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HOMILIA EN LA VIGILIA DIOCESANA DE LA INMACULADA

7/12/2009
Parroquia de San Agustín

1.      Cada persona tiene un sueño, el sueño de su vida, lo que quiere ser, lo que quiere tener. A la realización de ese sueño está unida la consecución de la felicidad: si el sueño es equivocado o imposible, la vida está destinada al fracaso.        

Ante este hecho cabe que nos preguntemos: ¿cuál es el sueño justo? ¿Cuál es el sueño que puede llenar de verdad el vació de nuestro corazón? ¿Cuál es el sueño que esperamos que se cumpla en nuestra vida y en consecuencia poder ser felices? Algunos nos responderán: el éxito en mi profesión, otros, el dinero, otros el sexo, otros… pues otras tantas respuestas.        

¿Cuál es la respuesta verdadera? Vamos a preguntárselo en esta ocasión a la Virgen María, la mujer más fiel y más sabia que haya habido nunca sobre la faz de la tierra.        

Un ateo, exactamente Jean Paul Sartre, escribió una de las páginas más bellas sobre la Virgen. Ese hecho, en sí, es ya algo prodigioso. Las cosas sucedieron así: en el invierno del año 1940, Sartre se hallaba detenido en un campo de concentración en Treveri; los prisioneros decidieron hacer algo para celebrar la Navidad. Decidieron que cada uno debería escribir una oración o una reflexión que después leerían todos juntos la Nochebuena. Para esa ocasión, Sartre, escribió unas páginas que aún hoy os llenan de admiración. Mirad como contaba él las vicisitudes del nacimiento de Jesús:        

La virgen está pálida y mira al niño. Sobre su rostro hay un estupor que solo se ha visto una vez sobre un rostro humano. Ello porque Cristo es su bebé, carne de su carne, fruto de su vientre. Lo ha llevado nueve meses en su seno, le dará de mamar y su leche se convertirá en la sangre de Dios. Se me parece, Dios se me parece”. Y ninguna mujer ha tenido la suerte de tener a Dios para ella sola”. Estas palabras son una exacta y sorprendente fotografía de María.        

Llegados a este punto nos preguntamos: ¿Cuál es la historia de María? Para ello vayamos al Evangelio y entremos en la pequeña casa de Nazaret, escuchando lo que nos cuenta el evangelista San Lucas: “En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios” ¡Es Dios quien ha buscado a María! ¡Es Dios quien ha querido la misión de María! ¡Es Dios quien ha llamado a la puerta de la libertad de María!        

Y ¿eso por qué? Es un hecho maravilloso que Dios busca la colaboración humana. Dios pide, no obliga, no anula la libertad del hombre, sino que llama a la puerta de cada uno y espera una respuesta (Cf. Ap 3,20). Y ¿qué sucede si el hombre no abre la puerta? Si el hombre no abre la puerta le impide a Dios entrar, y por ello no entran con él la alegría, la paz la justicia… porque Dios es indispensable, insustituible, es necesario para dar sentido a la vida. El hecho de que Dios es indispensable para dar sentido a la vida me trae a la memoria el recuerdo de una muchacha de Roma que se suicidó en los aseos de la Estación Ostiense de Roma,  en su habitación encontraron un papel con un dramático mensaje dirigido a sus padres que decía así: “Queridos padres: me habéis querido mucho, pero no habéis sido capaces de hacerme del bien. Me habéis dado de todo, incluso lo superfluo. Pero no me habéis dado lo indispensable (que es Dios). No me habéis dado una razón válida por la cual valiera la pena vivir. Por eso me quito la vida”. Una casa sin Dios, aunque esté llena de comodidades y de riquezas, de verdad es dramáticamente pobre: ¡esta vacía!        

María de Nazaret lo entendió bien: Donde está Dios está todo. Por ello, abrió la puerta de su libertad a Dios y se convirtió en la más grande colaboradora de Dios en su proyecto de recuperar a la humanidad tras el desastre del pecado original.

2.      Preguntémonos ahora ¿Cómo ha dado María un “sí” tan bello, tan limpio, tan valiente, decidido o coherente? ¿Cómo se enciende en una persona el deseo de colaborar con Dios, abriéndole la puerta de nuestra vida sin miedo, sin ambigüedades, sin dudas?        

Seguimos buscando la respuesta en el Evangelio: “En el sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Galilea” Y ¿por qué a Galilea y no a la rica y gloriosa Judea? ¿Por qué a Nazaret y no a la ciudad santa de Jerusalén? ¿Por qué a una pobre casa y no al esplendoroso templo? Aquí hay una gran enseñanza y tenemos que entenderla.        

