Es la primera vez que tengo la oportunidad de dirigirme a los fieles de Ibiza y Formentera por medio del Boletín “Esglesia d’Eivissa i Formentera”. En los días pasados he tenido ocasión de dirigirme a todos por otros medios. En efecto, desde el pasado día 14 de mayo, cuando tomé posesión de esta diócesis he podido encontrarme con tantos de vosotros, queridos sacerdotes y fieles, en diversas ocasiones: visitando algunas parroquias y comunidades religiosas para conocer más de cerca la vida de la Iglesia en este lugar; celebrando los Sacramentos, principalmente los de la Eucaristía, Confirmación y Penitencia, que Dios pone a nuestro alcance para drnos su gracia. Muchas personas y colectivos han pasado por la Casa de la Iglesia y me han hecho partícipes de sus trabajos apostólicos, sus esperanzas y sus dificultades. Asimismo he podido también mantener contactos institucionales con diversas autoridades para reafirmar mi voluntad de colaboración de la Iglesia con los reponsables de la vida pública para promover el bien común y el servicio a la sociedad, cada uno desde la esfera que le es propia. El trato personal y comunitario con tantas personas en estas semanas me ha llevado a confirmarme en el convencimiento que ya tenía con anterioridad de que la Iglesia diocesana de Ibiza es una comunidad viva. Por eso, entre otras cosas pude decir el día de mi ordenación episcopal, en mi alocución al final de la celebración que “amo y amaré esta Iglesia de Ibiza y Formentera”. En el ámbito de la Iglesia universal, los pasados meses han sido de especialmente importantes. La colosal figura de Pastor de Juan Pablo II ha dejado paso a la de Benedicto XVI. Tantas personas, creyentes y no creyentes, hemos acompañado con tanto afecto e interés al Papa en su enfermedad y en sus últimos momentos. Hemos recibido con tanto amor y esperanza a Benedicto XVI, elegido para seguir guiando la Barca de Pedro. A nivel de Iglesia diocesana, he sustituido a Mons. Agustín Cortés como Obispo de esta diócesis. Los cambios en las personas que tienen el cometido de servir haciendo las veces de Cristo cabeza, no modifican ni la identidad ni la misión de la Iglesia. Siendo, pues, nuestra Iglesia, universal y particular, la misma a pesar del cambio en las personas, me parece que es importante escuchar con renovado ardor la voz de Jesús a sus discípulos cuando les decía “Duc in altum” (Lc 5, 4), o lo que es lo mismo: ¡Remad mar adentro! Remar mar adentro es confiar siempre en Dios, amarle sobre todas las cosas y celebrar su presencia entre nosotros, pues se ha encarnado en su Hijo primogénito, y se hace presente en la Iglesia, en los Sacramentos, en los hermanos. Remar mar adentro es trabajar por su Reino y encarnar en la vida los valores del mismo, fomentando una sociedad cada vez más justa y solidaria, más fraterna y pacífica. Es mantener nuestra identidad católica como un servicio a la sociedad que, tantas veces, camina desorientada por sendas que no son de progreso integral y corre el peligro de caer en un relativismo moral cuyas consecuencias no ayudan al verdadero bien del hombre. Es, pues, la hora de remar mar adentro, a pesar de las dificultades, de las incomprensiones, e incluso de las oposiciones. Por eso, deseo dejaros hoy este encargo a todos, sacerdotes, religiosos y fieles: ¡Remad mar adentro en el infinito océano de Dios! + Vicente Juan Segura Obispo de Ibiza |