Con el tiempo del Adviento comienza un nuevo año litúrgico. Este nos va a dar de nuevo la oportunidad de acercarnos y revivir el misterio de Cristo, desde la Encarnación hasta Pentecostés, esperando su retorno glorioso. La celebración anual de ese misterio de Cristo nos compromete a todos los bautizados, cada año, a participar activamente en la obra de la redención, para que todos los hombres puedan alcanzar las riquezas insondables de la acción salvífica de Cristo y de la Iglesia mientras esperamos la plenitud de su gracia. Esta participación, como una levadura en todos los campos de nuestra actuación –eclesial, civil, social, político, económico, artístico, académico, etc.- producirá frutos de vida eterna. El primer tiempo del Año litúrgico es el Adviento, que nos dispone a celebrar el gran acontecimiento de la Navidad. Si miramos a nuestro alrededor: la decoración, el ambiente, los regalos, etc. todo nos indica que nos acercamos a una gran fiesta. El tiempo de Adviento es un tiempo para la esperanza: esa es la virtud que nos ha de acompañar especialmente en estos días. Es verdad que en el tiempo del Adviento recordamos aquel periodo de la historia de los hombres en los que, en medio a tantas vicisitudes, se esperaba la venida del Mesías prometido. Esa esperanza, que duró y acompañó el caminar fatigoso del pueblo de la Alianza, se vio cumplida en la cueva de Belén. Y era lo mejor que podía pasarle al hombre: que Dios viniera a su encuentro, pues el hombre, sin la cercanía de Dios es poca cosa, no tiene futuro. Sin Dios, el hombre pierde la esperanza y la ilusión para construir un futuro de libertad y de justicia para todos. La paz, la concordia, la justicia y la libertad; el progreso y la civilización del amor son fruto de la cercanía a Dios. Y el Adviento nos lo recuerda y nos anima, pues el mensaje que nos trajo Jesús es el gran baluarte para defender la dignidad de la persona humana, frente a las violencias y las injusticias del mundo. Demos, pues, lugar a Jesús, al que esperamos, en este tiempo de Adviento. Recorriendo las calles, visitando diversos lugares, observando ciertos ambientes, viene espontáneo preguntarse en estos días: ¿Qué lugar ocupa Jesús? En el ambiente de preparación para la Navidad, que es la fiesta del Nacimiento de Jesucristo, ¿qué lugar ocupa Él en la sociedad, en la prensa, en la televisión...? No faltan lugares donde se prescinde del orígen y de la motivación religiosa en estas fiestas, como si se pudiera festejar sin referirse a quien se festeja. En este periodo, pues hay que darle a Jesús el puesto que le corresponde, acordándonos que el Niño que esperamos no nació para quedarse en la gruta de Belén, bien cobijado entre los brazos de la Madre purísima, sino para entregar su vida para hacer que la humanidad entera, convocada para escuchar su Palabra y observar su ley, forme una gran y única familia, la gran familia de los hijos de Dios. Para hacer realidad todo esto, os propongo unas pocas y sencillas reglas, como una especie de simple programa para este Adviento. La primera es encontrar, a lo largo del día, algo de tiempo para la reflexión, la oración personal, para tomar conciencia creciente de que nuestra vida ha de estar comprometida con Dios. La segunda sería comprometerse a hacer alguna obra buena desde las primeras horas del día, como una aportación a que nuestro pequeño mundo –ese en el que concretamente vivimos y nos movemos- sea mejor. La tercera es examinar a quien le damos la razon en nuestros juicios. Como conclusión de ello, tomar en serio el compromiso de la fe. Buen Adviento a todos, en preparación activa de la Navidad. +Vicente JUAN SEGURA, Obispo de Ibiza |