El último domingo del año pasado, 30 de diciembre, festividad de la Sagrada Familia, hubo en la madrileña Plaza de Colón, una multitudinaria celebración en la que bajo el lema “Por la familia cristiana” participamos Obispos, sacerdotes y fieles hasta congregarnos en un grupo que se acercaba a los dos millones de personas, millar más o millar menos, eso poco importa. Allí estábamos, como representando a esta Iglesia particular el Obispo, algunos sacerdotes y varias familias. Cuando tomo la pluma para escribiros estas líneas, tengo en mi mente el recuerdo vivo de la gran celebración con tantas hermosas familias, que viven en la alegría, iluminadas por la fe y alimentadas por el amor: estas familias existen y son una reserva de esperanza para la sociedad, son las células de la sociedad tal y como Dios la quiere. Con las familias y para las familias se ha querido afirmar aquellas verdades que en nuestros días, en ocasiones, parecen neciamente negadas mediante modelos favorecidos por ciertos medios de comunicación social. Hemos de recuperar la libertad de decir no a aquello que no es la familia y reclamar la libertad de proseguir por el luminoso camino de la humanidad que marcha hacia Dios. Surge espontánea la pregunta ¿por qué un grupo tan numeroso de personas se reúnen y están con ellas sus pastores legítimos? La respuesta es obvia: la familia, fundada en el matrimonio estable entre un hombre y una mujer, santuario de la vida, escuela de valores, iglesia doméstica y ambiente natural donde se vive el auténtico amor cristiano es de una belleza tal y de tanta necesidad para la vida del mundo, que hay que presentarla con renovado impulso a nuestra sociedad actual. La Iglesia, en el cumplimiento de su misión, quiere ofrecer a la sociedad la imagen luminosa de la familia cristiana como un bien precioso. Estamos convencidos de que la oferta de la familia cristiana como una Buena Nueva es uno de los servicios más valiosos que puede prestar la Iglesia a la humanidad, ya que es la base segura y firme sobre la que padres e hijos asientan la vida y donde se construye la sociedad en el amor y el respeto, en la paz y en la esperanza. De la verdad del matrimonio y de la vitalidad de la familia depende en gran medida la estabilidad y la esperanza de la sociedad; por esto todos debemos evitar lo que la dañe y promover lo que la favorezca. A este respecto, el Papa, en el Mensaje que nos dirigió, nos decía: “Vale la pena trabajar por la familla y el matrimonio, porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios”. La invitación de Benedicto XVI está más que justificada: En la familia, en efecto, se juega el futuro del hombre y de toda la sociedad. Es cierto que vivimos tiempos no fáciles para la familia y su verdad. La familia se ha convertido en blanco de contradicción: por una parte, es la institución social más valorada por las encuestas, también entre los jóvenes, y por otra, está sacudida en sus cimientos por graves amenazas y por ataques claros o sutiles, por legislaciones contrarias y por tantas cosas. Pero sin familia, sin la verdad en la que se asienta, no tenemos nada que hacer; todo se desmorona sin ella; ni siquiera se podrá alcanzar la paz que tanto necesitamos, como indica el Papa Benedicto XVI en su mensaje para el Primero de Año en curso, XLI Jornada Mundial de la Paz. Como Iglesia diocesana vamos a trabajar todos: Obispo, sacerdotes, fieles, agrupados en las parroquias y en los distintos movimientos eclesiales implantados aquí, para custodiar, conocer cada día mejor y promover en el mundo actual y en nuestra coyuntura histórica la familia cristiana. Y ello es necesario porque tenemos la convicción de que la sociedad no puede prescindir de la institución familiar, por la sencilla razón de que nace en las familias y en ellas encuentra su consistencia. Frente al peligro de la degradación cultural y social y ante la difusión de plagas como la