Este año el mes de junio aparece enriquecido con la celebración de tres fiestas importantes de Jesucristo: el jueves 4 será la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote; el domingo 14 la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor y el viernes 19, que nosotros trasladamos al domingo 21, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. En el principio de la Carta a los Hebreos leemos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo” (1,1-2). Nuestro Dios es un Dios que, en todos los tiempos habla a los hombres para entrar en comunicación con ellos. Nos impresiona sobremanera que el Dios omnipotente y altísimo, tan santo y aparentemente separado de nosotros, tome la iniciativa de entrar en contacto con nosotros. Jesucristo habla y se dirige a todos los hombres, cumpliendo así la voluntad del Padre (Cf. Jn 4,34), pues la voluntad del Padre es una voluntad de entrar en comunión con el hombre y ello se lleva a cabo por medio de Jesucristo. Por ello, celebrar las fiestas de Jesucristo es como darle la oportunidad de que por medio suyo, Dios nos siga hablando y posibilitando nuestra comunión con Él. El 4 de junio, jueves inmediato a Pentecostés, celebramos la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Jesús es el sacerdote o pontífice de la nueva alianza que nos ha reconciliado con Dios y nos ha llamado a formar parte de su Iglesia, haciéndonos hijos del Padre y nos ha convertido en Pueblo sacerdotal, partícipes de su sacerdocio para extender el Reino de Dios a todos los hombres. Así como Jesús une en su mediación los dos aspectos de la relación con Dios y con los hombres, y esto es lo que lo constituye sumo sacerdote, así nosotros debemos unir en nuestras vidas la fe que nos acerca a Dios y la solidaridad que nos une a nuestros hermanos. Esta fiesta invita a todos a entrar en relación con Dios y confrontarnos constantemente con su voluntad, y acercar a nuestros hermanos a Dios. Y esto sólo podemos realizarlo estando unidos a Cristo mediante los Sacramentos, que no son observancias rituales, sino medios de unión con Él. El domingo 14 es la gran fiesta del Corpus Christi, de tanta raigambre entre nosotros. Esta fiesta evoca lo que celebramos el Jueves Santo, la institución de la Eucaristía, que la Iglesia celebra todos los días en todas las partes del mundo. Pero esta vez tiene un carácter más festivo y externo. De la Eucaristía viven y se alimentan la Iglesia y el mundo, cada cristiano y cada hombre, aunque muchos no lo saben. A conclusión de la Misa solemne de ese domingo, tiene lugar la procesión por las calles de cada pueblo, como queriendo acercar ese grandísimo misterio a la contemplación de los hombre y mujeres de nuestro tiempo: la Iglesia, consciente del grandísimo don del que es depositaria, no lo puede tener solamente para sí y lo expone al mundo para que todos puedan vivir del mismo. En la Catedral, la Misa estacional y posterior procesión será a las 7 de la tarde. El domingo 21 tendremos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Como ya es costumbre arraigada entre nosotros, la celebración será a las 7,30 de la tarde en el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús sobre el cerro conocido como Monte Cristo. El Corazón de Jesús es la manifestación evidente del amor de Dios que ama, y ama tanto a los hombres. El amor de Dios es el sentido de nuestras vidas, el impulso de nuestro obrar, la esperanza en lo que hacemos con recta intención. Con frecuencia decimos que una persona con corazón es una persona profunda y a la vez cercana; entrañable y comprensiva, capaz de sentir emociones a la vez que de ir al fondo de las cosas y los acontecimientos. El corazón ha simbolizado para la gran mayoría de las culturas el centro de la persona, Tener corazón equivale para el hombre antiguo a ser una personalidad integrada. Jesús, el hombre para los demás, nos muestra su corazón que no es de piedra sino de carne (Ez 11,19). Su vida es un signo del buen amar, del saber amar. Os invito, pues, queridos diocesanos a celebrar estas fiestas de Jesucristo y en honor de Jesucristo. Serán ocasiones privilegiadas en las que Él nos hablará, nos presentará la voluntad del Padre, crecerá nuestra comunión con Él y nuestra vida alcanzará su verdadera plenitud precisamente por esa comunión con lo divino. Finalmente, con el mes terminará también el Año Paulino, que desde junio del pasado año venimos celebrando. San Pablo enamorado de Cristo, nos habla del Padre, de Cristo, del Espíritu, de la Iglesia, del amor. Os deseo a todos que el recuerdo de este encuentro con la figura colosal de Pablo de Tarso, os ayude a seguir más de cerca de Jesús y a que las enseñanzas del Apóstol de las Gentes formen siempre parte de nuestro bagaje espiritual. Con mi bendición y afecto, +Vicente JUAN SEGURA, Obispo de Ibiza |