En la tarde del 2 de abril de 2005, Juan Pablo II pronunciaba sus últimas palabras sobre la tierra: «Dejadme ir a la Casa del Padre»; poco después entraba en coma y a las 21,37 de ese día dejó de respirar, mientras a su alrededor, cantado por sus sus colaboradores más íntimos, sonaba el Te Deum en acción de gracias por la existencia de buen pastor de este gran Papa. Conforme pasan los días y los meses crecen el recuerdo, el afecto, la admiración y la gratitud. La procesión de masas continua, fiel y devota, ante su humilde tumba, excavada en la dura tierra de la colina vaticana. ¡Cómo me impresiona esa escena cada vez que voy a Roma! Tuve el privilegio de servirle y trabajar cerca de él más de once años. Doy gracias a Dios por ello. Ahora, al cumplirse el segundo aniversario de su muerte, quisiera evocar algunos rasgos del Pontífice que muchos llaman `Magno´ y cuya elevación a la gloria de los altares, después de seguir el camino marcado por la disciplina de la Iglesia, esperamos con entusiasmo. Un mérito de Juan Pablo II es el de haber sido un hombre valiente en la época de los grandes miedos. Ha sido un hombre decidido y coherente en la época de las componendas, de la indecisión programática y del difundido camaleonismo. Ha sido un modelo para los cristianos, que hemos de vivir y afrontar los desafíos de nuestra época desde la fortaleza de la fe, sin miedos ni tapujos. Ha sido un valiente defensor de la paz, mientras en la tierra soplaban amenazadores vientos de guerra. ¿Quién no recuerda sus valientes, repetidos y fuertes llamadas a la paz, incluso cuando no eran acogidos? Juan Pablo II ha sido un decidido defensor de la familia en una época, como la nuestra, donde paulatinamente se pierde la conciencia de la ineliminable dualidad esposo-esposa y padre y madre. El Papa Wojtyla había percibido el peligro que para la Humanidad supone la pérdida de la identidad de la familia, en la cual el hombre y la mujer que se convierten, por medio del amor fiel, en cuna de la vida y lugar insustituible de crecimiento y educación de la vida humana. Los Encuentros Mundiales de Familias, el Jubileo de las Familias, los continuos mensajes a los esposos y a las familias son el fruto de un amor tenaz a la Humanidad y una acción estratégica e inteligente para reeducar a los pueblos y a los Parlamentos de las naciones en los valores que conforman una auténtica civilización. Juan Pablo II ha sido un hombre valiente en la defensa la dignidad de la vida humana, de toda vida humana, de cualquier raza, sana o enferma, rica o pobre, desde la concepción hasta la muerte. Juan Pablo II buscó hacer entender que la defensa de la vida no es un hecho confesional, no es una ingerencia de la religión en la política, sino un tema de pura y coherente inteligencia para fundar la posibilidad de la convivencia civil y pacífica entre los hombres. Si no se garantiza el derecho a la vida ¿qué otro derecho se puede garantizar? A la vez, Juan Pablo II ha defendido el intangible y fascinante misterio de toda la vida humana, recordándonos que si se quiere justificar una agresión a la vida humana sea en el momento del nacimiento sea en el momento del morir abre una entrada a la justificación de toda violencia en cualquier momento de la existencia humana. Él conocía bien que las terribles violaciones de la vida humana llevadas a cabo por parte de los totalitarismos del siglo XX provenían de errores sobre la concepción del hombre y llegaban a discriminar la vida humana, estableciendo arbitraria y diabólicamente quien debía morir y quien debía vivir, quien tenía más dignidad y quien tenía menos. También en este aspecto podremos entender en los años venideros cuán providencial ha sido la acción de Juan Pablo II. Juan Pablo II ha sido un hombre valiente en buscar a los jóvenes y en hablar a los jóvenes. Era bien consciente de que los jóvenes, sin Cristo, no pueden encontrar nunca el sentido de la vida y saborear la verdad fascinante del amor, que es donación y nunca capricho que reconduce todo a sí mismo. Y los jóvenes lo han sentido como un amigo de verdad, sincero, que no se pliega a compromisos para tener seguidores, que no renuncia a la propuesta evangélica para ser popular, que no usa la demagogia para arrancar aplausos a los jóvenes. Finalmente, ha sido un hombre valiente en el momento difícil de la enfermedad y la muerte. Durante la enfermedad, que lenta y progresivamente privaba a Juan Pablo II de los rasgos que le eran congeniales y más apreciados por la gente, él no quiso esconderse: vivió públicamente la enfermedad y la transformó en un púlpito, en una catequesis que conmovió a toda la humanidad. Aún cuando no faltaban voces que pedían a gritos la dimisión del Papa, Juan Pablo II decidió no bajarse de la Cruz y de gastar en ella hasta sus últimas fuerzas. Tengo aún presente la imagen que vi por televisión en el último miércoles de su vida, cuando se asomó a la ventana de su apartamento: intentó varias veces hablar, concentró todas sus fuerzas para dar voz a los sentimientos que tenía en el corazón, pero la voz no salió de sus labios. Y, a pesar de ello, aquel miércoles fue uno de los momentos más intensos, más profundos y más emotivos de su largo ministerio: con la elocuencia de su silencio, el Papa nos dijo a todos que, para asemejarse a Cristo, tenemos que dar hasta el último signo toda la vida por Aquel que dio su vida por nosotros. ¿De dónde sacaba esta fuerza? La encontraba en la fe alimentada por la oración continua y prolongada. El Lunes Santo, 2 de abril, celebraré la Santa Misa en la Iglesia de Santo Domingo, a las 8 de la tarde, dentro de los actos de la Semana Santa ibicenca. En esa Misa, que aplicaré también en sufragio de su alma, recordaremos a esa colosal figura de padre y pastor, de maestro y amigo. Os invito a participar, numerosos y agradecidos, a esa Misa en el segundo aniversario de la muerte de Juan Pablo II. |