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MENSAJE PARA LA CUARESMA 2008 - Hoja Diocesana Febrero

1/2/2008

El miércoles 6 de febrero, con el rito solemne y austero de la imposición de la ceniza en la cabeza, comienza el santo tiempo de la Cuaresma, tiempo fuerte del año litúrgico y renovada llamada a la conversión en nuestro itinerario hacia la Pascua. Al imponer sobre nuestras cabezas la ceniza, de acuerdo con una tradición antiquísima, deseamos manifestar no sólo la fugacidad del mundo visible y la ley de la muerte, a la cual está sometido en este mundo, y en consecuencia también el hombre; sino que deseamos manifestar, al mismo tiempo, nuestra disposición a participar en el misterio pascual de Cristo, que conduce a la victoria sobre el pecado y sobre la muerte. La liturgia de la ceniza, celebrada en las parroquias de la diócesis, es la primera llamada a la conversión de los corazones y a entrar en el camino de la Cuaresma.           

La Iglesia invita a los fieles a vivir con intensidad este tiempo litúrgico con cuatro medios concretos: la escucha asidua de la Palabra de Dios, la oración intensa, el ayuno y la abstinencia (los viernes especialmente), y la vivencia de la caridad fraterna. De este modo, todo católico debe prepararse para la celebración de los principales misterios de nuestra fe que se actualizan en Semana Santa. “La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo cuarenta días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo, que nos hace ver la necesidad de la conversión y nos indica los caminos para realizarla. La oración, el ayuno y la limosna son precisamente los caminos que Cristo nos ha indicado. (Juan Pablo II, Audiencia general del 14,02,79).        

La Cuaresma debe ser para el creyente un momento que deje una huella en la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia y del amor. En ese camino, Dios mismo nos quiere acompañar, guiándonos con su Palabra de vida; por eso, uno de los ejercicios cuaresmales que tenemos que intensificar es la escucha más prolongada de la Palabra de Dios, bien en la celebración de la Eucaristía, de la Liturgia de las Horas o en la oración personal. En muchas ocasiones, el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas. Por eso, Dios nos guarda y nos sostiene, iluminándonos con su enseñanza. Dejémonos iluminar por Él, como Moisés, que cuando bajaba del monte reflejaba la luz divina en su rostro.        

El segundo ejercicio cuaresmal ha de ser la perseverancia en la oración. Nunca se dirá bastante sobre la importancia de la oración en la vida del cristiano. Sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Aprendemos a orar orando. E1 Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo orando Él mismo: «y pasó la noche orando» (Lc. 6,12); otro día, como escribe San Mateo, «subió a un monte apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí sólo» (Mt. 14,23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y animó a los apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22,39- 46). Dado que es imposible encerrar en unas pocas líneas todo lo que se puede decir o lo que se ha escrito sobre el tema de la oración, querría hoy poner de relieve una sola cosa: cuando oramos somos en verdad discípulos de Cristo: «Escucha al Maestro que ora; aprende a orar. Efectivamente, para esto oró Él, para enseñar a orar», afirma San Agustín (Enarrationes in Ps. 56,5). Es necesario fijar nuestros ojos en Jesús. Es el camino, la verdad y la vida. Orar significa hablar con Dios, encontrarse con Él, sentirnos cerca de Él para que sea Él quien mueva nuestra vida. Es verdad que nuestras palabras humanas pueden ser muy imperfectas a veces, nuestros sentimientos dispersos, nuestra concentración poca; pero nuestra incapacidad se completa continuamente en el Verbo, que se ha hecho carne para hablar al Padre con la plenitud de esa unión mística que tiene con Él cada hombre que ora. En esta particular unión con el Verbo está la grandeza de la oración, su dignidad y, de algún modo, su definición. Es necesario comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la oración, tanto personal como comunitaria.        

La tercera práctica cuaresmal es el ayuno y la abstinencia. La disciplina del ayuno y abstinencia nos ayuda a entrar junto a Jesús en el desierto. Allí nos identificamos con el hambre que pasó y nos unimos a El en solidaridad con el hambre de nuestro mundo. Comemos menos para conocer nuestro vacío y apatía espiritual. Sacrificamos nuestro apetito para que otros puedan comer. En la normativa actual hay dos días de ayuno y abstinencia: Miércoles de Ceniza y Viernes Santo. Días de abstinencia obligatoria son los viernes de Cuaresma. El ayuno cristiano consiste en comer una sola vez al día, generalmente el almuerzo. En el desayuno y la cena se puede tomar una pequeña cosa.  El ayuno obliga desde los 21 años hasta los 60.         

Finalmente, la limosna es otra práctica cuaresmal. Decía Juan Pablo II: “La palabra «limosna» no la oímos hoy con gusto. Notamos en ella algo humillante. Esta palabra parece suponer un sistema social en el que reina la injusticia, la desigual distribución de bienes, un sistema que debería ser cambiado con reformas adecuadas” (Catequesis 28 de marzo de 1979, 1). Podemos no estar de acuerdo con el que hace la limosna por el modo en que la hace. Podemos también no estar de acuerdo con quien tiende la mano pidiendo limosna, en cuanto que no se esfuerza para ganarse la vida por sí. Podemos no aprobar la sociedad, el sistema social, en el que haya necesidad de limosna. Sin embargo, el hecho mismo de prestar ayuda a quien tiene necesidad de ella, el hecho de compartir con los otros los propios bienes, debe suscitar respeto. Y es un compromiso cristiano que no se puede descuidar. Ojalá el tiempo de la Cuaresma suscite en nosotros ese espíritu de compartir, de ser solidarios, de ser generosos, de modo que, desprendidos del hombre viejo y caduco, podamos con renovado espíritu celebrar al Hombre Nuevo, a Jesucristo, muerto y resucitado, en la Pascua.        

A todos os deseo una Santa Cuaresma. Con mi bendición y afecto.

+Vicente Juan Segura,

Obispo de Ibiza.

 
     

 

 

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