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TIEMPO DE ADVIENTO - Hoja Diocesana de Diciembre

1/12/2008

El mes de diciembre está casí todo él ambientado en el tiempo del Adviento, tiempo fuerte del  año litúrgico que se presenta como un tiempo de espera. Con los cuatro domingos que lo componen se recuerda el largo período que el pueblo de la Antigua Alianza estuvo esperando la llegada del Mesías prometido. Nosotros ahora, reviviendo esa historia, que forma parte de la salvación, recordamos aquella espera y, a la vez, mientras nos disponemos a celebrar el Nacimiento de Jesucristo, nos preparamos para la última y definitiva venida del Mesías.

Hay una promesa, por parte de Jesucristo, de volver al final de los tiempos; ahora bien, en íntima relación con esa promesa está la exhortación, tantas veces repetida en el Evangelio de velar, de permanecer en vigilancia y atención. Las personas, a veces, esperamos sencillamente sin hacer nada: solo dejando que el tiempo transcurra y llegue el acontecimiento que esperamos. En la espera de la venida de Jesucristo no puede ser así, sino que hay que prepararse activamente para esa venida. El tiempo de Adviento, pues, es un tiempo de espera activa.        

Por eso, ante la conciencia de que Jesús ha de volver no podemos permanecer impasibles; la vuelta de Jesús no puede llevarnos al ocio, ni es una invitación a inhibirse, esperando que sea la intervención divina la que lo resuelva todo. Es más bien todo lo contrario, se trata de asumir, con renovado compromiso, la construcción del Reino de Dios, contando para ello con la gracia que se nos da por nuestra comunión con Cristo, que mientras pasa el tiempo que nos separa de su venida gloriosa, va viniendo a nosotros de otras formas no menos reales. Su presencia es una presencia que, como dicen los teólogos, es la de un “ya pero todavía no”. Es decir, Jesús está realmente presente ahora en esas presencias que todos conocemos y apreciamos: la Eucaristía, la Iglesia, el prójimo, la creación, etc.…Tenemos la promesa de una vuelta definitiva y para esa venida el tiempo de Adviento debe ser una adecuada preparación. El tiempo que hemos empezado, el tiempo de Adviento, es un tiempo de actividad, de acción, de quehacer. Y esa actividad ha de ir encaminada a la construcción del Reino de Dios.        

El Reino de Dios, lo sabemos y creemos, solamente alcanzará su plenitud al final de los tiempos. Pero ya ahora se va construyendo por  medio de la acción comprometida de los hijos de Dios, que generosos trabajan para su Padre en las múltiples facetas de la actividad de cada uno, según la propia vocación. ¡Dios nos quiere tanto que nos hace colaboradores suyos para que la salvación alcance a todos los hombres!        

La palabra clave del Adviento es velar: “Lo que os digo a vosotros decidlo a todos: Velad” (Mc 13,17) nos recuerda san Marcos en su Evangelio. Esa exhortación a velar no puede ser entendida como que los discípulos de Jesús no podamos nunca descansar o reposarnos. Significa más bien permanecer tan unidos a Jesús que nada nos pueda separar de Él y por ello, con Él y en Él, hacer de nuestra existencia una donación total al Padre, usar de nuestra libertad para construirnos como personas acogedoras, hacer que nuestras expresiones sean expresiones del amor del Padre.        

La llamada a permanecer en vela fue dirigida por Jesús a los primeros discípulos, pero todos los creyentes, sin excepción, se encuentran en la misma situación, a todos nos alcanza el deber de la vigilancia, una vigilancia que se concretiza en primer lugar en la oración y, después, en las acciones que emprendemos como resultado de esa oración.        

Nuestra mejor compañía para recorrer el tiempo de Adviento es la Virgen María, cuya memoria honramos en este mes con distintas fiestas: Inmaculada Concepción, Loreto, Guadalupe, Esperanza… Ella nos enseña la disponibilidad sin medida a las llamadas de Dios y a las necesidades de los hermanos. Que nos acompañe y dirija en este santo tiempo y de ese modo, la celebración de la Navidad, tan cercana, sea un anticipo de la alegría del encuentro definitivo del Dios que viene a nosotros y lleva consigo nuestra salvación.        

¡Buen y fructuoso tiempo de Adviento!        

Con mi saludo y bendición,

+ Vicente Juan Segura,

Obispado de Ibiza

 
     

 

 

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