Mientas ojeo, con sorpresa y estupor, un periódico donde se da noticia de la decisión lamentable de admitir a trámite la propuesta de la reprobación a Su Santidad el Papa Benedicto XVI por sus palabras sobre el sida y el uso del preservativo durante su viaje Apostólico a África, formulada por una representación parlamentaria minoritaria, sigo por la televisión un excelente concierto que ofrece al Papa el Presidente de la República Italiana, Giorgio Napoletano. El contraste es evidente. Cuando España se hunde en una crisis económica fortísima, el número de parados aumenta cada día hasta cifras realmente preocupantes, muchas administraciones públicas españolas no son capaces de satisfacer sus deudas con proveedores de servicios y obras, mientras la gente comienza a pasarlo mal y a sufrir el azote el hambre, el Parlamento español aprueba debatir si reprueba al Papa por unas declaraciones sobre el uso del preservativo en la lucha contra el SIDA. ¿Es que no tienen nada más importante que hacer? ¿Será que la solución de los problemas gravísimos que nos afectan se resuelve con esa reprobación al Papa? ¿No va atener libertad el Papa para exponer la doctrina de la Iglesia? ¿Va a ser un Parlamento, sea del País que sea, quien va a juzgar o valorar lo que el Papa pueda o no decir? El Parlamento, máxima institución democrática, tiene unas funciones muy claras y a ellas debe atenerse. La Constitución española de 1978 reconoce y otorga a las Cortes generales el ejercicio de la potestad legislativa, así como la función de control y fiscalización del Ejecutivo. Es lo propio de un ordenamiento constitucional democrático en el que la garantía de los derechos y libertades fundamentales de la persona, actúa como freno contra las injerencias indebidas de las instituciones políticas en la sociedad civil. Esto debería estar muy claro para cualquier diputado español. Y, sin embargo, no es así. La iniciativa de ICV para que el Parlamento español repruebe al Papa demuestra la ignorancia, por no utilizar otra expresión, de varios de nuestros diputados, así como la de quienes les han apoyado. Siendo la fe, y las conductas que de la misma se derivan, responsabilidad de los creyentes de cada credo, no parece que el Parlamento tenga mucho que intervenir en esas materias, salvado el orden público. ¿O va y resulta que ahora el Parlamento nos tiene que emitir su juicio acerca de los contenidos de la fe y las opciones que la fe suscita en los creyentes? Deberíamos mantener la distinción de los planos, de las esferas en la vida pública y cuidar mucho la libertad religiosa. El viaje del Papa a África, visitando Camerún y Angola, ha sido una maravilla de viaje. Ha dejado un mensaje limpio y claro de solidaridad, de compromiso hacia el bien común: ha dicho lo que muchos gobernantes occidentales no tienen el valor de decir. Sin embargo, las palabras del Pontífice en África han sido reducidas en los medios de comunicación a un único tema: el uso del preservativo. Recordemos que algunos medios han acusado al Papa nada menos que de difundir el Sida, cuando Benedicto XVI vino a hacer presente lo que se ha dicho en múltiples congresos científicos: que los preservativos no son una garantía total, insisto en lo de total y segura, para impedir la infección, y que la respuesta pasa por una humanización de la sexualidad y por la ayuda a las personas que sufren, como viene haciendo la Iglesia desde el primer momento con los enfermos de SIDA. Esperemos que no prospere la propuesta de IU, y de quienes le apoyan, que refleja el miedo a la libertad de pensamiento, así como la pretensión de acallar la voz de la Iglesia en los grandes debates que afectan a nuestra convivencia civil. De lo contrario estaríamos ante una negación flagrante de la verdadera laicidad, y ante una muestra de preocupante sectarismo político y cultural. Esa iniciativa desconcierta y crea inquietud sobre la libertad de los ciudadanos. No parece de recibo que el poder legislativo de un Estado democrático persiga la libertad de expresión de una persona, reprobando una opción legítima e hiriendo a los católicos en los sentimientos religiosos más íntimos. Es de esperar que, en su momento, los representantes en el Congreso actuarán como piden el respeto de la libertad de expresión y de los sentimientos religiosos de los ciudadanos. Mientras, y porque son fieles a la doctrina total e integra del Papa, los católicos seguiremos empeñados en paliar los efectos de la crisis, dando de comer con las actividades de Cáritas, de Manos Unidas, y tantas y tantas organizaciones bienhechoras, repartiendo cultura integral en nuestras universidades, colegios y escuelas, atendiendo a los ancianos y personas sin recursos en nuestros hogares y residencias, infundiendo optimismo en los niños, esperanza en los jóvenes, fortaleciendo la familia, sembrando consuelo a todos, siendo solidarios sin fronteras a través de las Obras Misionales Pontificias, etc.. En fin, por eso y por mucho más, bienvenidas sean en todas partes las palabras del Papa, sin mutilaciones ni reducciones, sin falsas interpretaciones ni interesadas desautorizaciones. Sin el Magisterio del Papa faltarían muchas cosas en nuestra sociedad. Y, sin embargo, algunos quieren acallarlo o reducirlo a sólo cuando se corresponde con la propia opinión. Volviendo al principio de este comentario, mientras tomo noticia de lo que se quiere hacer en nuestra querida España hacia el Papa, sigo el homenaje del Presidente de la República italiana al Papa, Presidente que proviene de los políticos de izquierda: efectivamente hay clases y clases, y unas obran mejor que otras. +Vicente JUAN SEGURA, Obispo de Ibiza |