Con gran alegría y sincera felicidad tomo la palabra para decir a todos una expresión que en estos días se hace muy frecuente en el lenguaje de todas las personas: ¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo! Desde hace unos días nuestras calles han tomado un aspecto inusual: miles de bombillas las iluminan de una forma festiva; los escaparates de las tiendas tienen un rostro nuevo. Algo ha cambiado. Además, misteriosa pero realmente, las relaciones humanas adquieren una dimensión nueva: se crea, casi espontáneamente, un ambiente de simpatía, de cercanía, y más aún, de fraternidad y solidaridad. Todo esto es bueno, pero no es suficiente. Hay que fomentarlo, pero motivadamente, para que no se desvirtúe y quede simplemente en algo exterior, que no deja huella en el corazón del hombre. Por eso, para recuperar –donde se haya perdido- o afianzar –donde se haya debilitado- el verdadero sentido de la Navidad, es necesario ir a los orígenes y comportarnos desde las raíces auténticas. Y, claro, viene espontánea la pregunta: ¿dónde están las raíces de la Navidad? Están en el hecho de que Dios se ha encarnado, se ha hecho hombre. La bondad que aparece en la Navidad es la de Dios, no la del hombre. Y esa bondad se manifiesta en el anunció del ángel a los pastores en la noche fría de Belén: “No temáis: os anuncio una buena noticia: en Belén de Judá os ha nacido un Salvador”. O se entiende esto o no se entiende nada de lo que es Navidad. Donde no se conoce esa bondad, molestan los signos y expresiones de la Navidad; no extraña, pues, que para algunos sea sólo una ocasión comercial; no extraña, pues, que en algún centro educativo, no entre nosotros afortunadamente, se pretenda ocultar el verdadero sentido de la Navidad. Donde el innato sentimiento religioso se ha adormecido o rechazado, la Navidad no es nada y se celebra más bien como la no-Navidad, o no se celebra nada. Es Navidad: “No temáis”, les dijo el ángel a los pastores. Tenían motivo los pastores para tener miedo: en la oscuridad de la noche, a ellos que vivían en un mundo que les era adverso, se les aparece un ser misterioso. “No temáis” resuena para nosotros cada Navidad. Nuestro mundo se caracteriza por tantos miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y sufrimientos, miedo a la soledad, miedo a la muerte. Frente a todo ello, podemos también oír la voz del Señor, que nos dice también a nosotros: “No temas, yo estoy siempre contigo”. Podemos vagar por muchos lugares, pero al final estamos en las manos de Dios y, diría yo convencido, las manos de Dios son buenas manos. Demos al mundo un nuevo aspecto, porque el temor puede desaparecer, porque Dios se ha acercado a nosotros. “Os traigo una buena noticia, una gran alegría”. Estas palabras, de entre las primeras del Nuevo Testamento, fueron dirigidas a los pastores. Ellos, en cierto modo allí representaban a toda la humanidad que, bajo el peso de tantas dudas e incertidumbres, de tantos problemas y angustias, de tanta soledad y abandono, tiene motivos para no estar alegres. Estas palabras son garantía y promesa de que la alegría es posible y lo es precisamente porque tenemos un Salvador. Tantas personas no saben mucho de Dios o, peor aún, no saben si existe Dios o si hay un Dios bueno o un Dios malvado y vengador. Ello hace que vivan en el mundo con miedo y oscuridad. Para ellas y para todos vale el anuncio navideño del ángel. Esta es la gran noticia que brota del acontecimiento navideño y que el cristianismo anuncia: conocer a este Dios es verdaderamente la “buena noticia”, la palabra que nos salva. Esta alegría, de la que los católicos somos bien conscientes, no podemos tenerla sólo para nosotros: una alegría debe compartirse, comunicarse, anunciarse. Este ha de ser nuestro compromiso en esta Navidad: la alegría es el verdadero regalo de Navidad, esa que brota de la celebración del misterio navideño y que podemos transmitir incluso con las expresiones simples de la sonrisa, de las buenas acciones, la ayuda a quien la necesita, con el perdón que reconcilia y hace felices. Distribuyamos por doquier esa alegría. A tots us desig el millor en aquest Nadal, i que l’any que ve siga testimoni de la realizació dels postres legitimis desijos i nobles aspiraciones. Bon Nadal! I que moles anys el poguen veure a començar i acabar amb salud, alegría i gracia de Deu! + Vicente JUAN SEGURA Obispo de Ibiza |