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PASTORES DABO VOBIS. EN EL XXX ANIVERSARIO DE LA ELECCIÓN DE JUAN PABLO II

16/10/2008

Se cumplen ahora 30 años de cuando el Cardenal Pericles Felici se asomó al balcón central de la fachada principal de la Basílica de San Pedro para anunciar “Habemus Papam”. El anuncio del nombre del elegido fue una sorpresa  para muchos: nunca habían oído el nombre de Karol Woitjla; no faltaron quienes, ante lo extraño del apellido pensaron que se trataba de un Papa africano. Cuando media hora más tarde, el elegido salió al balcón para bendecir a la muchedumbre, al pronunciar su primera alocución, dijo: “Y así me presento a todos vosotros para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza y nuestra confianza en la Madre de Cristo y de la Iglesia; y también para comenzar de nuevo el camino de la historia y de la Iglesia, con la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres”. Se iniciaba un pontificado largo y fecundo, verdadero tiempo de gracia para la Iglesia y, en consecuencia, para la humanidad.        

Cuando casi veintisiete años después, Juan Pablo II entraba en la eternidad y consumaba su entrega en la muerte, el pueblo, espontáneamente gritaba durante sus funerales: “Santo subito, Santo subito” (que quiere decir: ¡Santo enseguida!). ¿Qué ha pasado en esos años para que un Cardenal polaco, desconocido para muchos, convertido en Papa, haya llegado a ser un indiscutido lider de la humanidad?

Tuve el privilegio de servirle y trabajar cerca de él durante casí once años, acompañándole en viajes por América y España, en tantas audiencias y otros momentos significativos de su pontificado. Doy gracias a Dios por ello. Recuerdo siempre conmovido la bendición que, con paterno afecto, me impartió personalmente la víspera de publicarse mi nombramiento como Obispo de Ibiza, cuando le acompañé por última vez en una audiencia en mi anterior responsabilidad en la Santa Sede. Conmueve pensar cómo Ibiza y Formentera estuvieron especialmente presentes en aquella ocasión en el corazón del Papa. Ante este significativo aniversario de su elección a la Cátedra de San Pedro, quisiera evocar algunos rasgos del Pontífice que muchos llaman “Magno” y cuya elevación a la gloria de los altares, después de seguir el camino marcado por la disciplina de la Iglesia, esperamos con entusiasmo           

Al empezar solemnemente su pontificado, el 22 de octubre de 1978, exclamaba en Plaza de San Pedro ante numerosos Jefes de Estado, gobernantes, eclesiásticos y fieles llegados de todas las partes del mundo: “Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera! ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!”. Ese día supimos que Juan Pablo II era un hombre valiente en la época de los grandes miedos: miedo a la cruz, miedo al futuro, miedo a la muerte… ¡cuántos miedos en nuestro mundo! Y sin embargo Karol Woitjla vivió y murió sin miedo. En su existencia la cruz no fue sólo una palabra, sino una realidad que le acompañó. Desde su infancia y su juventud experimentó el dolor y la muerte. Como sacerdote y como obispo, y sobre todo como Sumo Pontífice, respondió siempre a la última llamada de Cristo resucitado a Simón Pedro, en la ribera del lago de Galilea:  "Sígueme... Tú sígueme" (Jn 21, 19. 22). En el lento pero implacable avance de su última enfermedad, que poco a poco lo despojó de todo, sus días eran una ofrenda completa a Cristo, a la Iglesia y a la humanidad, sin reservarse nada para sí.

No tuvo miedo de defender la paz por encima de todo, incluso oponiéndose a los poderosos de este mundo. ¿Quién no recuerda con emoción y admiración el grito del 16 de marzo de 2003 cuando asomándose a la ventana de su estudio, sin miedo, exclamó: “Yo sé, yo sé bien lo que es la guerra, y por eso tengo el deber de decir a los que creen en la guerra que la guerra multiplica el odio y no resuelve los problemas”.

No ha tenido miedo de defender la familia de las múltiples agresiones que, bajo la óptica de un falso progreso y de conquista de inexistentes derechos, se multiplican por doquier. En una época, como la nuestra en la que se deteriora la conciencia de la ineliminable dualidad esposo-esposa y padre-madre, Juan Pablo II,  con ojo profético, había percibido cómo hoy está en peligro la humanidad del hombre, es decir, el proyecto constitutivo del matrimonio, unión de un hombre y una mujer que se convierten, por medio del amor fiel, en cuna de la vida y lugar insustituible de crecimiento y educación de la vida humana. Tal vez, dentro de algunos años o decenios podremos apreciar, incluso mejor, la obra llevada a cabo por Juan Pablo II para reconstruir el sentido de la familia ante la falta de luz en la inteligencia de muchos de nuestros contemporáneos.

