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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN JUAN DE RIBERA

14/1/2010
Capilla del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi

1.      En este Real Colegio el día 6 de enero de 1611 entregaba su alma a Dios Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia y Patriarca de Antioquia, que con anterioridad había desempeñado también las responsabilidades de Virrey y Capitán General. Los últimos 42 años los había pasado como Pastor de esta Iglesia Archidiocesana de Valencia. Había nacido en Sevilla, estudiado en Salamanca y joven atún fue nombrado obispo de Badajoz. De allí pasó a regir esta Iglesia y dejó una imborrable huella de santidad personal y una organización diocesana ejemplar, creando diversas instituciones, como la Provincia Capuchina de la Sangre de Cristo y este Real Colegio con su anexa capilla donde reposan sus restos. A la muerte del Santo, los niños exclamaban por las calles de la ciudad: “El señor Arzobispo está en la gloria obteniendo el premio de sus victorias". El Papa San Pío Quinto lo llamaba "La lumbrera de todos los obispos españoles". Hizo muchos milagros. Fue beatificado en 1796 y fue declarado Santo por el Papa Juan XXIII en 1960. Hoy, nosotros, acogiendo aquel canto infantil ratificado por la Iglesia al ser canonizado, celebramos su fiesta venerando su sepulcro en la tierra y su alma en el cielo. 

2.      No es menester aquí recordar su biografía. En cambio, quisiera reflexionar en esta ocasión sobre el mensaje que los santos, y para nosotros hoy concretamente San Juan de Ribera, dejan a la Iglesia y a la humanidad. Normalmente invocamos a los Santos como hombres y mujeres como nosotros, que han vivido en la tierra y aquí han cumplido a la perfección la voluntad de Dios, fuente de bien y de verdadera felicidad. Los santos nos indican un camino que vale la pena recorrer y nos ayudan con su intercesión.         

En tiempos pasados, los santos han sido los modelos en los cuales la gente se fijaba para aprender a vivir; en el bautismo, a los niños se les ponía el nombre de un santo; cada grupo de trabajadores tenía un santo patrono; cada pueblo tenía, además, un santo, que en tantas ocasiones, como ocurre en mi diócesis de Ibiza, da nombre al mismo pueblo. Hoy las cosas han cambiado. Quedan las fiestas patronales, los santos protectores de los gremios y oficios… pero los modelos en los que mucha gente se fija no son los santos sino los famosos que han conseguido éxitos humanos caducos. Y como son caducos y falaces, baja el nivel moral de la sociedad. Y esto es peligroso, porque si los modelos en los que nos fijamos son equivocados, generarán comportamientos equivocados y desviados.     

Es preciso volver a fijar la atención en los santos, en aquellos modelos ejemplares que elevan al hombre y le ayudan a descubrir lo mejor que hay en él. Si hay familias buenas, si hay pasión por la buena educación de los hijos, lo debemos en gran parte a los santos que han amado y defendido a la familia; si en el mundo queda amor por los niños y los ancianos, si hay respeto por la vida generada en el seno materno, si hay compasión por los más débiles, por los enfermos… lo debemos a los santos, que son los verdaderos buenos educadores de la humanidad, porque son las personas que se ha  dejado educar por el único educador del hombre que es Dios.        

Giorgio La Pira, que fue alcalde de Florencia (Italia), y cuyo proceso de canonización está muy avanzado –será hermoso ver que hay políticos santos y no sólo políticos incurridos en imputaciones judiciales- exclamó un día valientemente: “A menudo oigo decir que en el mundo falta esto, que hay ha hacer aquello… ¿Sabéis dónde está la solución para arreglar el mundo? Hacen falta más santos, sí, más santos, no tengo ninguna duda”. Los santos son los que arreglarán el mundo.  Es el mensaje que quisiera dejar en este día para que el recuerdo de San Juan de Ribera sea estímulo para la santidad y empuje para salir de la mediocridad, porque la santidad es como la sal,  que preserva el mundo de la corrupción. Y por ello debemos desear que Dios, con nuestro compromiso, haga encender en nosotros un gran deseo de santidad. 

4.      ¿Cómo nos puede ayudar San Juan de Ribera en nuestro camino de santidad? San Juan de Ribera fue un pastor, un obispo, pero antes que nada un cristiano. La vocación cristiana se vive de diversos modos, según la llamada divina, pero si no hay primero un cristiano, no puede haber después un pastor cristiano, un padre cristiano, un profesional cristiano. Yo soy consciente de que como Obispo, sucesor de los Apóstoles, estoy obligado a imitarle en su celo pastoral. Pero San Juan de Ribera tiene un mensaje singular que nos es de aplicación a todos. Podríamos resumirlo, aunque sea pobre y reductivo por mi parte, en tres puntos: su unión constante con Dios, a través del Sacramento de la Eucaristía; su acendrado amor a todos, con una clara opción preferencial y no exclusiva por los pobres, la fidelidad y audacia en la misión recibida, en su caso, la de pastor de una numerosa grey. 

