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AGRADECIMIENTO EN MIS 25 AÑOS DE SACERDOTE

22/10/2006

Una de las palabras que pronuncio más a gusto es “gracias”. Es una de las palabras que con más sentido me enseñaron a decir y que procuro utilizar con toda la asiduidad que me es posible.

Con frecuencia, en la sección de opinión de los periódicos locales aparecen artículos en los que los firmantes desean externar su gratitud por algo que han recibido: algunos servicios profesionales, la cercanía de algunas personas, una subvención, etc. Ello me alegra mucho, pues la gratitud es un vínculo del todo especial que une a las personas y es capaz de transformar y mejorar las relaciones. Por ello, hoy, quiero yo también este procedimiento para decir un gracias todo lo grande y sentido de que sea capaz en este día en que celebro mis 25 años de sacerdocio.

Mi historia sacerdotal comenzó hace tiempo, cuando las palabras evangélicas: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17) resonaron en mis oídos de estudiante universitario en la Facultad de Derecho de Valencia. Me gustaban las ciencias jurídicas, pero quedé fascinado, o mejor aún seducido, al considerar lo que como sacerdote podría hacer en un mundo tan necesitado de Dios.

En mi juventud, el hecho de tener una familia profundamente cristiana, excelentes amigos -que son un verdadero don-, la práctica del voluntariado en un centro de protección de menores, y el frecuentar mi parroquia y grupos juveniles de formación, contribuyó a crear un ambiente interior donde  la llamada divina pudiera ser acogida.

Recuerdo aún con emoción la tarde otoñal del mes de octubre de 1981 en la que recibí la ordenación sacerdotal: el canto de las Letanías de los Santos durante la postración, la imposición de las manos por parte del Obispo consagrante, la vestición de la casulla, la entrega de los utensilios litúrgicos… hicieron de mí un sacerdote. Con mi ordenación sacerdotal  comenzaba mi trabajo apostólico como sacerdote, un trabajo que se inició primero en Cullera, cuatro años después en Roma, estudiando tres cursos en la Pontificia Academia Eclesiástica, hasta que en 1988 empecé mi servicio a la Santa Sede, siendo destinado sucesivamente a Costa Rica, Marruecos y finalmente en Mozambique. En 1994 fui llamado a trabajar en la Secretaría de Estado, cerca de Juan Pablo II, del que tanto aprendí y al que tanto debo. Él fue el que me quiso después de casi once años Obispo de Ibiza.

Consciente del carácter social del sacerdocio, he tratado de vivir estos años que el Señor me ha concedido vivir entregándome de buena gana a las comunidades cristianas a las que he servido, allí donde el Señor me ha colocado en trabajos bien diversos. ¡Como no recordar ahora con gratitud a todas ellas! ¡Que maravillosos los años pasados en Cullera! El tiempo de estudio en Roma; las buenas gentes, obispos, sacerdotes y fieles de Costa Rica, que tan cercanos y amigos fueron; el periodo pasado en Marruecos con un número exiguo de católicos en medio de millones y millones de islámicos; la experiencia misionera de primera línea en Mozambique, país entonces lacerado por la guerra civil, cuyos horrores conocí en primera persona, e hicieron de mí, por ello, un defensor acérrimo de la paz. Después, la colaboración con Papa en su Secretaría de Estado, alternada con el “aprender Roma” y el servicio parroquial en la querida parroquia romana de San Melchiade y la capellanía de las Hermanitas de Ancianos Desamparados cada mañana a primera hora. ¡Cuántos motivos de gratitud a Dios por haberme permitido disfrutar de todo ello! Con ese camino me fui preparando para prestar hoy el servicio de ser Cabeza y Pastor de la Iglesia diocesana de Ibiza, a la que, con San Pablo, le digo una vez más: “Muy a gusto me gastaré y desgastaré por vosotros”.

¡Veinticinco años de sacerdocio! ¡Y parece que fue ayer cuando por primera vez me acerqué al altar revestido con los sagrados ornamentos! El sacerdocio ha sido, para mí, una fuente de profunda alegría, el proyecto de mi realización personal como hombre y como creyente. No me veo siendo otra cosa distinta a la de sacerdote. Si Dios te da una vocación, no sirves ya para otra cosa. Y yo confieso que lo he experimentado y he sido feliz, tremendamente feliz siendo sacerdote.

Hoy, a veinticinco años del momento sacro de mi ordenación sacerdotal, quiero elevar un himno de acción de gracias al Señor por el don de la vocación al sacerdocio y las gracias abundantes que me ha concedido en este cuarto de siglo para poder llevar adelante su cometido. Es verdad que los proyectos no se han visto siempre correspondido por los resultados, pero la confianza en Dios, en la Iglesia, y en las personas, me abre el corazón a la esperanza y me impulsa a seguir con serenidad, puestas las manos en el arado, sin mirar atrás, hasta que el Señor quiera y donde el Señor quiera.

Esta tarde, a las siete, en la Catedral celebraré una solemne Misa de acción de gracias por estos veinticinco años, que necesariamente será también un momento de súplica para el futuro, para que el Señor, Dueño de la viña, haga cada día más fecundo el trabajo que comencé hace veinticinco años y me propongo seguir hasta que el venga a llamarme a sí. A Dios en primer lugar, y a todas las personas, cercanas y lejanas, que me han ayudado a ser sacerdote, y siendo sacerdote una persona feliz y realizada, un gracias bien grande.

 
     

 

 

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