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EL PUEBLO DE DIOS SE HACE CON LA EUCARISTIA - Hoja Diocesana junio

1/6/2012

1.      La epístola o discurso a Diogneto es una pequeña obra de apenas doce capítulos escrita en las postrimerías del siglo II. Se trata de una pieza singular de la literatura cristiana, sobretodo por su belleza y elegancia.

Quisiera citar un párrafo de la misma (Cf. Cap. 5-6): “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. (,,,)

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo…

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian”. 

2.      ¿Por qué el auténtico pueblo cristiano está llamado a ser así? Pues sencillamente porque el pueblo cristiano conoce una realidad: Dios ama tanto a las personas hasta llegar a hacerse hombre, hasta encarnarse y, encarnado, siembra el amor hasta llegar a la pasión y muerte. Pero no termina todo ahí: el destino final es la resurrección y la gloria. El hombre está llamado a entrar en esta historia que conduce a la vida eterna, a la luz, a la resurrección y a la gloria.

Ese camino se recorre en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Entrando, pues, en la Iglesia, en la barca de Pedro uno se siente seguro, porque con nosotros navega Cristo: ni el viento, ni las olas, ni las tormentas, ni los escollos pueden impedirnos a los cristianos estar seguros en la barca de Pedro y seguir con confianza en la misma. Así, vivimos, oramos, buscamos la auténtica felicidad, amamos, somos solidarios, somos testigos de Cristo sin descuidar ni un momento la meta a la que estamos llamados. 

3.      Nuestra pertenencia a la Iglesia, iniciada con la recepción del Bautismo, reforzada con la Confirmación y mejorada con el Sacramento de la Penitencia, se vive ordinariamente participando en la Eucaristía, por medio de la cual entramos en contacto, misterioso pero real, con la persona de Cristo y, por medio de Él, con el Padre y el Espíritu, con el Dios trinitario. ¡Qué importante es participar frecuentemente de la Eucaristía, celebrarla y adorarla.

Participar de la Eucaristía comiendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo tras haber escuchado su Palabra significa aceptar la lógica de la cruz y del servicio, es decir, ofrecer la propia disponibilidad para amar a Dios y sacrificarse por los otros, como hizo Él por nosotros. De ello tiene necesidad urgente nuestra sociedad, de ello necesitan más que nunca también los jóvenes, víctimas de una cultura relativista y tentados a menudo por los espejismos de una vida fácil y cómoda, por la droga y el hedonismo, que llevan después a la espiral de la desesperación, del sin-sentido, de la violencia. Es urgente y necesario dirigirse a Cristo, que es el verdadero camino que lleva a la justicia, la solidaridad, el compromiso por una sociedad y un futuro dignos del hombre.

Hemos de poner la Eucaristía en el centro de la vida personal y comunitaria, amándola, adorándola y celebrándola, especialmente el domingo, día del Señor. Y tras la celebración de la Eucaristía hacer que llegue a todos el testimonio del amor de Dios a los hombres. ¡El mundo no puede verse privado de la dulce y liberadora presencia de Jesús vivo en la Eucaristía!

¡Que la Eucaristía modele nuestra vida! Que oriente todas las opciones de vida. Que la Eucaristía, presencia viva y real del amor trinitario de Dios, nos inspire ideales de solidaridad y nos haga vivir en comunión con Dios y con todos los hermanos sin distinción.

Que la celebración de la gran fiesta eucarística del Corpus Domini  nos ayude a una adecuada valoración de la Eucaristía, lo cual se traducirá en un paso firme a que se realice, también en nuestros días, la bella descripción del pueblo cristiano de Diogneto que he citado al principio.

Con mi bendición y afecto,

+Vicente Juan Segura,

Obispo de Ibiza

 
     

 

 

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