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MES DE NOVIEMBRE EL RECUERDO DE LA MUERTE - Hoja Diocesana noviembre

1/11/2005
Bartolomé de Carranza, que fue Arzobispo de Toledo, empieza su testamento con unas sabias y certeras palabras: “Considerando que nada hay mas cierto que la muerte y nada más incierto que su hora…”. Sin embargo, vivimos en un tiempo en el que parece que esa certeza no preocupa. Pierre Chaunu, famoso historiador de la Universidad de París observa con agudeza: “Nos ha sucedido una cosa curiosa: ¡nos hemos olvidado de que tenemos que morir! Es lo que los historiadores podrían concluir después de haber examinado los libros publicados en nuestra época. Un estudio sobre los alrededor de cien mil  libros publicados en los últimos veinte años (del 1960 al 1980) mostraría que sólo unos doscientos (un porcentaje del 0,2%) afrontan el problema de la muerte, incluidos los libros de medicina”. El dato es sumamente revelador. Y provoca en nosotros algunas preguntas: ¡por qué tanto silencio en torno al problema de la muerte? ¿Por qué tanto miedo alrededor de la muerte, que es un paso que todas las personas tenemos que dar?En mi familia, naturalmente, hemos tenido algunas muertes también en tiempos recientes. Puedo contar la experiencia positiva de cómo lo hemos vivido. Cuando murió una tía mía hace unos pocos años, tuvo la suerte de estar acompañada en ese momento por toda la familia; mis sobrinos, muy jóvenes entonces, vieron con naturalidad  morir a una persona a la que los meses anteriores habían visto, día tras día ser cuidada con amor y atención; pudieron experimentan la naturalidad de la muerte vivida desde una experiencia de fe. Saben lo que es la vida y saben lo que es la muerte, al menos en cuanto la naturaleza humana nos puede mostrar.Hoy parece que haya que ocultar la muerte. Sin embargo, los católicos iniciamos este mes con un recuerdo de nuestros difuntos, tanto el día de Todos los Santos, como en la fecha siguiente en que hacemos la conmemoración de todos los fieles difuntos. Con esta circunstancia, viviremos más intensamente la verdad que confesamos cada domingo en el Credo de la misa: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”.El mes de noviembre nos recuerda pues, que la vida es algo grande, que merece la pena ser vivida, y merece la pena ser vivida también porque no acaba, no termina, sino que, en un cierto momento se transforma, y aunque se deshaga nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo. Vale la pena vivir bien para morir bien, vale la pena afrontar la vida con entusiasmo para no tener que temer nada ante la certeza del morir, que si bien nos puede entristecer, aparece iluminada con la promesa de la resurrección futura.Cuando en estos días, según una piadosa y laudable costumbre, visitemos los cementerios, recordando con afecto a nuestros seres queridos que nos dejaron, pensemos en la vida eterna, en la gloria. Pensemos en el Señor resucitado que vive para siempre, en nuestra Madre asunta a los cielos. Ellos nos acompañarán en este trance, que por doloroso que parezca, es la oportunidad para ver a Dios cara a cara, sin  tapujos, en un lugar donde ya no habrá ni hambre ni sed, y donde la luz brilla para siempre. La Virgen María, a la que a lo largo de nuestra vida hemos invocado tantas veces en el Avemaría diciéndole: “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” estará con nosotros. La muerte, pues, no es el final del camino y si morimos es para vivir.A todos, mi saludo afectuoso y mi bendición. + Vicente JUAN SEGURAObispo de Ibiza

 
     

 

 

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