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EL PROCESO DE CANONIZACIÓN DE LOS SIERVOS DE DIOS JUAN TORRES TORRES Y XX COMPAÑEROS, SACERDOTES Y MÁRTIRES EN LA DIOCESIS DE IBIZA - Hoja Diocesana febrero

1/2/2009

El Siervo de Dios Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Tertio Milenio Adveniente, que servía como preparación al Gran Jubileo del año 2000, nos decía: “La Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires. Los hechos históricos ligados a la figura de Constantino el Grande nunca habrían podido garantizar un desarrollo de la Iglesia como el verificado en el primer milenio, si no hubiera sido por aquella siembra de mártires y por aquel patrimonio de santidad que caracterizaron a las primeras generaciones cristianas. Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires. Las persecuciones de creyentes —sacerdotes, religiosos y laicos— han supuesto una gran siembra de mártires en varias partes del mundo.(…) Es un testimonio que no hay que olvidar. La Iglesia de los primeros siglos, aun encontrando notables dificultades organizativas, se dedicó a fijar en martirologios el testimonio de los mártires. Tales martirologios han sido constantemente actualizados a través de los siglos, y en el libro de santos y beatos de la Iglesia han entrado no sólo aquellos que vertieron la sangre por Cristo, sino también maestros de la fe, misioneros, confesores, obispos, presbíteros, vírgenes, cónyuges, viudas, niños. En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi « militi ignoti » de la gran causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia sus testimonios. Como se ha sugerido en el Consistorio, es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria.

Con esta confianza y animado por muchos fieles y sacerdotes, el pasado día 23 de noviembre de 2008, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, firmé un Decreto con el cual abría la causa de Canonización de 21 sacerdotes diocesanos, inmolados por odio a la fe en diferentes lugares del territorio de la Diócesis durante la persecución religiosa de 1936.

La pregunta surge casi espontánea: ¿Qué es un mártir cristiano? La palabra mártir significa literalmente testigo. En el libro de los Hechos de los Apóstoles (22, 18-20), cuando se narra el martirio de San Esteban, el primer mártir cristiano, se percibe de un modo pleno el concepto de mártir cristiano: aquel que testimonia con sus palabras y con su vida que es un seguidor de Cristo y cree en Él y ratifica este testimonio con su sangre. De este modo, el mártir cristiano no es un desesperado que renuncia a continuar viviendo, ni un hastiado de la vida que ve en la muerte una liberación, ni un kamikaze que muriendo siembra destrucción y muerte, ni un suicida que se quita la vida a si mismo.

El mártir cristiano da la propia vida, la entrega, para que otros no sean asesinados, para no abandonar la fe, para sostener a los demás creyentes en el amor. El mártir cristiano no busca la muerte, pero no renuncia a la propia fe al precio de salvar su vida.

El presente proceso sobre la vida, martirio y fama de martirio de los Siervos de Dios Juan Torres Torres y XX Sacerdotes Diocesanos compañeros mártires se abre con la esperanza de ofrecer a nuestra Iglesia diocesana en primer lugar, y por extensión a la Iglesia universal el testimonio valiente de unos hombres que servían a su pueblo animados por su adhesión a Jesucristo y a su Iglesia, de modo que inscritos en el catálogo de los Beatos, puedan ser modeles e intercesores. No se pretende, naturalmente abrir polémicas ni pedir responsabilidades que no nos corresponde, y mucho menos entrar en ningún tipo de discusión estéril. Estos sacerdotes fueron hombres pacíficos, perseguidos, y que sufrieron la muerte por el único hecho de ser sacerdotes católicos. El denominador común de todos ellos fue su opción radical por Cristo, por encima de todas las cosas, incluso de la propia vida. Bien podrían repetir con san Pablo: “para mi la vida es Cristo y una ganancia el morir”. Con su muerte nos enseñan que nada hay que anteponer al amor que Dios nos tiene y que nos manifiesta en Cristo Jesús.

Fueron vencidos en apariencia, pero demostraron una inusual fortaleza espiritual y moral. Demostraron una fuerza grande, nueva, inexplicable desde la razón humana: la fuerza amorosa de Dios Todopoderoso que se muestra débil en la Cruz de su Hijo, pero que vive para siempre triunfante tras su Resurrección.

Si su muerte humana causa horror y tristeza, conocer su ejemplar vida de fe nos llena de júbilo. En ellos encontramos abundantes inspiraciones para llevar a adelante nuestra vida como creyentes comprometidos con Dios y con la sociedad, de la que formamos parte y a la que, desde los criterios del Evangelio, debemos de servir.  

Su testimonio ni se puede ni se debe olvidar. Ellos son una muestra inconfundible de la vitalidad de la nuestra iglesia de Ibiza. Que su ejemplo haga de cada uno de nosotros testigos vivos y creíbles de la Buena Noticia para toda la humanidad. Que su imitación conduzca a producir en la sociedad actual abundantes frutos de amor y esperanza.

Os animo a colaborar vivamente en este proceso y a que todos juntos elevemos oraciones a Dios, nuestro Señor, para que este proceso se lleve adelante para mayor gloria de Dios y bien de las almas.

Con mi bendición y afecto.

+Vicente JUAN SEGURA,

Obispo de Ibiza

 
     

 

 

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