El miércoles 21 de febrero, con el rito austero y grave de la imposición de la ceniza, daremos inicio al tiempo de Cuaresma, cuarenta días de preparación a la gran fiesta de la Pascua, a la que llegaremos después de haber celebrado el Triduo Sacro de la pasión y muerte del Redentor. Se trata de un hecho que en algunos ambientes no significa nada. Me llama la atención que tiempos sagrados de otras grandes religiones adquieren gran relieve en los medios de comunicación, mientras que éste apenas tiene repercusión mediática. Quisiera, por ello, llamar la atención sobre este periodo que los católicos nos disponemos a vivir no sólo como un itinerario de conversión personal, sino también como aportación a la vida de la sociedad en la que vivimos. Este año el Papa Benedicto XVI nos ha propuesto como lema cuaresmal la frase bíblica: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Con esa frase nos sentimos invitados a contemplar la escena del Gólgota, con Jesús crucificado en el centro, mientras que la Virgen María y san Juan acompañan a Aquel que dio su vida por toda la Humanidad. En el misterio de la Cruz se revela la profundidad y grandeza del amor que Dios tiene por la Humanidad entera. Dios es así: no quiere vivir separado de la criatura que creó y por eso, aunque sea pagando un precio altísimo -la sangre de su Hijo unigénito-, busca unirse al ser amado, es decir, al hombre, a todo hombre, a cada hombre. Mirar pues al Crucificado, con las prácticas propias de la Cuaresma, es contemplar la manifestación más extraordinaria del amor de Dios, un amor en el que, como dice el Papa, «eros y ágape, en lugar de ser opuestos, se esclarecen mutuamente». Dios quiere el amor de cada hombre y por eso nos revela el que Él tiene por nosotros para que nosotros correspondamos al mismo. La Cuaresma, pues, es un tiempo propicio para acoger el amor de Jesús y aprender a difundirlo alrededor nuestro con cada gesto y cada palabra. A este respecto, el mensaje cuaresmal del Papa nos dice que «mirar al que traspasaron» nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas». Quisiera, finalmente, detenerme sobre el hecho de que junto a la cruz estaba María, la Madre de Jesús. El evangelista Lucas nos dice que «toda la muchedumbre que había acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvía dándose golpes de pecho» (Lc 23,48). Se batían el pecho viendo a Jesús crucificado, pero también viendo a María junto al Crucificado. Esta mujer-madre es una imagen de tantas madres a lo largo de la historia. Son las madres que han sufrido al lado de los hijos. Son aquellas madres que entre la propia vida y la del hijo, han elegido la vida del hijo; las madres valientes que llevan adelante al hijo disminuido físico o psíquico, diagnosticado así ya durante el embarazo; las madres que, a pesar de tanta publicidad y recomendaciones, llevan adelante la vida concebida en su seno, renunciando al aborto; las madres abandonadas que, a fuerza de mil y un sacrificios, educan a sus hijos en el camino justo; son las madres que acompañan a sus hijos siempre y quieren para ellos una sociedad mejor. Aquella Virgen-madre al pie de la cruz es una llamada a rejuvenecer la sociedad que se envejece y se envilece cuando, porque se olvida de Dios, quiere apagar aquellas realidades tan hermosas que forman parte del plan del Creador: el matrimonio, la familia, la dignidad de la mujer, la libertad del espíritu, el amor a Dios y al prójimo. La Cuaresma ha de ser una llamada para cada cristiano a volver gozoso al abrazo amoroso de Dios, un amor que después de redescubierto hemos de poner en las manos de los otros, especialmente los que sufren o se sienten abandonados. Sin la experiencia del amor divino, poco se puede hacer, o, como decía Madre Teresa de Calcuta: «Si no tenemos a Dios, somos demasiado pobres para poder dar algo a los pobres». Ese amor divino derramado abundantemente en nosotros desde el árbol de la Cruz, nos llevará a comprometernos en aquellas luchas dignas, como la de la defensa de la mujer a no abortar, la del reconocimiento de la verdadera institución familiar, la de vencer las drogas, la prostitución, la violencia y otras plagas que llevan en sí la semilla de la muerte, la del compromiso hacia la acogida de los emigrantes, a los encarcelados, los enfermos, tanta gente que tiende sus manos abiertas hacia los hermanos. Vale la pena recorrer el itinerario cuaresmal, para poder llegar así, llenos de gozo y de buenas obras, a la alegría desbordante de la Pascua. |