Ha pasado ya el mes de julio, uno de los meses veraniegos en los que nuestras Islas se llenan de turistas de todo género que pueden gozar de las bellezas que el Creador ha dotado a esta tierra. Para mí ha sido toda una novedad, pues es mi primer verano como Obispo de Ibiza. Por eso, he tenido interés de conocer lo que los turistas piensan de este lugar y lo que los lugareños piensan de ellos. He leído todas las entrevistas que he podido, he escuchado la radio y visto algunos programas de televisión local. Mi sorpresa ha sido que las maravillas que estas islas encierran, su cultura, su gastronomía, sus fiestas y tradiciones más genuinas, sus pueblos y sus gentes, que a mi tanto me entusiasman, casi pasan desapercibidas para la mayor parte de los turistas que nos visitan. Es posible, sí, que dejen aquí su dinero, pero me da la impresión de que no se llevan en su corazón y en su recuerdo las maravillas que configuran la identidad ibicenca. Lástima para ellos, grave responsabilidad para quienes tienen el deber de conservar, difundir y enriquecer las nobles tradiciones de la tierra. Leyendo los periódicos, oyendo hablar por la calle, manteniendo algunas conversaciones, he podido conocer cómo nuestros turistas comen hamburguesas y pizzas (¿qué ha sido de nuestros exquisitos platos de pescado, del flaò y les orelletes, de los buñuelos y del vino pagès?); conocen las discotecas y otros centros de diversión (¿qué ha sido de los hermosos pinares, de las rutas del interior, de los maravillosos pueblos con su noble gente?). Han hablado entre ellos en una diversidad de lenguas (¿qué ha sido de la sabiduría popular de nuestra gente y de la aportación tan enriquecedora que pueden hacer?). Si nos vamos a los hechos, demasiadas noticias de accidentes, de borracheras, de consumo de drogas, de fiestas que poco o nada tienen que ver con nuestras tradiciones. Peleas, barullo, griterías. No obstante, no me desanimo, no renuncio a la esperanza. Y digo ello porque he podido ver también y sobre todo hechos maravillosos que no salen en los periódicos ni hablan de ellos en las radios o emisoras televisivas. Y sin embargo están ahí. He podido encontrar jóvenes que trabajan con generosidad, entusiasmo y competencia en actividades de tiempo libre, campamentos, escuelas de deporte. La diócesis de Ibiza es rica en iniciativas de ese género. He visto una Caritas que, a pesar de la etapa vacacional, ha seguido prestando sus servicios, animados y llevados a cabo por voluntarios entregados y profesionales adecuados, pues los pobres y necesitados no pueden esperar a que terminen las vacaciones. He visto a los sacerdotes de la diócesis continuar con su abnegación aunque haya crecido el número de fieles que frecuentan los templos en esta época: muchos de ellos no pueden pensar ni siquiera en sus vacaciones, pues han de seguir llevando consuelo, reconciliación, esperanza. Hay, pues, también mucha normalidad, ejemplaridad, generosidad en tanta gente, aunque no salga en la prensa. Es gente importante, aunque no se hable de ellos. Sin ellos ciertamente el veraneo en Ibiza sería otra cosa, sería un veraneo vacío, sin generosidad, sin normalidad, sin alma. Todos estos “anónimos”, ibicencos y venidos de fuera, dan esperanza, alegría auténtica, confianza en el futuro, pues viven animados por el amor, y el amor, si es auténtico, siempre procede de Dios. Aunque muchos sigan hablando de VIP’S, de clientes de discotecas, de famosos por poco tiempo, yo, hoy y siempre me quedo con los “anónimos” generosos. Y con este artículo de hoy les muestro mi aprecio y mi afecto, mi admiración y mi reconocimiento y, que al menos hoy, se hable de ellos.
Vicente JUAN SEGURA Obispo de Ibiza. |