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LA PASCUA, GRITO DE JÚBILO Y ESPERANZA PARA LA HUMANIDAD - Hoja Diocesana abril

1/4/2007

En el domingo de Pascua toda la cristiandad exulta de júbilo y alegría, de esperanza y de compromiso. Ante el hecho del sepulcro vacío, las vendas y mortajas por el suelo, no cabe sino alegrarnos en el Señor, que resucitando ha derrotado a la muerte para siempre y nos ha abierto el camino de la vida eterna. Del sepulcro abierto nace una nueva vida; no nos reunimos en torno a un cadáver ante el cual llorar, sino que contemplamos a uno que vive para siempre y nos llama a participar de su vida inmortal: ¿puede haber alegría mayor? Nada ni nadie nos puede apartar del júbilo y la esperanza que brotan de la celebración de la Pascua.    

La mañana de Pascua es un evangelio, es decir, una buena noticia. Los pueblos eslavos, en ese domingo salen a la calle y se saludan unos a otros diciendo: “Cristo ha resucitado” a lo cual se responde: “Sí, verdaderamente ha resucitado”. En algunos lugares de Estados Unidos, donde predomina la cultura afroamericana, la expresión de este domingo es: “My God, what a morning”, que quiere decir: “Dios mío, ¡qué mañana!”    

El día de Pascua es un día tan grande que no se puede agotar en las meras veinticuatro horas de cada día: necesita la cincuentena pascual, los cincuenta días del tiempo pascual para poder vivir y gozar, aunque en sombras por ahora,  de toda la riqueza que contiene. La resurrección de Jesús no es sólo para Él: es una resurrección que nos llega a nosotros, también es algo en favor nuestro, pues nos abre el camino hacia una eternidad feliz. En la Última Cena había dicho a los suyos: “Voy a prepararos un sitio”. Resucitando, nos muestra cuál es ese sitio y cómo se llega.    

Con su resurrección Jesús ha vencido la muerte y nos enseña como podemos vencerla también nosotros, abriéndonos de par en par las puertas del infinito precisamente cuando cualquier camino parece que se acaba.    

Pascua es tiempo de alegría. No la dejemos escapar, aferrémonos a ella, descubriéndola con la misma intensidad que los discípulos en aquella primera mañana de Pascua en Jerusalén. Los discípulos en la mañana de Pascua se dieron cuenta de que Jesús, con su resurrección llamaba a una vida nueva, llena de esperanza. Ellos le habían visto morir, la habían sepultado, le habían llorado. Pero al contemplarle resucitado, el miedo deja lugar al valor, la tristeza al gozo, la alegría a la tristeza, el día a la noche, la luz a las tinieblas. Que sea así entre nosotros.    

En el día de Pascua el Resucitado nos invita a ir al sepulcro y verlo vacío,  y después de haberlo visto, con los ojos iluminados por la fe y el corazón abierto por la esperanza, ir corriendo a los hermanos a anunciarles que Él está vivo y en medio de nosotros, con su amor y su palabra.    

Dejemos de lado aquellas obras y actitudes que nos atan a la tierra y nos impiden ser libres. El Señor ha resucitado, por eso, la invitación a caminar desde nuestra humanidad, que vive el presente como la premisa de la eternidad, donde todos seremos un solo pueblo, reunido en la misma fe. Dios, en Cristo Resucitado ha derribado las fronteras que nos separaban y sobre un desierto de odio, de violencia, de ansias de poder y dominio, ha constituido un nuevo pueblo redimido.    

Vivamos, pues, hoy y siempre, el gran misterio de la Pascua, y con el Salmista, desde dentro de la Iglesia, exultemos y alegrémonos cantando: “Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

+ Vicente Juan Segura,

Obispo de Ibiza

 
     

 

 

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