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UNA REFLEXIÓN SOBRE EL DON PRECIOSO DE LA VIDA

29/3/2009

El pasado miércoles celebrábamos la Solemnidad de la Anunciación, el día en el que la Iglesia conmemora la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de la Virgen María. Ese mismo día, la Iglesia en España celebra la “Jornada por la vida”. A este respecto, y meditando sobre la grandeza del misterio de la entrada de Dios en nuestro mundo, en nuestra propia naturaleza humana, me pareció oportuno escribir acerca del don de la vida. En este domingo, además, comienza en nuestra diócesis una campaña de oración para defender la vida.        

El don más precioso y valioso que tiene todo hombre es el de la vida. Por eso, este don tan preciado está protegido por la inmensa mayoría de las  legislaciones vigentes. Así, el artículo 15 de nuestra Constitución española, lo recoge al afirmar que “Todos tienen derecho a la vida”. Este derecho fundamental queda también recogido de un modo claro en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y el Convenio Europeo sobre la protección de los derechos del hombre y las libertades fundamentales, firmado en Roma el 4 de noviembre de 1950. Todos estos documentos reconocen y defienden que absolutamente nadie tiene derecho  a disponer de la vida de los demás, NADIE. Algunas de las reformas legales anunciadas por el Gobierno de España en materia del aborto hacen pensar, en ocasiones, todo lo contrario.        

El inviolable respeto a la vida humana desde el momento de la concepción es un principio tan fundamental que siempre se debe salvaguardar, siempre, de modo especial por las legislaciones vigentes. Una sociedad en la que el derecho a la vida no esté legalmente protegido es una sociedad amenazada y amenazadora. A este respecto, el Siervo de Dios Juan Pablo II cuando, el 4 de junio de 1997, en su Polonia natal,  ante una multitud de fieles recordaba este hecho con una frase magistral: “Una nación que mata a sus propios hijos es una nación sin futuro. Creedme que no me ha resultado fácil decir estas cosas refiriéndome a mi nación, pero yo deseo para ella un futuro, un futuro maravilloso. Es necesaria, por consiguiente, una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para hacer realidad la gran estrategia de la defensa de la vida”. ¿Qué decir ahora ante la actual situación en España?        

La Iglesia, desde los primeros siglos, ha afirmado la maldad intrínseca de todo aborto provocado, enseñando que el Quinto mandamiento prohíbe matar a un inocente:el Didaché, el primer catecismo escrito señala al aborto entre los pecados contra el 5to Mandamiento: «Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia que hay entre estos caminos... Segundo mandamiento de la doctrina: No matarás... no matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la vida al recién nacido... Mas el camino de la muerte es éste:... que no se compadecen del pobre, no sufren por el atribulado, no conocen a su Criador, matadores de sus hijos, corruptores de la imagen de Dios; los que rechazan al necesitado, oprimen al atribulado, abogados de los ricos, jueces injustos de los pobres, pecadores en todo. ¡Ojalá os veáis libres, hijos, de todos estos pecados! ». (2:1–2). Los apologistas no callan ante esta violación del derecho a la vida: así Tertuliano, escribe en el siglo II: “el asesinato, estando una vez y para siempre prohibido, no permite destruir ni siquiera el feto en el vientre... Obstaculizar un nacimiento es meramente una forma más rápida de matar; no importa si tomas una vida nacida o destruyes una que va a nacer. Ese es un hombre que va a ser; tienes la fruta ya en la semilla” (Apología 9:8 [A.D.197]). Y el autor anónimo de la Carta a Diogneto (5,5), refiriéndose a las costumbres de los cristianos, en oposición a la conducta de los romanos en plena decadencia que llevó a la caída de su imperio dice: “Los cristianos se casan como los demás y tienen hijos, pero ni los matan ni los abandonan”. Podríamos seguir con tantas referencias en este sentido.        

Más cercano a nosotros, el aborto viene definido por el Concilio Vaticano II como un “abominable crimen” (Cf. Gaudium et spes, 51), al ser una eliminación cruel y violenta de un ser humano, pero con una gravedad añadida: la criatura inocente afectada no tiene ninguna posibilidad de defensa. He visto que en los medios de comunicación se habla del aborto como un derecho de la mujer, y yo me pregunto: ¿y la criatura que lleva en su interior?, ¿qué derechos tiene ese ser humano inocente? Todos los derechos no tienen la misma jerarquía, y el derecho a decidir por parte de la mujer está en un lugar ciertamente inferior al derecho a la vida del nasciturus, porque el derecho a la vida es el primero y fundamental derecho del que se derivan todos los demás. Si se priva de su lugar jerárquico al derecho a la vida, caen todos los demás derechos.

Y no podemos olvidar que el aborto es un drama también para la mujer que lo sufre. Es una experiencia tan traumática el hecho de que muchas mujeres no son capaces de sobreponerse nunca a esa situación. Y junto a todo esto el aborto es también un fracaso de toda la sociedad que prefiere quitarse de en medio a un nuevo ser humano, a una criatura que asegura el futuro de la humanidad antes que buscar soluciones adecuadas para que tenga una vida digna. Toda la sociedad, y de modo especial los poderes públicos, debería realizarse una seria reflexión que desemboque en la adopción de medidas de protección sobre la menor, sobre la mujer y sobre la familia. ¡De las autoridades nos esperamos protección y nunca eliminación!        

Los cristianos tenemos un papel muy importante en nuestra sociedad: debemos defender, por todos los medios a nuestro alcance, la vida humana, desde su concepción a su término natural. Debemos deshacernos de las falsedades que justifican cualquier atentado contra el don de la vida y hacer que en cualquier lugar la vida humana sea respetada y defendida.

Querido lector: yo te puedo escribir y tú me puedes leer porque no fuimos víctimas del aborto. Demos a todos los que han de venir la oportunidad de vivir. Seamos la voz de tantas criaturas inocentes e indefensas que necesitan de nuestra ayuda, que no tienen la capacidad de defenderse ni de hablar, pero que si nos detenemos por un momento y miramos en el fondo de nuestro corazón seguro que les oiremos decirnos ¡Protege mi vida! 

+Vicente JUAN SEGURA,

Obispo de Ibiza

 
     

 

 

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