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A PROPOSITO DEL RECIENTE DISCURSO DEL PAPA AL CUERPO DIPLOMÁTICO

12/1/2008

Anualmente, en los primeros días de enero, tiene lugar en la Sala Reggia del Palacio Apostólico Vaticano una de las celebraciones más solemnes, a la vez que sobria, sobre la cual apuntan las miradas más atentas de la Comunidad internacional. Se trata de la Audiencia del Papa al Cuerpo Diplomático para la presentación de la felicitación por el Año Nuevo. En los años de mi servicio diplomático a la Santa Sede, he tenido oportunidad de participar en diversas ocasiones en dicho acto. Su origen está en el pontificado de Juan Pablo II, pues hasta entonces, el Papa simplemente dirigía un saludo especial a los Embajadores en la Misa de Navidad.

Aunque la presentación de la felicitación al Jefe del Estado se repite en casi todas las Naciones, la celebración de la misma adquiere un matiz especial cuando se lleva a cabo en el Vaticano. Ese matiz salta a la vista por diversos motivos objetivos. En primer lugar por el gran número de Embajadores-Jefes de Misión que están presentes (este año de 2008 han sido 178), lo cual no ocurre en ninguna capital; en segundo lugar por la relevancia y autoridad moral del Papa, no comparable a ninguna otra en la tierra; en tercer lugar, por el interés y eco que después tiene ese discurso en la comunidad internacional, sea para aplaudirlo, sea para matizarlo, o, en algún caso aislado, para disentir.         

Este año la Audiencia ha tenido lugar el lunes 7 de enero corriente. La Sala Reggia, como siempre, impresionante por su solemne sobriedad, llena de Embajadores y demás personal diplomático, con sus uniformes y condecoraciones. La natural expectativa en España era aún mayor, debido a la errónea valoración que, desde algunos sectores, se ha hecho del acto con las familias en la madrileña Plaza de Colón, donde centenares de miles de familias, con cardenales y obispos, cantaron las bellezas y la importancia de la familia cristiana, pilar basilar de la sociedad. Hacer una valoración política del acto del 30 de diciembre del pasado año es no haber entendido nada del mismo. Por ello, se preguntaban algunos: el Papa ¿dirá algo en este sentido?        

Vale la pena tomar el discurso del Santo Padre y leerlo con atención y libre de prejuicios. Los amables lectores pueden encontrarlo íntegro en el sitio oficial de la Santa Sede (www.vatican.va) y en diversos medios de comunicación.        

El discurso revela, una vez más, las excelentes dotes de comunicador y pastor de Benedicto XVI. Repasa, ante un auditorio tan cualificado, la actualidad internacional, desde las catástrofes naturales que han golpeado en los últimos tiempos a América Central y México, así como algunos países de África y Asia. Se entretiene en la situación política de Oriente Medio, Pakistán, Afganistán, o Kenia,  y otros países, pidiendo a todos un compromiso global por la paz.        

Sin disminuir la importancia de lo anterior, quisiera destacar el compromiso de la Santa Sede, máximo órgano de la Iglesia católica, en reafirmar los derechos del hombre, fundados sobre lo que es esencial y permanente en la persona humana. En ese sentido, el Papa deplora los ataques contra la vida humana, alegrándose de la petición de la ONU referente a una moratoria en la aplicación de la pena de muerte, deseando que ello abra un debate sobre el valor de la vida humana. Ojalá ese debate lleve a reconsiderar la protección también al ser humano concebido y no nacido y lleve a evitar el aborto, que alcanza cifras tan altas, convirtiéndose esa perversión en un lucrativo negocio para unos y bandera de falso progresismo para otros, mientras se sesgan cada año tantas vidas inocentes.        

Otro tema que el Papa ha tocado es el de la familia. Llama poderosamente la atención el hecho de que en tres ocasiones muy cercanas en el tiempo (el Mensaje a las familias reunidas en Madrid el 30 de diciembre, la homilía  del 1º de enero y el discurso al Cuerpo diplomático del que nos ocupamos ahora), Benedicto XVI se ha ocupado de la institución familiar. Por algo será. Ha dicho el Papa: “Deploro, una vez más, los ataques preocupantes contra la integridad de la familia, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer. Los responsables de la política, de la orientación que sean, deben defender esta institución tan fundamental, célula básica de la sociedad”. Retoma así lo que ya dijo el 1º de enero sobre la gravedad del problema, advirtiendo que “La familia natural, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es "cuna de la vida y del amor" y "la primera e insustituible educadora de la paz". Precisamente por eso la familia es "la principal "agencia" de paz" y "la negación o restricción de los derechos de la familia, al oscurecer la verdad sobre el hombre, amenaza los  fundamentos mismos de la paz" (Cf. nn. 1-5). Dado que la humanidad es una "gran familia", si quiere vivir en paz, no puede por menos de inspirarse en esos valores, sobre los cuales se funda y se apoya la comunidad familiar”.        

Son palabras que hacen pensar y exigen un serio compromiso. Son palabras que los Pastores de la Iglesia, sin ninguna fisura ni duda, anunciamos en todas partes, y no mantenemos posturas distintas ni mucho menos enfrentamientos. Sin polémicas con ninguno ni imposiciones a nadie, tenemos la obligación, individual y colectivamente,  de recordar cuál es la postura de la Iglesia, no fruto de una convicción personal, sino de la fe de la que somos depositarios por parte de Dios mismo y, a la vez, denunciar los ataques que se han producido contra la institución familiar en algunos países.        

En una materia tan fundamental como la familia y la vida no hay discrepancias entre los Obispos ni nos movemos por coyunturas: traicionaríamos nuestra misión: es una doctrina fundamental para la Iglesia.           

Finalmente subrayar –por la confusión que algunos medios han tenido- que ni el Papa ni los Obispos usamos la expresión familia tradicional. Ello porque sencillamente la familia tradicional no existe. Existe la familia, la verdadera familia sin adjetivos. Cuando en ocasiones se califica a la familia cristiana como “tradicional” da la impresión de que se la desacredita contraponiéndola a una supuesta familia “moderna”. La familia tiene una perenne juventud que el paso del tiempo no la deteriora.  “La palabra “tradicional” aplicada a la comunidad formada por el marido y la mujer con los hijos no significa la familia superada por el correr del tiempo, anacrónica y trasnochada” señaló recientemente Mons. Blázquez. La familia es una, sin calificativos, es de ayer, de hoy y de mañana; la medida de la verdad que encierra la institución familiar es su duración en el tiempo y, si hay adaptaciones que paso el tiempo aconseja a la sabiduría de los hombres, esas han conservar la condición genuina del matrimonio y de la familia.           

En definitiva, con la doctrina de la Iglesia, que el Papa y los Obispos anunciamos, un viva bien grande a las familias que, no sin dificultades y desafíos, muestran su alegría por el don de la vida, por los hijos, por el hogar. 

 
     

 

 

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