5.      Su unión con Dios. Nuestro Dios es un Dios que ama a los hombres, que quiera relacionarse con nosotros. Hace unos días hemos celebrado la Navidad contemplando a Dios en Jesús como “Dios-con-nosotros”. Dios se goza de nuestro trato, de nuestra compañía. Y esto, Juan de Ribera, como tantos cristianos de todos los tiempos, lo entendió bien y lo practico. Cuentan sus biógrafos que celebraba la Santa Misa con tal devoción que al acólito le decía que después de la elevación podía retirarse, pues él duraba hasta dos horas en éxtasis allí ante Jesús Sacramentado, después de elevar la Santa Hostia. Largos ratos de adoración ante el Santísimo Sacramento le iban configurando a Cristo. Y en eso se ha convertido en  Maestro, y quienes nos hemos formado en esta Casa y a quienes la frecuentan hemos de sentirnos llamados a imitarle en este aspecto.

Adorar al Señor es reconocer que Él está ahí presente, de una manera fiel. No imitamos a nuestro Santo si, cuando hoy los progresos de la técnica nos ofrecen tantos medios (ordenadores, teléfonos, televisiones…), dedicamos más tiempo a esos medios que a estar ante el Sagrario o ante la Custodia que contiene el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mensaje que nos deja nuestro Santo es claro: si no hubiera habido esa cercanía, esa intimidad, esa frecuencia y duración San Juan de Ribera no sería Santo porque no se habría configurado con Cristo. El trato asiduo con el Señor presente en la Eucaristía nos moldea al estilo de Cristo, la falta de ese trato nos aleja de la santidad. Si queremos ser Santos, no lo seremos sin acercarnos a la Eucaristía. 

6.      El trato con el Señor, que es amor, suscita en nosotros la capacidad y el deseo de amar. Cuando se contempla el amor de Dios, como hacía San Juan de Ribera, se adquieren los sentimientos de Dios haciéndolos propios. Como nos enseña San Pablo “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo”. Aprender a tener los mismos sentimientos que tenía Jesús es conformar nuestra manera de pensar, de decidir, de actuar con los sentimientos de Jesús…, he ahí una hermosa tarea para el discípulo de Juan de Ribera.  Las largas horas de adoración hacían que el amor de Dios pasara a él y él después lo depositara en caridad y asistencia en los hermanos. Siendo obispo de Badajoz en dos ocasiones vendió el mobiliario de su casa y toda la loza de su comedor para comprar alimentos y repartirlos entre la gente más pobre, en años de gran carestía. El día en que partió de su diócesis en Badajoz para venir de Arzobispo a Valencia repartió entre los pobres todo el dinero que tenía y todos los regalos que le habían dado, y el mobiliario que su familia le había regalado. Aquí muchas veces en la vida le sucedió quedarse sin ningún dinero, por repartirlo todo entre los pobres. Por eso, dentro de poco cantaremos en los Gozos que compuso el Rector mártir Félix Senent: “pues nunca fue desairado pobre que a Vos acudiera” 

7.      Fidelidad y audacia en el ejercicio de la misión recibida. No fueron tiempos fáciles los que vivió nuestro Santo. En una ocasión se lamentaba al Papa que la gente era indiferente ante la religión. Pero frente a la tentación de abandonar, Juan de Ribera pone nuevas energías. En Badajoz se dedicó con toda su alma a librar a los católicos de las malas enseñanzas de la reforma y organizó grupos de jóvenes catequistas que iban de barrio en barrio enseñando las verdades de nuestra religión y previniendo a las gentes contra los errores que enseñan quienes se oponían  a la religión católica. Aquí en Valencia Visitó once veces las 290 parroquias rurales de su arzobispado. Hasta los sitios más alejados y de más peligrosos caminos, allá llegaba a evangelizar y a visitar sus fieles católicos y a administrar el Sacramento de la Confirmación. Después de emplear todo el día en predicar, en confirmar y en atender a la gente, los párrocos notaban que en cada parroquia se quedaba hasta altas horas de la noche estudiando libros religiosos.        

Un trato especial y exquisito tuvo con los sacerdotes, consciente de que son los primeros y principales colaboradores de los Obispos en su tarea eclesial. Trataba a todos y cada uno de los sacerdotes con la más exquisita cortesía y amabilidad. Cada uno de ellos podía exclamar: "Lo aprecio porque tuvo tiempo para mí".        

Querer ejercer nuestra misión hoy en día tampoco es fácil Pero a cada uno de nosotros, seamos sacerdotes, seamos profesionales, estemos donde estemos. Juan de Ribera con su vida y su actuación nos enseña que la meta de todo es Cristo, que hacía Él nos debemos dirigir y a él nos tenemos que presentar con una misión llevada a cabo con fidelidad a sus designios, con fortaleza y entusiasmo y, cuando es el caso, con el necesario sacrificio. 

8.      Que el Santo Juan de Ribera nos ayude a gozar de la compañía de Jesús Eucaristía aquí en la tierra, a trasfigurarnos para ser imagen suya, viviendo por y para los demás, a afrontar la particular misión que a cada uno Dios nos ha confiado con fuerza y seguridad. Que él nos ayude a ser testigos fieles del mensaje de amor y esperanza que es Jesucristo para los hombres, el mensaje que él sembró como Pastor de la Iglesia y que nosotros, discípulos y devotos hemos de vivir y llevar a todos.   

 
     

 

 

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