1. Nos reunimos hoy en esta Real Parroquia de San Andrés para celebrar la fiesta de su titular, el Apóstol hermano de San Pedro, el primer llamado del grupo de los Doce, el “Proclete” como le llaman los griegos, hecho que le dio gran prestigio dentro de las primeras comunidades. Vengo con gran alegría a presidir esta celebración, invitado por mi buen amigo Don Lorenzo Rodríguez, ante la imposibilidad de que lo haga, como en otros años, el Pastor de esta diócesis, el Señor Cardenal Antonio María Rouco Varela, que por imperativo de sus responsabilidades en la Iglesia universal, la “sollicitudo omnis ecclesiarum” que forma parte del oficio episcopal, no puede presidir en esta ocasión la fiesta. A él nuestro recuerdo y la seguridad de nuestra oración por su persona y sus intenciones pastorales al servicio de esta gran Iglesia local que es la Archidiócesis de Madrid. Digo que vengo con gran alegría y en cierto modo me siento en casa, porque ya hace muchos años que Don Lorenzo Rodríguez, desde hace tantos años benemérito Cura párroco de esta comunidad, me entregó la medalla de “feligrés honorario”. La conservo con apreció y gratitud. Además, desde hace más de veinte años, mi relación con la esta parroquia, silenciosa pero eficaz, nacida en mis tiempos de Encargado de Negocios de la Delegación Apostólica en Mozambique, me ha hecho testigo privilegiado de su vida y generosidad. Aquí he encontrado siempre amigos, ayuda y buenos ejemplos. 2. Saludo con mucho afecto a todos los sacerdotes concelebrantes, vinculados de una forma u otra a esta Parroquia. Para nosotros, que participamos del único sacerdocio de Cristo, la celebración de la fiesta de un Apóstol es siempre una ocasión privilegiada para tomar conciencia mayor de la gracia que hemos recibido con el orden sacerdotal. En el Evangelio de San Lucas, 6, 12-16 se nos dice que Jesús pasó la noche entera en oración y después bajó de la montaña y eligió a los Doce entre sus discípulos. Entre ellos estaba Andrés, elegido Apóstol, al igual que los demás como fruto del dialogo orante entre Jesús y el Padre. Nosotros, como sacerdotes, somos también llamados por Jesús después de su diálogo con el Padre. Tenemos esa característica común con Andrés y los demás Apóstoles. Esta fiesta nos recuerda, pues, nuestros orígenes como sacerdotes. Celebrando esto este año por voluntad del Papa Benedicto XVI un Año Sacerdotal, os invito a vivir esta celebración como un momento fuerte de este año, de modo que el ver cómo Jesús actuó en el pasado y la identidad con su actuación en nuestro caso, nos haga agradecer el gran don que hemos recibido, favoreciendo nuestro compromiso de renovación interior, de modo que nuestro quehacer pastoral sea más intenso e incisivo. 3. Os saludo con tanto afecto en el Señor a todos los fieles que participáis en esta Santa Misa, feligreses, amigos, bienhechores, hombres y mujeres de alguna manera vinculados a esta Parroquia, que dirigís hoy la mirada hacia este Santo Apóstol, pidiéndole a San Andrés que él nos enseñe a seguir a Jesús con la prontitud con que el lo siguió (cf. Mt 4, 20; Mc 1, 18), a hablar con entusiasmo de él a aquellos con los que nos encontremos, y sobre todo a cultivar con Jesús una relación de auténtica familiaridad, conscientes de que sólo en Él podemos encontrar el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte. Ese sería un buen fruto de esta celebración. 4. Andrés, por los datos que conocemos de él, era verdaderamente un hombre de fe y de esperanza. Discípulo de Juan el Bautista, al que siguió cuando comenzó a predicar la penitencia. Precisamente estaba con su maestro, cuando Juan Bautista, después de haber bautizado a Jesús, le vio pasar y exclamó: "¡He ahí al cordero de Dios!" (Cf. Jn 1, 35-42) Andrés recibió luz del cielo para comprender esas palabras misteriosas. Inmediatamente, él y otro discípulo del Bautista siguieron a Jesús, el cual los percibió con los ojos del Espíritu antes de verlos con los del cuerpo. Volviéndose, pues, hacia ellos, les dijo: "¿Qué buscáis?" Ellos respondieron que querían saber dónde vivía y Jesús les pidió que le acompañasen a su morada. Comenzó así una verdadera gracia para Andrés: su historia de amistad, de cercanía de intimidad con Jesús. Andrés y su compañero pasaron con Jesús las dos horas que quedaban del día. Andrés comprendió claramente que Jesús era el Mesías y, desde aquel instante, resolvió seguirle. Pero no solo eso: compartió con su hermano Simón los sentimientos que brotaron en su corazón tras el encuentro con Jesús, anunciándole que había encontrado al Mesías esperado. Tras eso, Andrés condujo a su hermano ante aquel personaje lleno de misterio. Y entonces Jesús le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan; de ahora en delante de llamarás Pedro” (Jn 1,42). El anuncio que hizo Andrés a su hermano Simón fue una de las primeras evangelizaciones. Andrés no tuvo reparo en conversar con los de su casa, con los de su familia, de las experiencias religiosas. Es un maravilloso ejemplo que nos recuerda como la familia, bien unida y fundada, está llamada a ser la primera evangelizadora de cada miembro; en las familias hemos de hablar de Dios, hemos de darle sitio en nuestras actividades familiares… en definitiva Andrés nos recuerda el insustituible papel de la familia como primera célula de evangelización. 