Nuestra época se caracteriza también por los ataques la vida humana, sea despreciándola con los abominables crímenes del aborto o la eutanasia, sea poniendo en peligro la vida de muchos hombres y mujeres con el hambre, la persecución injusta, la opresión ideológica, las condiciones difíciles, etc. Ante ese panorama mundial, Juan Pablo II ha sido un hombre que ha actuado sin miedo en la defensa de la dignidad de la vida humana, de toda vida humana, de cada vida humana, de cualquier raza, sana o enferma, rica o pobre, desde la concepción hasta la muerte. Él buscó hacer entender que la defensa de la vida no es un hecho confesional, no es una ingerencia de la religión en la política, sino un tema de pura y coherente inteligencia para fundar la posibilidad de la convivencia civil y pacífica entre los hombres.

No tuvo miedo de acercarse a los jóvenes, ni de defenderlos de las agresiones de adultos sin escrúpulos, que los explotan sin ofrecerles unas alternativas nobles de vida, de diversión, de futuro. Fue valiente en buscar y hablar a los jóvenes. En unos tiempos en los que parece que la Iglesia no es capaz de entender a los jóvenes y parece privada de credibilidad ante las nuevas generaciones, Juan Pablo II, valiente y convencido, no ha seguido la táctica del avestruz de esconder la cabeza. El era bien consciente de que los jóvenes, sin Cristo, no pueden encontrar nunca el sentido de la vida y no llegan a saborear la verdad fascinante del amor, que es donación y nunca capricho que reconduce todo a sí mismo. El Papa buscó a los jóvenes y los jóvenes lo tuvieron como un amigo: amigo de verdad, amigo sincero, amigo que no se pliega a compromisos para tener audiencia, amigo que no renuncia a la propuesta  evangélica para ser popular, amigo que no usa la demagogia para arrancar aplausos a los jóvenes.        

Su valentía brilla esplendorosamente en el periodo difícil de la enfermedad que le llevó a la muerte. Durante la enfermedad, que lenta y progresivamente privaba a Juan Pablo II de los rasgos que le eran congeniales y más apreciados por la gente, él no se escondió, sino que la vivió públicamente, transformándola en un púlpito, en una catequesis que conmovió a toda la humanidad.        

¿Dónde está el secreto de esa personalidad? Sin duda en la santidad de su vida, fruto de una fe vigorosa, una esperanza firme y una caridad sin límites. He sido testigo de cómo en sus viajes por el mundo entero, Juan Pablo II por la mañana se levantaba antes que los otros, según el horario previsto y se postraba en adoración ante el sagrario; y como Moisés, su rostro se impregnaba de luz. Por la noche, cuando regresábamos de los encuentros o las celebraciones, él se retiraba en la capilla y, como ha hecho todos los días de su vida, recitaba el Vía-Crucis. 

Su santidad hizo de Él un hombre que actuaba “como si viera al invisible”, con una profunda serenidad interior, expresión de su abandono en manos del Señor, fuente de esperanza. El mensaje de su santidad es lo que más sigue impresionando y por eso, es como si hoy nos siguiera diciendo a todos: “No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo. Vivid unidos con él. En su presencia, en su amistad está el secreto del éxito de la vida”.        

En el caso de Juan Pablo II está sucediendo un hecho poco común: conforme pasan los días y los meses crece el recuerdo, crece el afecto, crece la admiración, crece la gratitud. Son innumerables las plazas y las calles que le son dedicadas e historiadores y cronistas se dedican a hacer un balance, naturalmente incompleto y provisional de su vida y sus enseñanzas. Y la procesión de masas continua, fiel y devota, ante su humilde tumba, excavada en la dura tierra de la colina vaticana: es un hecho innegable. Me contaba una joven pareja de nuestra Isla que contrajo matrimonio no hace mucho cómo con ocasión de un viaje, con otros amigos a Roma, ante el sepulcro de Juan Pablo II, con la emoción propia del momento, él le pidió a ella si quería ser su esposa. Al salir de la basílica, para refrendar ese amor que mutuamente se habían declarado en ese lugar santo, el joven le ofreció un ramo de flores a su ya prometida y ella le pidió volver a la cripta para depositarlo en la tumba del Papa difunto. Algún tiempo después se convirtieron y son marido y mujer, esposo y esposa.

Que Juan Pablo II, que, como decía el Cardenal Ratzinger en sus funerales: “Desde la ventana de la Casa del Padre, nos mira y nos bendice” acompañe a todas las familias, a todos los jóvenes, a todos los ancianos, a los niños, a todas las personas de nuestras Islas de Ibiza y Formentera.

 
     

 

 

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