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MES DE MAYO, MES DE MARÍA, CON EL BEATO JUAN PABLO II - Hoja Diocesana Mayo

1/5/2011

El mes de mayo, que la tradición católica dedica a la Virgen Maria, ha sido inaugurado este año con un acontecimiento eclesial muy especial: la beatificación del Papa Juan Pablo II, el Papa que muchos de nosotros hemos conocido. Sin ánimo de ser exhaustivo, quisiera, precisamente porque nos encontramos en el mes mariano, referirme a algunos aspectos de la presencia de la Virgen en su vida y la adhesión suya a la Madre de Jesús.

Hay una anécdota, recogida por algunos biógrafos, que ponen el inicio de su relación con la Virgen precisamente en los primeros instantes tras su nacimiento: en el momento del parto, el 18 de mayo de 1920; su madre, en medio a las circunstancias del mismo,  pidió a la comadrona que abriera la ventana para que el primer sonido que oyera el recién nacido fueran los cantos a la Virgen que se entonaban en la parroquia, casi enfrente de su casa, donde se estaba celebrando el rezo del mes de María. Desde su juventud adquirió unas costumbres que le acompañaron toda su vida posterior, como llevar frecuentemente el rosario en la mano, dejándolo por la noche en la mesilla al lado de la cama o llevar el escapulario de la Virgen del Carmen siempre colgado al cuello, escapulario que se manchó de sangre en el terrible atentado del 13 de mayo de 1981. 

En una ocasión, admirado por su devoción a la Virgen, una persona de su entorno, mientras hablaba con él acerca de las apariciones de la Virgen, le preguntó si había tenido alguna aparición; la respuesta del Papa fue muy clara: “No, no la he visto, pero la siento”. 

Como fiel y como Pastor de la Iglesia, primero como arzobispo de Cracovia y después como Papa, recurría siempre a la ayuda de la Virgen. Cuenta su gran amigo, el cardenal polaco Deskur que cuando fue nombrado arzobispo de Cracovia se encontró el seminario diocesano casi vacío. Una preocupación sería para todo obispo, y así hizo una promesa a la Virgen: “Haré tantas peregrinaciones a pie a tus santuarios, pequeños o grandes, cercanos o lejanos, según el número de seminaristas que me darás”. Inesperadamente el Seminario empezó a llenarse y cuando fue elegido Papa dejaba más de 500 seminaristas en Cracovia. Acudía siempre al Santuario de Kalwaria Zebrzydowska o al de Czestochowa a rezar por los problemas de su diócesis; después de su coloquio filial con la Virgen –contaba él mismo- los problemas encontraban, incluso inexpiablemente, su solución. 

En Juan Pablo II hay una sensibilidad muy particular en relación con la presencia y la misión de la Virgen. Su escudo episcopal y pontificio es un verdadero carné de identidad: La “M” que se inserta en el fondo azul, saludada con el lema que es como un grito del hijo hacia la Madre: “Totus tuus”. 

Examinando los hechos y los gestos, meditando los discursos y los documentos de Juan Pablo II se descubre que el afecto por María han sido para él como una fuente de inspiración que caracteriza su camino en el seguimiento de Jesús. El 4 de junio de 1979, como primer Papa que peregrina a Jasna Góra, pronuncia unas palabras conmovedoras y emotivas: “Cuantos problemas debería, oh Madre, haberte presentado en este encuentro, señalándolos todos uno a uno. Te los confío todos a ti, porque tú los conoces mejor que yo y tendrás cuenta de todos.” 

En su incansable itinerario a través de los distintos continentes, el Papa ha tenido siempre su mirada fija en María: de ella ha aprendido y anunciado la belleza de la fidelidad al Señor y a su Evangelio; de Ella ha escuchado y transmitido la esperanza del Magnificat; de ella ha tomado la orientación cristólogica de toda la actividad pastoral, porque María continuamente nos repite: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5) 

A este punto es claro y conmovedor el gesto del Papa, que después del dramático atentado del 13 de mayo de 1981 vuelve a Fátima para agradecer a la Madre, entregándole la bala mortal, que en su caso no pudo matarle. Peregrinaba con frecuencia a los santuarios marianos, lugares como él mismo dice son “donde como si uno se contagiara de la fe de María”; su fidelidad al rezo del rosario para sentirse asegurado por la solidez y la ternura de la Madre y a la oración del Ángelus que el Papa ha recitado en las plazas, sobre los montes y en las encrucijadas de todo el mundo. 

Después del atentado del 13 de mayo de 1981, al Papa le pareció muy clara la idea de que había sido una mano materna la que “guió la trayectoria del proyectil” permitiendo al Papa que se parara a las puertas de la muerte, como él mismo declaró a los Obispos italianos desde el Policlínico Gemelli en 1994. Hoy aquella bala está colocada en la corona de la estatua de la Virgen de Fátima.

La devoción mariana del Papa estaba toda ella fundada en el Evangelio, sobre la Palabra de Dios. La herencia mariana de Juan Pablo II, uno de los dones que él ha sido para la Iglesia. Ojala que, como él, cuando tomemos en nuestras manos el rosario y recitemos el avemaría, que nos nazca del corazón, casi espontáneamente la frase: “Totus tuus, Maria, ego sum”. Que el ejemplo de beato Juan Pablo II nos ayude a cada uno a celebrar un mes de mayo adornado de una especial manifestación de devoción y amor a la Virgen María, para poderle decir, con el nuevo beato, “Soy todo tuyo, Madre”.

Con mi bendición y afecto,

+Vicente Juan Segura,

Obispo de Ibiza

 
     

 

 

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