5. El Evangelio que hemos proclamado hoy nos muestra como cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Pedro y Andrés pescando en el lago y los llamó definitivamente al ministerio apostólico, anunciándoles que haría de ellos pescadores de hombres. Abandonaron inmediatamente sus redes para seguirle y ya no volvieron a separarse de Él. La Palabra de Jesús fue decisiva: "Seguidme, y os haré pescadores de hombres" (Mt 4, 18-19; Mc 1, 16-17). De pescador de Galilea pasó a ser pescador de hombres: cambió su identidad, enseñándonos como cuando Dios pasa por nuestra vida, no podemos ya ser los mismos, no podemos hacer lo mismo. 6. En el encuentro a las orillas del mar de Galilea Andrés, al igual que Simón, llamado Pedro, y Juan y Santiago pudieron tener dudas, revoluciones interiores, preguntas,… ¿cómo era posible que ellos, pescadores rudos, iletrados e girantes, habitantes de un pueblo perdido de la Galilea dejarán lo que les proporcionaba una cierta seguridad económica y de protección familiar, para dedicarse a echar las redes en medio a los hombres, rodeándose de un idealista no muy conocido aún, sin que ello provocase lástima o risas? Pero la Palabra de Jesús no era solo la propuesta de un hombre: era la voluntad amorosa de Dios y por ello caló hondo en aquellos corazones, el de Andrés el primero. Es maravilloso leer que ellos lo dejaron todo y le siguieron “al instante”, palabras que se repiten en ambos casos. A Jesús no se le ha de decir: “después”, “más adelante”, “ahora tengo demasiado trabajo”... Aquel día los pescadores se sintieron pescados, no por una red ni por un anzuelo, sino por la voz de Uno que ama y es amor. Nos enseñan aquellos primeros discípulos que no se puede decir “no” a Dios y a sus planes sin caer al instante en un profundo abismo o en el vacío total. Aquel fue el gran día para Andrés. Seguramente él no conocía bien el sentido de todo aquello, ni podía imaginar todo lo que la respuesta a Jesús iba a suponerle para el resto de la vida. Pero si que podía pensar, aunque fuera remotamente, que era ya un pescador de hombres sencillamente porque se lo había dicho Jesús, con su palabra, la misma palabra que creo el mundo, la misma palabra que lo dirige sabiamente, la misma palabra que allí donde se pronuncia da vida y vida en abundancia. También a cada uno de nosotros —a todos los cristianos— Jesús nos pide cada día que pongamos a su servicio todo lo que somos y tenemos para que, viviendo con Él las tareas de nuestro trabajo profesional y de nuestra familia, seamos “pescadores de hombres”. ¿Qué quiere decir “pescadores de hombres”? Una bonita respuesta puede ser un comentario de san Juan Crisóstomo. Este Padre y Doctor de la Iglesia dice que Andrés no sabía explicarle bien a su hermano Pedro quién era Jesús y, por esto, «lo llevó a la misma fuente de la luz», que es Jesucristo. “Pescar hombres” quiere decir ayudar a quienes nos rodean en la familia y en el trabajo a que encuentren a Cristo que es la única luz para nuestro camino. 7. Según tradiciones muy antiguas, durante el resto de su vida fue el heraldo y el intérprete de Jesús para el mundo griego. Pedro, su hermano, llegó a Roma desde Jerusalén, pasando por Antioquia, para ejercer su misión universal; Andrés, en cambio, fue el apóstol del mundo griego: así, tanto en la vida como en la muerte, se presentan como auténticos hermanos; Una tradición sucesiva narra la muerte de Andrés en Patrás, donde también él sufrió el suplicio de la crucifixión. Ahora bien, en aquel momento supremo, como su hermano Pedro, pidió ser colocado en una cruz distinta de la de Jesús. En su caso se trató de una cruz en forma de aspa, es decir, con los dos maderos cruzados en diagonal, que por eso se llama "cruz de san Andrés". Según un relato antiguo —inicios del siglo VI—, titulado "Pasión de Andrés", en esa ocasión el Apóstol habría pronunciado las siguientes palabras: "¡Salve, oh Cruz, inaugurada por medio del cuerpo de Cristo, que te has convertido en adorno de sus miembros, como si fueran perlas preciosas! Antes de que el Señor subiera a ti, provocabas un miedo terreno. Ahora, en cambio, dotada de un amor celestial, te has convertido en un don. Los creyentes saben cuánta alegría posees, cuántos regalos tienes preparados. Por tanto, seguro y lleno de alegría, vengo a ti para que también tú me recibas exultante como discípulo de quien fue colgado de ti... ¡Oh cruz bienaventurada, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor!... Tómame y llévame lejos de los hombres y entrégame a mi Maestro para que a través de ti me reciba quien por medio de ti me redimió. ¡Salve, oh cruz! Sí, verdaderamente, ¡salve!". 8. Que San Andrés acompañe el caminar de esta Real Parroquia que lo tiene como titular, patrón y protector. Que su ejemplo nos ayude a dejar las redes antiguas por unas redes nuevas, nos haga a todos evangelizadores y alentados por el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, en este día animados por su recuerdo, recorramos sin desfallecer el camino y alcancemos, como él, la corona de gloria que no se marchita. |