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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SANTA CLARA

11/8/2009
MONASTERIO DE CLARISAS CAPUCHINAS, VALENCIA

1.      El Año Sacerdotal, que por voluntad del Papa Benedicto XVI estamos celebrando trae a nuestra mente la figura del Santo Cura de Ars, cuya fiesta hemos celebrado el pasado día 4. Siendo un hombre sencillo, sin estudios especiales y sin dejarnos muchos escritos, hay recuerdos sobre él que nos ayudan en nuestro camino cristiano. El Santo Cura de Ars tiene una frase que siempre me ha hecho pensar mucho y me ayuda a celebrar con gozo las fiestas de los santos. Decía San Juan Maria Vianney que “Los santos pasan y Dios pasa con ellos”. Desde la sencillez que distingue a este hombre de Dios, él quería enseñar a sus parroquianos cómo los santos son personas libres, nobles, completas, que han puesto todas sus cualidades bajo el señorío de Dios, haciendo de su voluntad un reflejo de la voluntad de Dios; de sus acciones, un modo de expresarse la actuación divina; de su misericordia, una vehículo de expresión de la misericordia divina, de su oración, un reflejo de la oración de Jesús. Cada santo tiene sus peculiaridades, sus enseñanzas particulares, pero en cada santo Dios actúa y pasa por el mundo porque el hombre y la mujer que son santos se ponen totalmente a disposición de Dios. Y por ello, Dios, a través de ellos, Dios pasa y hace obras prodigiosas. 

2.      Hoy nos reunimos en esta iglesia, aneja al Monasterio de Santa Clara, fundada hace cuatrocientos años por San Juan de Ribera, el Arzobispo Patriarca, y en mi caso, por mi formación en otra de sus grandes fundaciones, mi señor, para celebrar la fiesta de Santa Clara, que aquí tiene su casa, aquí se vive su espíritu, aquí rige su regla. Me siento contento, pues, como hijo de San Juan de Ribera de estar hoy en una fundación hermana.        

La imagen de Santa Clara, con la Eucaristía en la mano, nos saluda al entrar aquí y, en cierto modo, nos invita a contemplarla y aprender de ella. Repasemos, pues, un poco los datos de su historia y su espiritualidad par acoger esa invitación que siempre, y hoy especialmente, nos hace. 

3.      Nació en Asís el 16 de julio de 1193 y falleció en la misma localidad el 11 de agosto de 1253. Era la hija mayor de Favarone Scifi, conde de Sasso-Rosso, representante acaudalado de una antigua familia romana, a quien pertenecía un gran palacio en Asís y un castillo en las faldas del monte Subasio. Su madre, Ortolana, pertenecía a la noble familia de los Fiumi y destacaba por su celo y piedad        

En 1212, San Francisco acudió a la iglesia de San Giorgio de Asís para predicar durante la cuaresma. Las palabras inspiradas del Poverello encendieron una llama en el corazón de Clara. Fue a buscarle en secreto y le suplicó que la ayudara a vivir también "según el modo del Santo Evangelio". San Francisco, que enseguida reconoció en Clara una de esas almas escogidas destinadas por Dios para grandes cosas, y que indudablemente previó también que otras muchas podrían seguir su ejemplo, prometió ayudarla. El Domingo de Ramos, 28 de marzo de ese año de 1212, Clara, engalanada, asistió a Misa Mayor en la catedral, pero cuando los demás se acercaron hacia el pretil del altar para recoger un ramo de palma, ella permaneció ensimismada en su sitio. Todos los ojos se posaron sobre la joven. Entonces, el obispo descendió del altar y le colocó la palma en su mano.

Aquella noche cuando todos estaban durmiendo ella se levantó para ejecutar su plan de escape. Siendo Clara, aún menor de edad, escapó de la casa de sus padres en Asís y se las ingenió para atravesar las puertas de la ciudad y acudir a la Porciúncula. Parece que había un plan perfectamente trazado por Francisco y Clara, con la aprobación del obispo Guido. Hacía meses que se entrevistaba secretamente con Francisco para decirle que ella necesitaba juntarse a su grupo de hermanos. Por lo que finalmente decidieron poner en marcha su plan. Esta fue la última vez que el mundo contempló a Clara. Clara se encontró con Francisco en la Porciúncula. La ceremonia fue breve y emotiva. Francisco le cortó sus largas trenzas y le vistió un hábito de penitencia. Luego Francisco la envió, acompañada de algunos hermanos, a un refugio seguro, al monasterio de benedictinas de san Pablo de las Abadesas en Bastia Umbra. Su familia quiso devolverla a casa, pero en aquel lugar estaba protegida por la excomunión papal contra cualquiera que se aventurara a entrar en las dependencias de las religiosas. Al cabo de un poco de tiempo Clara pasó a otro monasterio de benedictinas, en Sant'Angelo di Panzo, en las estribaciones del monte Subasio. Allí se le juntó su hermana Catalina. Su tío Monaldo acudió allí para llevarse por la fuerza a Catalina de regreso a casa, pero su plan no resultó. Clara y su hermana, que había cambiado su nombre por el de Inés, fueron enviadas por Francisco a San Damián. Se les unieron otras: Bienvenida de Perusa, Balbina, Cristina, Lucía, incluso con el tiempo su propia madre, Hortulana... Dios le daba hermanas, de la misma manera que a Francisco le había dado hermanos. Venían de todas las clases sociales. Para ser monja era condición indispensable ser noble; para ser hermana Menor, bastaba ser hija del Padre.            

