Hace unos días, leía en la prensa local que se ha celebrado una reunión entre distintas autoridades del Consell Insular, el Delegado insular del Estado y representantes de los ayuntamientos para “frenar las graves consecuencias que el consumo de determinadas sustancias estupefacientes ha provocado en la isla de Eivissa”, situación grave que suscita numerosos problemas entre los jóvenes. Desde el respeto que tengo hacia esas autoridades, aumentado por la buena relación que mantengo con muchas de ellas, me siento solidario con el cometido que les espera y les deseo toda clase de éxitos. Sin embargo, el examen atento de la realidad me hace suponer que el buen suceso de su misión va a ser difícil y arduo, cuando no imposible. Estoy seguro de su competencia, sus buenas intenciones y su alto grado de responsabilidad, pero la solución de esa situación está mucho más allá de los medios de que disponen. En efecto, esa triste situación, que sólo genera dolor en las familias, desasosiego en los jóvenes y alarma en la sociedad no es si no la consecuencia de una educación de la infancia y de la juventud que carece en muchas ocasiones de un referente ético y una formación en los valores humanos que ennoblecen a la persona. “Cada generación –escribía el siglo pasado el conocido novelista francés Georges Bernanos- tiene el tipo de sociedad que se merece”. Y a la nuestra parece que le ha tocado la parte peor. Se percibe un solapado intento de simplificar el sistema educativo, privándole de componentes esenciales, de dejar a los jóvenes a su suerte sin proporcionarles modelos de referencia, de soslayar influencias benéficas que podrían ayudarles a crecer y madurar como personas y ciudadanos, y, en muchas ocasiones, favorecer su alejamiento de la vida religiosa. Y las consecuencias de todo ello están ahí: la droga y sus efectos son una entre ellas. Ante esa situación, me es difícil entender el esfuerzo por eliminar la formación religiosa, libre y responsable, en la enseñanza escolar. Siempre me he preguntado por el interés de algunos partidos políticos, grupos sociales y autoridades por dificultar, cuando no prácticamente suprimir, la enseñanza religiosa en las escuelas, una enseñanza que debe llevarse a cabo respetando la opción de los padres y su derecho a elegir el tipo de formación religiosa para sus hijos. El poeta cubano José Martí, inspirador de la revolución cubana y por ello nada sospechoso de conservador, escribía pensando en el bien de su patria: “Pura, desinteresada, perseguida, martirizada, poética y sencilla, la religión del Nazareno sedujo a todos los hombres honrados… Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad le conviene… Un pueblo irreligioso morirá, porque nada alimenta en él la virtud… No hay patria sin virtud y no hay virtud sin la religión” Son iluminadoras estas palabras e invitan a la meditación ante el inicio del curso escolar y sobre todo, ante la nueva legislación que se nos avecina donde la asignatura de religión se pone en entredicho. Mientras, vemos la preocupación es estas autoridades insulares que han de luchar ante una situación de evidente ausencia de virtud. Creo que les será de mucha ayuda dirigir la mirada al millón largo de jóvenes de todas las razas, pueblos y naciones reunidos en Colonia en la XX Jornada Mundial de la Juventud: allí no hubo problema de consumo de estupefacientes: hubo sencillamente el alegre, gozoso, responsable resultado de una educación en valores. A quien le corresponda, que tome debida nota.
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