El ritmo de nuestra iglesia particular este mes está marcado de un modo especial por la celebración de las Bodas de Oro de nuestra Caritas diocesana. En efecto, se cumplen ahora cincuenta años de cuanto mi benemérito predecesor, Mons. Antonio Cardona Riera erigió canónicamente esta institución dentro de la vida de esta diócesis, dando de ese modo, vida y organización a una de las facetas que son más propias y queridas de la Iglesia. Desde sus orígenes, la comunidad eclesial ha organizado y favorecido, en el modo más oportuno según los ritmos de los tiempos, la acción caritativa; así, en los Hechos de los Apóstoles podemos leer como la incipiente comunidad cristiana, a cuya cabeza tras la Ascensión de Jesucristo a los cielos estaba san Pedro, ya estableció y reguló el servicio de los diáconos, dedicados especialmente a la caridad. Desde entonces, y hasta nuestros días, y así será hasta el final de los tiempos, la Iglesia se preocupa y trabaja por establecer el servicio de la caridad. No puede ser de otro modo, pues la definición de Dios es, en primer lugar, caridad, amor: Deus charitas est. Cada época tiene sus características, sus peculiaridades y sus situaciones concretas; por eso, en cada época el ejercicio de la caridad puede ser diverso en sus métodos, en sus expresiones, pero tiene una identidad que ha de ser siempre la misma en el ardor, en el móvil y en su esencia. En todos los momentos de la historia se requieren buenos samaritanos que, como el de la parábola que nos refiere san Lucas, se inclinen sobre el hermano al que las circunstancias de la vida han golpeado y dejado herido al borde del camino, sin poder recorrer con presteza y dignidad la marcha. Las heridas se manifiestan de muchas maneras: enfermedad, emigración, falta de trabajo, de hogar, de salud, de orientación, etc.: la lista sería interminable. Siguiendo el mandato de Jesús, la Iglesia como institución y cada uno los cristianos como individuos, hemos de ser, en el tiempo y en el lugar en que nos encontremos esos buenos samaritanos que den esperanza, ilusión y posibilidades los que han caído y no pueden levantarse con sus propias fuerzas. Para que ello sea posible, para que no sea una utopía, para que la unión de las fuerzas hagan más eficaz el esfuerzo, para que nada se pierda, en nuestros tiempos actuales la Caritas –en Ibiza desde hace 50 años- está llamada a ser un instrumento útil. Nuestra Caritas diocesana cumple sus primeros cincuenta años. Han sido fruto de la bendición de Dios, que ilumina a su Iglesia y la dirige por esos pasos de paz y amor; junto a esa obra de Dios ha estado el esfuerzo de hombres y mujeres, de voluntarios y profesionales que han puesto lo mejor de los talentos con que Dios les ha enriquecido al servicio de la caridad. Quiero, por ello, después de agradecer a Dios toda su intervención en esta obra que es suya, decir también una palabra de agradecimientos a todos los que han dado vida a Caritas en estos pasados cincuenta años. Y junto con la gratitud por el pasado, la llamada al presente y al futuro. La llamada a colaborar con Caritas desde el campo del voluntariado, de la prestación de servicios profesionales en el espíritu cristiano, y no otro, que anima esta institución, la colaboración esporádica o prolongada, con la aportación de ideas, de medios y, si fuera el caso, también con el juicio constructivo. De ese modo, daremos a Caritas una vida renovada y un nuevo vigor. Somos Iglesia al creer y aceptar la fe de la Iglesia, al celebrarla en la liturgia y al anunciarla también con las obras de la caridad. No se puede sólo creer, no se puede sólo celebrar, no se puede sólo practicar la caridad. Los tres pilares: la fe, la liturgia y la caridad están tan unidos que si nos falta uno, el edificio de nuestra vida cristiana se tambalea. Hago una llamada, pues, con ocasión de este Cincuenta Aniversario de Caritas Diocesana a darle lo que la conciencia de nuestra fe nos exige y la celebración de la misma nos muestra. Ojalá esta efemérides no sea sólo una celebración, justa y bien llevada a cabo, sino un verdadero salto de cualidad de esta institución diocesana. Por ello animo a trabajar de modo que desde Caritas diocesana, y las Caritas parroquiales lo mismo, lleven adelante una obra que testimonie e invite a la fe en el Dios que es amor, pues Caritas es Iglesia, debe vivir y servir como Iglesia, presentándose como lo que es: como rostro de la Iglesia; y a la vez, a que desde las otras expresiones y parcelas de la misma y única Iglesia se camine hacia Caritas. Se forme así un cuerpo compacto, un cuerpo único, un instrumento de comunión: la gran familia de los hijos de Dios. Con mi bendición y afecto. +Vicente JUAN SEGURA, Obispo de Ibiza |