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LA EDUCACION PARA LA CIUDADANÍA

1/7/2007

En los días pasados, leyendo un titular en un cotidiano local que decía «La aplicación de la asignatura de ciudadanía, pendiente del obispo» quedé desconcertado. Generosamente el autor o autora de dicha noticia me atribuía a mí la aplicación de esa materia académica que se quiere imponer, con calzador, porque de otra manera no entra, en el currículo académico de nuestros niños y adolescentes. ¡Sentí una inmensa responsabilidad! Nada menos que dependía de mí una decisión tan fuera de lugar. Naturalmente recordé enseguida que no le corresponde al obispo señalar el currículo que han de cursar los alumnos, ni aquí ni en ninguna parte.

Los obispos hemos hablado ya mucho y claro sobre esta pretendida asignatura cuyo objetivo, tal como resulta articulada en los reales decretos, es la formación de la conciencia moral de los alumnos (Cf. Declaración de la Comisión Permanente de la CEE, 20 de junio de 2007, 11), afirmación que aparece confirmada por las correspondientes disposiciones de las comunidades autónomas y algunos manuales. Esto supone ciertamente una lesión grave del derecho originario e inalienable de los padres y de la escuela, en colaboración con ellos, a elegir la formación moral que deseen para sus hijos, derecho reconocido por el artículo 27,3 de la Constitución Española.
La persona es antes que el Estado, y lo mismo la familia; por ello, el Estado no los puede suplantar como educador de la conciencia moral. Es misión del Estado promover y garantizar el ejercicio del derecho a la educación, en el marco de un ordenamiento democrático respetuoso de la libertad de conciencia y del pluralismo social.

Con la introducción de la Educación para la Ciudadanía, tal como está planteada en los reales decretos que la regulan, el Estado se arroga un papel de educador moral que no es propio de un Estado democrático de Derecho. Como se señala en la Declaración de la Conferencia Episcopal antes citada: «Otra diferente, que no hubiera invadido el campo de la formación de la conciencia y se hubiera atenido, por ejemplo, a la explicación del ordenamiento constitucional y de las declaraciones universales de los derechos humanos, hubiera sido aceptable e incluso, tal vez, deseable».

La persona es antes que el Estado y la familia es antes que el Estado. Por ello, no se puede despojar a la familia de los derechos y de las obligaciones que le corresponden. Y pensando en esta idea me viene a la cabeza el buen Juan XXIII, el Papa Bueno que se ganó el aplauso del mundo, de un lado y del otro, con sus ideas e iniciativas. Hay una anécdota de su vida que puede ser muy útil para una reflexión serena. Como él no dudó nunca en reconocer, su secreto estaba en querer ser fiel a Dios como lo había aprendido de su familia. En 1931, lejos de su casa, mientras como diplomático de la Santa Sede era Visitador Apostólico en Bulgaria, escribía así a su familia que le había escrito para felicitarle por su 50 cumpleaños: «Queridos Padre y Madre: Desde que partí de la casa familiar, cuando tenía diez años, he leído muchos libros, he aprendido muchas cosas que vosotros no podíais enseñarme, pero las cosas sencillas que he aprendido de vosotros son aún las más hermosas e importantes, y sostienen y dan vida a todas las demás que aprendí después en tantos años de estudio. Vuestras enseñanzas son y seguirán siendo las más importantes». Y en su `Diario´ añade: «La educación que deja huellas más profundas es siempre la de la propia casa. Yo he olvidado muchas cosas que he leído en los libros, pero recuerdo siempre muy bien lo que he aprendido de mis padres...».

El 31 de mayo de 1963, después de recibir el Viático, pudo hablar alrededor de quince minutos en lo que fue su último `Discurso´, dirigido a los que le acompañaban alrededor de su lecho durante su dolorosa agonía. Allí, entre otras cosas dijo: «He tenido la gran suerte de nacer en una familia cristiana, modesta y pobre, pero temerosa del Señor... Por mi parte, no recuerdo haber ofendido a nadie, y si lo hubiera hecho, pido perdón; y si alguno sabe de alguien a quien haya escandalizado, pídale que tenga piedad de mí y me perdone». Juan XXIII, un fruto maduro de una familia ejemplar, sencilla, pobre, campesina, pero ejemplar. Juan XXIII educado para la ciudadanía -y él fue ciudadano del mundo- por su familia.

Que la familia asuma su papel educador y de formación moral de sus miembros y el Estado no se lo arrebate. Con esa asignatura, todos los alumnos, católicos o no, quedan afectados en sus derechos, ya que a ninguno se le puede imponer una formación moral no elegida por él o por sus padres: ni una supuestamente mayoritaria, ni la católica, ni ninguna otra, como afirmaba la Declaración de la Conferencia Episcopal del 28 de febrero pasado. Cuando está en cuestión un derecho tan fundamental, como el de la libertad de conciencia y de enseñanza, todos debemos mostrarnos unidos en su defensa.

Con mi bendición y afecto.

 
     

 

 

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