Continuando con el tema iniciado el mes pasado, a propósito del Año Sacerdotal, que seguimos celebrando por iniciativa del Papa Benedicto XVI con del 150° aniversario del "nacimiento para el cielo" del cura de Ars, san Juan Bautista María Vianney, quisiera invitaros a seguir reflexionando sobre la necesidad de los sacerdotes en la Iglesia y en la sociedad. Los sacerdotes no son una invención de la Iglesia llevada a cabo para organizarse mejor. Es Dios mismo quien quiere a los sacerdotes para, a través de sus labios seguir difundiendo su Palabra, a través de sus manos bendecir a todos, a través de los sacramentos que administran derramar su gracia, a través de su vida y actividad ayudar a los hombres a caminar por la tierra con la mirada puesta en el cielo. En la Biblia leemos una promesa: “Os daré pastores según mi corazón” (Jer 3,15). La historia nos enseña que Dios habla a los hombres, porque no es un dios mudo ni lejano y, movido por el amor que nos tiene, nos va proveyendo de todo lo que necesitamos. Dios promete y cumple. Dios siempre, siempre cumple su palabra. Y eso es maravilloso, y eso nos mueve a darle gracias. Con las palabras divinas citadas más arriba, recogidas por el profeta Jeremías, Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo cuiden, lo congreguen y lo guíen. Somos conscientes que sin sacerdotes la Iglesia, no podría llevar a cabo su misión fundamental en este mundo: anunciar la Palabra de Dios y promover la obediencia a los mandatos de Jesús, camino de felicidad humana y de bienestar social. Por eso, después de habernos dado tantas cosas, Jesús mismo nos dio a los sacerdotes, enviándolos a todos los pueblos, porque por todos, sin excepción, Jesús derramó su Sangre preciosa en la cruz. A lo largo de la historia muchos son los sacerdotes que han sido ejemplo para nosotros por el testimonio de su vida y la calidad de las obras que han fundado, desde los grandes santos como el Cura de Ars, a quien estamos contemplando de un modo especial en este año sacerdotal, San Agustín, San Juan de Ávila, San Juan Bosco, San Vicente de Paúl, el P. Damián de Veuster, el héroe de Molokai canonizado hace pocos meses, hasta los sencillos, humildes y anónimos sacerdotes que desgastaron con amor su vida en una pequeña iglesia, enseñando a sus fieles a amar más a Dios y a los hermanos. En los dos mil años de historia que ya tiene la Iglesia muchos, muchísimos son los sacerdotes cuya vida ha sido un reflejo fiel de Jesucristo. Cuando no faltan medios de comunicación que injustamente arremeten contra los sacerdotes y los obispos, mi pensamiento se dirige siempre al testimonio, las más de las veces silencioso, valiente y decidido de tantos y tantos sacerdotes que llenan de honor a la Iglesia y de bien a la sociedad. Y pienso en mis adentros: si no hubiera habido sacerdotes ¿el mundo sería mejor? La respuesta es evidente: el mundo no sería mejor sino claramente peor. Por eso, hemos de seguir acompañando, queriendo, ayudando a nuestros sacerdotes, con sus virtudes y sus límites, con sus proyectos y sus omisiones. Y sobre todo, con nuestra oración. Os invito, pues, queridos fieles de Ibiza y Formentera, a sentiros amigos y hermanos de aquellos, los sacerdotes, que desean serlo de todos. Con mi bendición y afecto, +Vicente JUAN SEGURA, Obispo de Ibiza. |