El tiempo pascual que estamos viviendo nos ayuda a renovar nuestra fe en Jesucristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4,25), a fín de que vivamos una vida nueva (Rm 6,4). Al mismo tiempo, es una ocasión propicia para renovar la conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia, una santa, católica y apostólica, pueblo de Dios en camino hacia la patria celestial. Y al renovar nuestra adhesión a la Iglesia fortalecernos en la necesidad de que con la Iglesia recorremos el camino, que es Jesucristo (Cf. Jn 14). Con demasiada frecuencia constatamos con tristeza que no son pocos los ataques injustificados a la Iglesia por parte de tantos estamentos sociales, incluidos algunos medios de comunicación social –también en nuestro pequeño mundo de Ibiza y Formentera. Pero ello no nos desanima ni nos hace responsables de asumir culpas que no tenemos; más bien son expresión de posiciones equivocadas y respuestas inadecuadas. Nuestra Iglesia es una iglesia de servicio, de diaconía, en la que cada miembro está llamado a asumir una vocación de asistencia. Tal como aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en la Iglesia hay una dimensión espiritual, que es la substancial, pero que se apoya en una estructura organizativa. Así se camina hacía los tres elementos esenciales de la primitiva comunidad cristiana: el anuncio de la Palabra de Dios, el encuentro con Dios a través de la oración y la liturgia y el ejercicio de las obras de misericordia a favor de los necesitados. Eso nos lleva a interrogarnos sobre la necesidad de los medios que puedan favorecer el anuncio del Evangelio en la sociedad actual, promover el encuentro con Dios a través de la oración y la ayuda a favor de los pobres. La Iglesia es, pues, toda ministerial, toda servidora: cada bautizado, por el hecho de serlo y haber asumido la condición de hijo de Dios, está llamado a llevar a cabo alguna tarea, algún ministerio. Las tareas no corresponde sólo a los obispos, sacerdotes y diáconos: también a los fieles laicos, a los bautizados, les corresponden tareas concretas para el crecimiento de la Iglesia y parta la extensión del Reino de Dios. Tras el Concilio Vaticano II, verdadera primavera eclesial, se ha hecho más evidente la misión de los laicos en el servicio a Cristo y a su Reino, involucrándolos en las diversas formas de servicio. Algunas de estas responsabilidades tienen que ver con acciones eclesiales muy concretas: la catequesis, la distribución extraordinaria de la Eucaristía, la pastoral sanitaria o penitenciaria, los servicios litúrgicos, etc. Pero hay un servicio importantísimo que no se puede dejar de lado y que los fieles laicos deben asumir con renovado impulso: dar un alma cristiana a las realidades temporales donde se encuentran, sembrando en ellas la levadura del Evangelio en esas realidades humanas. Así, en el campo de la política, de la economía, de la cultura, de las ciencias y de las artes, del trabajo y de los medios de comunicación –que, como he dicho antes, a veces se presentan obstinadamente contra la Iglesia-, la educación, las distintas profesiones y oficios, etc. Llevar a Cristo y su Evangelio a esas realidades es una tarea concreta y específica de cada bautizado. Os invito, pues, queridos fieles de Formentera y de Ibiza que habéis celebrado este hermoso tiempo pascual, a tomar conciencia de vuestra vocación y misión de laicos, y a trabajar valiente y activamente como cristianos de nuestro mundo actual. Con mi bendición y afecto,
+Vicente Juan Segura, Obispo de Ibiza |