violencia, la cultura de la muerte, la droga, el crimen organizado, la insolidaridad, la falta de valores en ciertas capas de la juventud ¿qué mejor garantía de prevención y de rescate que una familia unida, sana moralmente y comprometida en la vida civil? En esas familias es donde se forman las personas en las virtudes y en los valores sociales de solidaridad, acogida, lealtad y respeto a los demás y a su dignidad. En este compromiso quisiera proponer de nuevo algunas pautas que ya indiqué en la Vigilia diocesana de familias el mes de julio pasado, que muchos recordamos aún con entusiasmo: 1) Dedicar tiempo a la familia: Es misión de los padres es dar tiempo a sus hijos, pasar con ellos horas y horas, dejarles hablar, escucharles y dialogar con ellos sobre los problemas que tienen, propios de la edad y cambiantes con los años. Queridos padres: ¡dad tiempo a vuestros hijos! En vuestro horario, contemplad en medio a las miles y miles de ocupaciones que tenéis, un tiempo importante para ser amigos y cercanos a vuestros hijos, para medir el pulso de la vida que crece en ellos y les plantea tantos interrogantes, los cuales han de recibir en casa la primera y más válida respuesta. 2) Ofrecer a los hijos modelos válidos de vida: De ciertos modelos que se les ofrecen a nuestros hijos no pueden nacer familias, no pueden nacer padres y madres, no pueden madurar compromisos capaces de hacer de la vida una experiencia hermosa. Es necesario ayudar a los jóvenes a desarrollar una capacidad crítica en relación con los modelos falsos y autodestructores que ofrece nuestra sociedad con tanta desenvoltura. No hay que esconderles a los hijos los problemas, no hay que dejarlos sin resolver: más bien es preciso tener el valor de afrontarlos juntos, padres e hijos, presentándoles a éstos últimos las razones y los motivos de las decisiones tomadas y vividas por los padres: ¡eso es educar verdaderamente! 3) Orientar y acompañar a los hijos hacia experiencias que puedan introducirlos, de verdad, en la vida de adultos. Hoy los jóvenes se independizan pronto de los deberes, pero muy tarde de los derechos. Los padres que quieren a sus hijos han de sentir la preocupación de estimularlos a crecer, animándolos a asumir las responsabilidades y orientándolos a que vivan experiencias fuertes, que les ayuden a entregarse a los demás. Por que hay que tener claro que ésta es la vida adulta: la vida que sabe dar y darse. La sociedad del egoísmo, del individualismo, la sociedad sin cortesía ni convivencia es la sociedad sin amor. Precisamente eso la sociedad sin amor. Hay muchos jóvenes hoy en día que conocen todo sobre el sexo y sin embargo no saben amar; por ese motivo son incapaces de querer un autentico matrimonio, son incapaces de crear una familia, de vivir la belleza de la paternidad y de la maternidad, de ser fieles al amor. No podemos resignarnos ante esta situación porque asumiríamos responsabilidades muy grandes ante Dios y ante la historia. 4) El cuarto consejo es la oración en la familia. Decía la Beata Madre Teresa de Calcuta muchas veces: “es necesario recuperar la oración dentro de la familia cuando una familia reza no cae, la familia que reza sabe mantenerse en pie en medio a las dificultades”. La oración dentro de la familia es una cosa estupenda. Queridos padres: rezad juntos cada día; rezad con vuestros hijos desde pequeños y tendréis el honor de introducirlos en el primer diálogo suyo con Dios, dando un fundamento seguro a la libertad de vuestros hijos. Hoy muchos niños no saben hacer ni tan siquiera la señal de la cruz, las casas son ateas, es decir vacías de Dios. Tenemos que cambiar la situación. De ese modo vuestra casa os parecerá más hermosa, os amareis más y os será más fácil abrazaros y abrazar a vuestros hijos y guiarlos por el camino del bien. ¡Haced así y seréis más felices y más libres! Con mi bendición y afecto,
+ Vicente Juan Segura, Obispo de Ibiza |