El pasado mes de octubre ha tenido lugar en el Vaticano la XII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicada al estudio del tema que encabeza este artículo “La Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia”. Han sido unas semanas en las que un grupo de obispos de todo el mundo, numeroso y ampliamente representativo del Colegio Episcopal, han reflexionado a cerca de este importante tema. El Santo Padre, en la homilía de la Misa de Apertura del Sínodo exhortaba a los participantes a preguntarse “cómo podemos hacer para que sea cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en este nuestro tiempo, recordando a todos lo necesario que es poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios”. Si nuestro mundo configura las expresiones de su cultura al margen de la Palabra de Dios, silenciándola o, peor aún, contra ella, nuestra civilización será irremediablemente una cultura atea. Los cristianos no podemos resignarnos a ello. De ahí la importancia que hay que dar a la escucha, a la lectura, personal y comunitaria, de la Palabra de Dios. Es fundamental que toda nuestra actividad esté orientada por la Palabra de Dios, más aún, debemos procurar hacer de la Palabra de Dios el alimento cotidiano de nuestras vidas. La lectura de la Palabra de Dios nos lleva al encuentro vivo con Jesucristo, que es esa Palabra hecha carne. La meditación asidua de la Palabra nos lleva a conocer mejor a Jesús, para así poder amarlo, imitarlo y anunciarlo. El fruto mejor y más genuino de la lectura de la Palabra de Dios es el encuentro con Jesucristo. Acojamos en nuestra vida la Palabra de Dios para así encontrarnos con Jesucristo. Ante esa reflexión surge espontánea la pregunta: ¿Qué lugar ocupa la Palabra de Dios en nuestros hogares, en nuestras comunidades, en nuestras actividades? Sería un error que las palabras contingentes y caducas, que hoy son y mañana han sido superadas, como aquellas que nos llegan por la televisión, la radio, los periódicos, por los vecinos, etc.…, tuvieran mas audiencia que la Palabra eterna de Dios. Entre las diversas actividades que llenan nuestro ritmo de vida, hay que darle el lugar y el momento primordial y privilegiado a la Palabra de Dios. Un hogar cristiano no puede serlo sin que en su seno la Biblia sea leída, meditada, comentada, acogida. Si queremos que la vida cristiana sea robusta y esté cimentada sobre bases sólidas y duraderas, debemos dejar resonar la Palabra. ¡Cómo serian hermosos nuestros hogares si en ellos se leyera periódicamente un poco de la Biblia y el padre o la madre, como verdaderos maestros, transmitieran las hermosas enseñanzas que de la misma se derivan! ¡Cuanta alegría y felicidad podríamos encontrar! ¡Que hermosa manera de conducir a los hijos hacia la meta verdadera! ¡Cuánto crecimiento integral para todos, en medio a los desafíos que cada casa y familia debe afrontar! Pero cuidado, acoger la Palabra de Dios no consiste en dejar que ella entre por uno de los oídos y salga por el otro. Acoger la Palabra significa abrir totalmente nuestro corazón, asimilar su mensaje, mostrar un gran deseo por todo lo que ella aportará a nuestras vidas. Así lo hizo la Virgen María al recibir el anuncio del Ángel: abrió enteramente su corazón y se dejó llenar por Dios. María abrió las puertas de su casa y de su corazón de par en par, permitiendo de este la entrada en el mundo de nuestro salvador y así: “la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”. Es necesario tener presente que este Sínodo sobre la Palabra de Dios viene como consecuencia del Sínodo anterior que se dedicó a otro de los pilares de la vida cristiana: la Eucaristía. Esto pone de manifiesto el estrecho lazo que une el anuncio de la Palabra de Dios y el Sacrificio Eucarístico. En la Eucaristía se nos ofrece, en primer lugar, la mesa de la Palabra, y en segundo lugar, la mesa de la Eucaristía. De estos dos banquetes, el de la Palabra de Dios y el del Cuerpo de Cristo, la Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan de Vida. Para apreciar, celebrar y vivir mejor la Eucaristía, hace falta un conocimiento más profundo de la Sagradas Escrituras, recordemos que “la ignorancia de la Escritura es ignorancia de Cristo” (D.V. 21). Amar, meditar y orar la Palabra de Dios deben ser realidades constantes en la vida de todo cristiano. Y ¿cómo mejorar en ese sentido? Nos lo recordaba el Cardenal Cañizares en su intervención en el Sínodo: “la catequesis introduce en la comprensión de la Palabra de Dios, de manera que sin catequesis la Iglesia no puede realizar plenamente su obra evangelizadora. La catequesis tiene un papel fundamental e insustituible en la transmisión de la Palabra de Dios”. Con esto no solamente nos referimos a la catequesis que reciben nuestros pequeños para recibir la Primera Comunión o la catequesis preparatoria para la Confirmación o el Matrimonio. Todos los cristianos, todos sin excepción, debemos convertirnos en “catequistas” y en “catequizados”, en trasmisores de la Palabra de Dios en nuestra vida cotidiana, en nuestro trabajo, con nuestros familiares y amigos y, también, en oyentes del alegre mensaje de nuestra fe. Particularmente es necesario que nos demos cuenta de la importancia de la transmisión de la fe en la familia. Quisiera pues, desde estas líneas animar a todos los padres y madres a tomarse muy en serio su papel de educadores de sus hijos en todos los ámbitos, y de modo especial en lo religioso. Aquello que aprendemos de los labios de nuestros mayores nunca se nos olvida. Eso exige que los hogares estén más familiarizados con la Palabra de Dios para que, una vez llenos de ella, podamos transmitirla a los demás con nuestras palabras y con nuestras obras. Que la Virgen Santísima, que guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón nos enseñe a escuchar la Palabra de su Hijo y a meditarla en un proceso de maduración. Que sepamos encontrar el lugar y el momento para hacer que la Palabra de Dios resuene en nuestra vida como una de las ocupaciones más queridas y más importantes de nuestra actividad. Animándoos, pues, a colocar bien visible en las casas la Biblia, a leerla, a meditarla, a acogerla, a hacer de ella un elemento importante de nuestros hogares, os saludo y bendigo con afecto . + Vicente JUAN SEGURA, Obispo de Ibiza |