Hay fechas que no deben pasar desapercibidas para la historia. Y hoy es precisamente una de ellas. El 3 de diciembre de 1506 nacía en el Castillo de Javier un navarro destinado a convertirse en universal. Cuando nace un niño, raramente se puede saber qué será de él. Es como una página en blanco que se pone sobre el escritorio para ser escrita por la historia y la providencia de Dios. En el caso de Francisco Javier, cuyo V centenario de su nacimiento celebramos hoy, a quinientos años de distancia podemos decir que su existencia fue extraordinaria y ejemplar. El paso de los años no disminuye, sino acrecienta su talla de hombre, creyente y misionero. En la vida de las personas hay acontecimientos que marcan y cambian definitivamente el rumbo de la existencia. Así fue en el caso de Francisco Javier. Profesor de teología en La Sorbona, la prestigiosa universidad parisina, el centro cultural más ilustre de aquel tiempo, se encontró con Ignacio de Loyola, convertido desde hacia poco, y junto con él y con Pedro Favre da vida a la Compañía de Jesús, ocupándose con el Fundador de la organización espiritual de las primeras comunidades jesuíticas. De improviso, le llega una propuesta de Ignacio de Loyola, provocada por una necesidad imperiosa, que cambia totalmente el rumbo de su vida y, obediente hasta el grado heroico, nos lo encontramos en el giro de pocos años, el Extremo Oriente, dedicado a una tarea de evangelización sin tregua, inspirada en un amor por Cristo y la Iglesia que sólo se verá interrumpida por la muerte. Su respuesta a la propuesta de Ignacio: “Estoy preparado para partir” es su opción por la santidad. En el norte de Mozambique, en un lugar espléndido que, como Ibiza, ha recibido el título de “Patrimonio de la humanidad”, hay una roca junto al mar donde la tradición indica el lugar donde Francisco Javier, durante casi seis meses, se acercaba cada día a ver si llegaba el barco que le iba a conducir hasta las Indias. En mis años de servicio eclesial en aquel bendito país, tuve oportunidad de visitarlo algunas veces y, como viajando en el túnel del tiempo, casi percibir la voz que preguntaba por aquella nave. Ciertamente, el impulso misionero ardía en el corazón de Francisco desde su época de profesor en la universidad francesa. Ignacio lo percibió y se sirvió del mismo para pedirle, en nombre de Dios, un cambio radical en su rumbo de vida, la transformación de ilustre maestro en siervo de los más pobres y miserables para difundir entre ellos el Reino de Dios. En efecto, ser misionero, como el buen samaritano de la parábola evangélica, es inclinarse sobre las necesidades de los hombres y mujeres de cada época, especialmente de los más pobres y necesitados, porque el que ama con ese amor que proviene del Corazón abierto de Jesucristo, no busca ya el propio interés sino la gloria de Dios y el bien del prójimo. Este es el secreto de la acción misionera, capaz de superar fronteras y culturas, para alcanzar a todos los pueblos y hacerlos participes de la libertad verdadera. Ante esta fascinante misión, Francisco Javier no se echó atrás. Así, animado por la caridad, vivió primero en India y después en China, no sólo sin nostalgia de lo que había dejado atrás, sino ardoroso en querer atraer a muchos a esa noble tarea a favor de la salvación integral de todos. Así, escribe en estos términos a su entrañable y lejano amigo y superior Ignacio de Loyola: “….muchas veces me mueven pensamientos de ir a los Estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de Paris, diciendo en La Sorbona a los que tienen más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas: ¡Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos! Y así como van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios, nuestro Señor, les demandara de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales, para conocer y sentir dentro de sus ánimas, la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones” En otra de sus cartas escribe: “Se me cansa el brazo de tanto bautizar”. En Roma, en la Iglesia del Ges se venera la reliquia de ese brazo, y cuantas veces, en mis años romanos, he tenido oportunidad de venerarla pensando en la grandeza moral de Francisco Javier. Esta grandeza nos debe de impulsar a la misión. En nuestros días, a pesar de la ofrenda generosa de la propia vida de tantos misioneros y misioneras, “la misión de Cristo redentor, confiada a la Iglesia, está muy lejos aún de estar concluida” (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 1). No sólo los países lejanos esperan alguien que les traiga la noticia de la salvación y la realidad de su cumplimiento, sino también en este tiempo de cambios tan veloces es necesaria una evangelización en el viejo mundo. En ocasiones en nuestros pueblos y ciudades Dios el gran desconocido, cuando no combatido o excluido de la vida social. Como escribía un filósofo, antiguamente los ateos al menos habían oído hablar de Dios, los ateos actuales lo son sin haber oído hablar de él porque se le ha querido excluir de la sociedad, la misma sociedad que subsiste por voluntad divina. Para el hombre, el hecho de apartar a Dios de su vida ha traído consecuencias prácticas penosas: desorden, descontento, desesperación, desorientación (¡todas palabras que empiezan con des, para indicar que son lo contrario de lo bueno!) Francisco Javier, evangelizador y patrono universal de las misiones, nos recuerda que hay que hacer oír en nuestro ambiente aquella voz de alegría que proviene del Espíritu y que le movió a ser misionero, que nada retuvo para sí con tal de ganar para Dios a sus hermanos. La acción misionera vuelve a ser hoy de primera necesidad precisamente en nuestra sociedad, y todos los cristianos deben sentirse interpelados, implicados, llamados a actuar con aquel valor y entrega que deriva, como enseña del Evangelio, de la seguridad de que el Señor actúa con nosotros y confirma nuestras palabras y acciones. Hoy en Formentera celebraremos de un modo especial esta fiesta; en efecto, allí se erige una antigua iglesia dedicada a nuestro Santo, nacido hace ahora quinientos años. Que desde allí, san Francisco Javier nos ilumine y guíe el camino evangelizador y de servicio de esta Iglesia local para bien de toda la sociedad pitiusa. |