sino las tareas del Evangelio. Sé bien que cuando se os pide ayuda económica para la Iglesia universal sois generosos: ahí están las colectas de Misiones, Manos Unidas, misioneros ibicencos, Óbolo de San Pedro. Os pido lo mismo cuando se trata de nuestra Iglesia diocesana de Ibiza. Nuestra misión no se puede llevar a cabo sin medios económicos: la justa retribución de los sacerdotes, la ingente obra de catequesis y otras obras apostólicas, sostener y reparar los templos y casas parroquiales más allá de las ayudas que recibimos agradecidos por parte de las autoridades civiles, la necesidad de construir nuevos templos en zonas de asentamiento de la población, la falta de locales para actividades imprescindibles de la vida pastoral, etc. Al exhortaros a la alegría por pertenecer a la Iglesia diocesana de Ibiza, me dirijo a los fieles y demás hombres y mujeres de buena voluntad, pidiendo vuestra colaboración económica para el mantenimiento de la Iglesia con las palabras de la Biblia: «Dios ama al que da con alegría», teniendo presente que la Iglesia necesita de la solidariedad y la aportación económica. |