Y comenzaron a vivir. No eran monjas, ni canonesas, ni beatas. En los primeros documentos se les dio el nombre de reclusas (encerradas o ermitañas). Era como si cada ermitaña se multiplicase formando una fraternidad. Una vida retirada, orientada plenamente hacia Dios, y al mismo tiempo cercana y sencilla, como todo lo franciscano.

En esta pequeña capilla y en el monasterio adyacente Clara y sus hermanas vivieron una vida enclaustrada, sin ninguna propiedad o posesión, dedicadas a la oración y caridad. Francisco nombró a Clara como superiora de la comunidad, y por cuarenta años será la priora del convento y las monjitas no aceptarán a ninguna otra en su reemplazo mientras ella viva.

En 1241 los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Cuando se acercaban a atacar el convento que está en la falda de la loma, en el exterior de las murallas de Asís, las monjas se fueron a rezar muy asustadas y Santa Clara que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes. Ellos experimentaron en ese momento tan terrible oleada de terror que huyeron despavoridos. En otra ocasión los enemigos atacaban a la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.

27 años estuvo enferma nuestra santa, lo soportaba con paciencia heroica. En su lecho bordaba y hacía costuras, y oraba sin cesar. El Sumo Pontífice la visitó dos veces y exclamó: "Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado, como la que tiene esta santa monjita”. Cardenales y obispos iban a visitarla y a pedirle sus consejos. San Francisco ya había muerto, y tres de los discípulos preferidos del santo, Fray Junípero, Fray Angel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La santa repetía: "Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan".

El 11 de agosto del año 1253 a los 60 años de edad y 41 años de ser religiosa, se fue al cielo a recibir su premio. 

4.      Destaca en nuestra Santa, pues, el deseo de la fidelidad al Evangelio y el amor a la Eucaristía. En la contemplación de Jesucristo, a ejemplo de María, Clara descubrió su razón de ser y la meta última de su andadura. Desde su invitación a considerar que el fundamento de todo está en Cristo, nos convida a centrar la vida toda en Él, no para buscar un refugio o para huir de las dificultades del mundo, sino para acoger, para participar más profundamente de la vida de los hombres, de sus más secretas y desconocidas aspiraciones, para comprometerse a construir la historia humana según el proyecto de Dios.            

El mensaje de Santa Clara para sus hijas, tan numerosas casi ocho siglos después de su muerte, les deja la intuición de que vivir según el Evangelio quiere decir vivir en obediencia, sin nada de propio y en castidad, Se trata de una forma equilibrada de relacionarse con todo lo demás, personas y cosas. Vivir en pobreza, es decir, sin nada propio, significa renunciar a pretender tener derechos sobre las personas, sobre los cargos que se confían, y hasta Dios mismo y su Palabra. Uno renuncia a todo, absolutamente a todo. Ello es posible si consideramos que todo lo hemos recibido de Dios y a Él se le devuelve todo.  
 

Vivir con esta actitud de renuncia total sólo es posible si diariamente se renueva en la contemplación y la meditación de todo lo sorprendente que Dios mismo ha hecho por cada una. Se trata de un camino que no es fácil, lleno de dificultades y peligros: su mayor enemigo es la tentación de la autosuficiencia, el convencerse de que ya está todo hecho, el miedo a confrontarse con los otros, la pereza en la búsqueda continua de Dios.     

La persona humana es depositaria en el propio corazón de un misterio que es más grande que ella misma, que le sobrepasa: la solución consiste en fijar la atención y dirigir la mirada, como hizo Santa Clara, sobre el don que nos hace Dios de que podamos encontrarlo, y a partir de ese encuentro es como podemos vivir en plenitud. Ese fijar la mirada en Jesús se transforma progresivamente en un deseo de Dios y en un compromiso total de hacer donación de uno mismo, dándole lugar en nuestra vida y quitando cualquier cosa que nos impida vivir cada día esa relación en profundidad.    

Según las enseñanzas de Francisco y Clara lo que debemos desear por encima de cualquier cosa es “tener el Espíritu del Señor y dejar que Él actúe en nosotros”. El Espíritu Santo nos enseña todo y nos hace penetrar en el verdadero sentido de las palabras de Jesús y conocer la paternidad universal de Dios, lo cual hace posible que podamos vivir como hermanos y hermanas. Así, viviendo en ese espíritu, cada acontecimiento de la vida se convierte en una oportunidad de ejercitar la obediencia, de discernimiento de la voluntad de Dios y de acogida de su designio de salvación sobre nosotros. Se trata de vivir en el tiempo de Dios, apreciando que Él actúa en cada pequeño acontecimiento, y así la vida toda ella es contemplación, un vivir en la libertad frente a un mundo víctima de una visión que empuja a una visión egocéntrica del tiempo que empuja al hombre a la angustia o a la huida  hacia el vacío.

La contemplación, más que un acto, es una manera de ponerse ante Dios, tanto en la oración como en la vida; es una actitud global que hace que se conceda la primacía de todo a Dios.

Santa Clara inició así una camino de belleza, un modo de vivir que nace del hecho de que se concibe la vida como una construcción armónica en la que nada sobra y en la que cada actitud tiene su propio sitio: tiempo, espacio, trabajo, reposo, silencio, palabras… La contemplación es precisamente la armonía que se construye cotidianamente en primer lugar dentro de uno mismo, allí donde Dios habita y nos espera.

 
     

 

 

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