Hace unos días regresaba de la parroquia de San Jordi de administrar el Sacramento de la Confirmación a un grupo de jóvenes. Venía contento. El Sacramento de la Confirmación es algo que llena de alegría y esperanza a la Iglesia y, consiguientemente debería ser también así, a la sociedad. En efecto, resulta emotivo oír a los jóvenes cuando momentos antes de los ritos sacramentales, pronuncian convencidos y conscientes sus promesas que, si las llevan a término, son una garantía de su compromiso futuro. Mi alegría se vio turbada cuando, en un cierto momento vi un cartel publicitario de una conocida discoteca donde, a falta de una imaginación más acorde con lo real, presentaba la imagen de una religiosa con hábito en una posición indecorosa. Los turistas que llegan al aeropuerto y se trasladan hacia Villa u otras localidades de nuestras Pitiusses podrían llevarse la sensación, ciertamente equivocada, de que en ese centro de diversión –por llamarlo de alguna manera- van a encontrarse religiosas en posiciones obscenas. Y la experiencia nos enseña claramente que nada más lejos de la realidad. Es un principio admitido que la publicidad debe reflejar la verdad para no inducir al cliente al error. La legislación española y comunitaria es clarísima a este respecto. Me cuesta, pues entender, que un publicista viole tan claramente las normas legales sobre la publicidad; me cuesta entender que una discoteca tenga que recurrir a ese error garrafal para atraerse clientes; me cuesta entender que la autoridad competente siga consintiendo la permanencia de ese cartel. La presentación que se hace de la actividad en esa conocida sala de fiestas es irreal. A ninguna persona con un conocimiento aunque fuera somero de la realidad se le puede ocurrir que las religiosas de mi diócesis –todas ellas tan generosas y abnegadas en su entrega a la Iglesia y a la sociedad- se les puede pasar por la cabeza, ni siquiera por un mínimo instante, tal vulgaridad. Están ocupadas en el cuidado a los ancianos, en el servicio a los jóvenes en la educación y el tiempo libre, atendiendo a los pobres, acogiendo a visitantes y, sobre todo, dando la primacía a la dimensión trascendente, es decir, orando por todos. El espléndido testimonio de dedicación y entrega de los religiosos y religiosas, en Ibiza y en cualquier parte, no merece que refleje a los consagrados en un burdo cartel discotequero. No se ha dudado un momento en realizar ese cartel, en contratarlo, en seguir permitiendo su exhibición. Y eso me duele profundamente., Quienes tratan con tanto amor a los ancianos y a los enfermos, quienes se consagran a la noble tarea de la educación de la niñez y la juventud –cosa nada fácil en los tiempos que corremos- no merecen ese descrédito público, aunque sea con el fin de captar clientes y tener más ganancias: también la actividad económica está sujeta a criterios morales y no todo es lícito en ese campo. Obras son amores. En mis viajes por tantos lugares he visto que son las religiosas y religiosos, los sacerdotes católicos y los voluntarios laicos comprometidos quienes de verdad están al lado de los pobres, de los enfermos, de los más desfavorecidos del mundo. Y son millares y millares. Si el publicista autor del cartel en cuestión, el empresario que lo contrató o la autoridad que consiente su exhibición, un día –Dios no lo quiera- se vieran privados de lo más elemental, estuviera necesitado de atención o sencillamente necesitara una mano amiga, puede estar seguro de que la encontraría en cualquiera de las religiosas que, día a día, se gastan y desgastan con alegría y generosidad por Cristo, su Iglesia y el mundo. Esas religiosas a las que ha pretendido burlar con semejante cartel publicitario. |