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DIOS ES AMOR

26/1/2006

Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 4,16). Con estas palabras de la Primera Carta de San Juan ha querido Benedicto XVI dar comienzo a su primera Encíclica. Es un mensaje que hay que proclamar a tiempo, pues en nuestros Días, como indica el Papa «en un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto» (1).
Benedicto XVI, que a su gran conocimiento del ser humano, de la filosofía y de la teología une la responsabilidad de ser el Sucesor de Pedro, a quien Jesús confió la misión de confirmar la fe de sus hermanos, ha querido hablarnos de la más bella idea que puede haber sobre la faz de la tierra: el amor de Dios, del cual «Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás».
Ojeando el texto de la Encíclica, que se lee con tanto gusto, vemos que está dividida en dos partes. En la primera se nos ofrece una reflexión teológico-filosófica sobre el `amor´, precisando algunos aspectos esenciales del amor que Dios siente por el hombre y el vínculo que ese amor divino tiene con el amor humano. En la segunda parte se habla del ejercicio concreto del mandamiento del amor al prójimo.
La palabra `amor´ es una de las más usadas y abusadas en el lenguaje humano. En la antigua Grecia el ejemplo más elevado era el amor por excelencia de un hombre hacia una mujer y se llamaba eros. En el Nuevo Testamento el concepto de `amor´ viene paulatinamente sustituido por el término `agape´ que asume una dimensión oblativa. Esta nueva concepción del amor, exclusivamente cristiana, en ocasiones ha sido presentado como un rechazo del eros y de la corporeidad. Pero no es así, pues la fe cristiana ha considerado siempre al hombre como un ser el cual el espíritu y la materia se complementan recíprocamente, confiriéndole una especial nobleza; por eso, el amor es considerado como una salida de uno mismo para encontrar la liberación en la ofrenda de sí mismo.
En Jesucristo, que es el amor encarnado de Dios, la perfecta conjunción del eros-agape alcanza su forma más elevada. En la muerte en Cruz, Jesús, ofreciéndose para salvar al hombre, expresa el amor en su forma más sublime. Esta ofrenda de Jesús se perpetúa en la Eucaristía y por eso, nosotros, participando en este Sacramento, nos implicamos, en cierto modo, en la dinámica de su donación: nos unimos a Dios y al mismo tiempos nos unimos a los demás por los cuales se da también, lo cual hace que el amor a Dios y el amor al prójimo están verdaderamente unidos y son inseparables.
Nos recuerda el Papa en esta Encíclica que el amor al prójimo, que deriva del amor a Dios, no es sólo una obligación individual, sino también de toda la comunidad eclesial, que en su acción caritativa debe reflejar el amor trinitario. Esto la Iglesia lo ha tenido claro desde sus orígenes y así, desde muy pronto, lo ha llevado a término de una forma organizada para ser más eficaz. Así en la estructura de la Iglesia aparece la `diaconía´ como servicio de amor hacia el prójimo llevado a cabo con espíritu comunitario y organizado, un servicio concreto pero a la vez espiritual y evangelizador.
Desde el siglo XIX se le ha hecho una objeción a la actividad caritativa de la Iglesia: se ha dicho, ciertamente sin razón, que estaría en contradicción con la justicia y llevaba sólo a un sistema de conservación del status quo, es decir, que llevado a cabo distintas obras de caridad la Iglesia favorecía el mantenimiento de un sistema injusto, haciendo que fuera soportable y frenando así la rebelión o el trabajar hacia un orden mejor. En este sentido, el marxismo había señalado la revolución mundial y su preparación como la panacea para resolver la problemática social: un sueño que la Historia se ha encargado de desmentir.
El magisterio de la Iglesia, partiendo de la encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta la trilogía de las encíclicas sociales de Juan Pablo II, ha afrontado con creciente intensidad la denominada cuestión social, y confrontándose con situaciones problemáticas ha desarrollado una doctrina social articulada que ofrece orientaciones validas más allá de los confines de la Iglesia.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que la creación de un orden justo en la sociedad y en el Estado es competencia de los actores de la vida política y no puede ser considerado un deber inmediato de la Iglesia. La doctrina social católica no quiere otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino sólo tiene el deber de iluminar y purificar la razón, ofreciendo la propia contribución para la recta formación de las conciencias, para que las verdaderas exigencias de la justicia puedan ser reconocidas y llevadas a término.
Es menester tener en cuenta, además, que no existe ningún ordenamiento jurídico estatal que, aunque aparezca como justo, pueda prescindir del servicio que brota del amor. El Estado que quiere ocuparse de todo se convierte en una máquina burocrática que no puede asegurar la satisfacción de las necesidades del hombre, y no hay que olvidar que todo hombre está necesitado. Quien quiera prescindir del amor, al fin y al cabo está prescindiendo del hombre.
En nuestros tiempos, un efecto positivo de la globalización es que la atención por el prójimo supera las fronteras nacionales y puede alcanzar a toda la Humanidad. Las estructuras del Estado y las asociaciones humanitarias con su acción acogen de diversos modos la solidaridad reclamada por la sociedad civil: de ese modo se han formado numerosas organizaciones con fines caritativos y filantrópicos.
También en la Iglesia católica han nacido varias formas de actividad caritativa. En esta encíclica el Papa recuerda lo importante que es que la actividad caritativa de la Iglesia no pierda su propia identidad confundiéndose con otras organizaciones asistenciales sino que mantenga todo el esplendor de la caridad cristiana y eclesial. La actividad caritativa cristiana además de la competencia profesional debe basarse en al experiencia de un encuentro personal con Cristo cuyo amor ha entrado en el corazón del creyente suscitando de ese modo en él el amor por el prójimo. Asimismo la actividad cristiana caritativa debe ser independiente de partidos e ideologías por que el programa del cristiano es el del Buen Samaritano, el de Jesús con un corazón que vea donde hay necesidad de amor y actué en consecuencia. También la actividad cristiana caritativa no es un medio de lo que hoy se llama proselitismo, pues el amor es gratuito y no es un camino para alcanzar otros objetivos.
Finalmente, en este contexto el Papa recuerda que ante la ola de secularismo que puede condicionar la acción de muchos cristianos comprometidos en la acción caritativa, es preciso reafirmar la importancia de la oración: el contacto vivo con Cristo evita que la experiencia de la necesidad de los otros y de los propios límites propios puedan llevar al que trabaja en al acción caritativa a pretender hacer lo que Dios no hace o peor aún caer en la tentación de ceder a la inercia o a la resignación. Quien ora no derrocha su tiempo incluso en aquellas situaciones en las que parece que la única solución sea la acción sino que se pone en camino, siguiendo el ejemplo de la Virgen María y los santos, en camino para alcanzar de Dios la luz y la fuerza del amor capaz de vencer toda la oscuridad y egoísmo presentes en el mundo.
Invito, pues, a todos los fieles, a todas las personas de buena voluntad, a tomar entre sus manos este texto y, con su luz, seguir construyendo la civilización del amor.

 
     

 

 

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