Galilea era una región despreciada, lejos de Jerusalén, la capital, en la cual vivía gente simple y sin cultura, muchas veces invadida por los pueblos vecinos. Y sin embargo, al llegar la plenitud de los tiempos Dios envió a su ángel a Galilea ¿Por qué? Más aún, de toda la Galilea Dios elige Nazaret, que era un pueblecito desconocido, que no estaba en los mapas de la época, nunca mencionado en la Biblia hasta ese momento. Y Dios manda su ángel a Nazaret ¿Por qué? Pues porque Galilea y Nazaret son, ante Dios, la tierra de la humildad: ese es el gran mensaje escondido en el relato de la Anunciación. Sólo los humildes toman a Dios en serio, sólo los humildes pueden oír de verdad la voz de Dios, sólo los humildes tienen la valentía de fiarse de Dios y colaborar con Él. María dijo un “sí” maravilloso porque era humilde, no tenía orgullo, era libre de corazón y no sufría la plaga, la enfermedad del orgullo.        

El ángel saluda a María y le dice: “Alégrate, llena de gracia (¡llena de la belleza de Dios!), el Señor está contigo (es decir, te va a confiar una gran misión)”. En estas palabras se contiene toda la verdad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En efecto, ¿cómo podría estar llena de gracia, llena de belleza, si hubiera habido en ella una sombra, aunque fuera fugaz, de pecado? Alégate, llena de belleza.        

Y sin embargo, la primera reacción de María no es la de alegrarse: María se siente desconcertada por ese saludo tan especial. No es el desconcierto del miedo (nunca el Evangelio nos dice que María fuera una mujer miedosa. Entonces, ¿por qué María se queda desconcertada?        

Se trata del desconcierto de la admiración, de los humildes que se sienten indignos ante la llamada de Dios. Al ángel le gusta ese desconcierto porque es el desconcierto que perfuma a humildad. Y por eso le anuncia el proyecto de Dios: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás un hijo y le darás a luz y lo llamarás Jesús. Será grande, será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30-33). El anuncio es clarísimo y hubiera hecho enorgullecerse a cualquier persona, pero a María no. Ella sigue siendo humilde y le pide al ángel que le ayude a entender cuál es el “sí” que Dios quiere de ella: ¿Dios la quiere virgen o Dios quiere que sea madre? 

3.      A esa pregunta de María, el ángel le responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te cubrirá la sombra del Altísimo. Por eso, el que va a nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. El ángel le ha dicho una cosa grandísima, enorme, que no ha sucedido nunca antes ni sucederá nunca después, una cosa que podía provocar en María un desconcierto grande. En efecto ni más ni menos que le había anunciado que iba a ser madre permaneciendo virgen, porque el Espíritu Santo iba a ser el autor de una maternidad única e irrepetible: ¡la maternidad divina!

Por eso el ángel se da prisa en darle una explicación y auxiliar la  libertad de María, y añade: “Mira a tu pariente Isabel, que en su vejez ha concebido ya un hijo y está ya de seis meses la que llamaban estéril: nada es imposible para Dios”.María podía haber dicho: No entiendo nada. María podía haber objetado: ¿A quién cuento todo esto? ¿Quién me creerá? Pero no.

María no duda y su libertad la lleva a entregarse a la respuesta de fe: se entrega totalmente a Dios y pronuncia las palabras más decisivas de toda la historia humana: “He aquí la esclava del Señor, que se cumpla en mi tu palabra”. 

4.      Y en ese momento cambió para siempre y para bien la historia del mundo. A partir de ese momento María fue la cuna, la casa, la morada de Dios; su cuerpo fue el primer lugar habitado completamente por Dios.        

Y ¿qué pasó después? El evangelio dice “Y el ángel la dejó”. Se fue. Y María siguió en la pobreza de su casa, con su sencillez, guardando dentro de sí un gran secreto, increíble y que nadie podía creer.        

Y ¿qué hace entonces? Empieza un camino de caridad: se va a servir a su prima Isabel, que la necesita. Y al llegar a casa de Isabel, María, sintiéndose llena de Dios, eleva un hermoso canto, un hermoso canto, el más hermoso que jamás haya salido del corazón de una criatura: es el Magníficat, que cantaremos nosotros después.        

María, pues, recorre un camino de disponibilidad a Dios, de oración y de caridad. Este es el mensaje que quisiera dejaros en esta vigilia: que seáis jóvenes disponibles a Dios antes que a nadie, que seáis jóvenes que oren, que hablen con Dios, que seáis jóvenes que hagan de la caridad la principal, si no la única actividad.        

Después de María, Gandhi, escribirá: “No soy un letrado ni un científico. Busco solamente ser un hombre de oración. Sin la oración habría perdido el juicio y me habría vuelto loco. Si no he perdido la paz del alma, a pesar de todas las pruebas, es porque alcanzo la paz que me viene de la oración. Se puede vivir algunos días sin comer, pero no sin orar. La oración es la llave que nos abre la mañana y el pestillo que cierra la tarde. 

 
     

 

 

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