1. Encontrándonos este año celebrando un “Año Sacerdotal” convocado por el Santo Padre en coincidencia con el 150º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, San Juan Maria Vianney, quisiera en esta meditación partir de un bello texto de este sacerdote modelo: “Después de la consagración, el buen Dios está allí como en el cielo. Si el hombre conociera la verdad de este misterio: ¡se moriría de gozo y de amor”. Con esta expresión el Santo Cura de Ars nos enseña que para él, y ojalá fuera así para todos nosotros, que la Eucaristía, celebrada, recibida o adorada, es un encuentro. Se trata de un encuentro con Aquel que viene a nuestro encuentro con su amor, un encuentro con Aquel que ha dado su vida por nosotros para que nosotros tengamos vida en abundancia (Cf. Jn 10,10). Es un encuentro con Dios vivo, fruto de una alianza que Dios quiere mantener con nosotros. La Eucaristía fue instituida por Jesús la tarde del primer Jueves Santo de la historia, mientras Jesús celebraba la Pascua con sus discípulos. Aquella cena que recordaba la liberación de la esclavitud de Egipto Jesús la transforma en un signo de una liberación más importante y definitiva: la liberación del pecado y de la muerte que Él nos trae. Por eso, Jesús “encierra” en el pan y el vino consagrados su vida y su existencia toda para hacerlo signo de su presencia, una presencia que sólo podrá ser superada por el encuentro total y definitivo con Él cuando venga a llevarnos definitivamente con Él. 2. La Iglesia siempre ha creído que en el pan y en el vino consagrados está realmente presente el Cristo vivo. San Juan María Vianney dice: “¡Cómo es dulce y consolador pensar en la presencia de Dios…Si tuviéramos fe verdadera, veríamos a Jesús presente en el Santísimo Sacramento”. Sí, es verdad, Jesús está ahí en el Sacramento esperándonos, Él que nos ama y que intercede continuamente ante el Padre por nosotros. Presente en la Eucaristía Jesucristo mantiene viva una alianza de Dios con nosotros, que no quiere dejarnos solos, aunque nosotros lo dejemos solo a él, que no quiere dejarnos solos para seguir derramando a manos llenas su amor sobre cada uno para mantener así su relación con nosotros, una relación que nada ni nadie podrá romper. 3. Cada vez que nos acercamos a la Eucaristía podemos gozar de la máxima comunión con Dios que podemos tener en la tierra. Y ello porque la Eucaristía no la hemos inventado nosotros para acercarnos a Dios, sino que la ha instituido Él mismo para estar cerca de nosotros. ¡Es Dios mismo quien nos busca en la Eucaristía! ¡Es Dios mismo que se da en la Eucaristía! ¡Es Dios mismo quien nos invita a acercarnos a ella, a alimentarnos de ella! Acercándonos a la Eucaristía, participando en la comunión, Dios le damos un hogar a Dios en nuestra persona. 4. ¡Él está ahí, está ahí! ¡Cuantas veces san Juan María Vianney pronunciaba estas palabras señalando con la mano el sagrario! Muchas veces, durante la catequesis, durante la predicación él hablaba de la Eucaristía: “¡Él está ahí, en el Sacramento de su Amor”. De la misma manera que nuestro cuerpo tiene necesidad de alimentos y de medicinas para vivir, también nuestra fe necesitan del pan consagrado como verdadero alimento de nuestra vida espiritual. Esta alimentación se inicia con la escucha de la Palabra de Dios, y bien entendida nos lleva a desear una alianza total con el Señor. No se trata de una fusión con Dios, sino de un encuentro de amor: un encuentro en el que Dios se da y nosotros nos ofrecemos a Él. Cuando más convencidos estemos de la presencia real de Dios en nuestras celebraciones, más fácil nos será dar a conocer a los demás la alegría que ese encuentro proporciona. 5. Estando tranquilos y silenciosos, preferiblemente durante largo rato, ante Jesús sacramentado, se perciben cuáles son sus deseos sobre cada uno de nosotros, se deponen los proyectos propios, para dejar lugar a los proyectos de Cristo; la luz de Dios penetra poco a poco en el corazón y lo sana. Sucede algo que nos recuerda alo que acontece con los árboles en primavera, esto es el proceso de fotosíntesis. De las ramas brotan las hojas verdes, éstas absorben de la atmósfera ciertos elementos que, bajo la acción de la luz solar, son «fijados» y transformados en alimento para la planta. Sin estas hojitas verdes, la planta no podría crecer ni dar fruto y no contribuiría a regenerar el oxígeno que nosotros mismos respiramos. ¡Debemos ser como esas hojas verdes! Éstas son un símbolo de las almas eucarísticas que, contemplando el «Sol de justicia» que es Cristo, «fijan» el alimento que es el Espíritu Santo, para beneficio de todo ese gran árbol que es la Iglesia. En otras palabras, es eso mismo que dice el apóstol Pablo cuando escribe: Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor. nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu (2 Co 3, 18). Pero ¿qué significa, concretamente, hacer contemplación eucarística? En sí misma, la contemplación eucarística no es otra cosa que la capacidad, o mejor aún, el don de saber establecer un contacto de corazón a corazón con Jesús presente realmente en la Hostia y, a través de él, elevarse hasta el Padre en el Espíritu Santo. Todo esto, en el mayor silencio posible, tanto exterior como interior. El silencio es el esposo predilecto de la contemplación que la custodia, como José custodiaba a María. Contemplar es establecer- se intuitivamente en la realidad divina (que puede ser Dios mismo, un atributo suyo o un misterio de la vida de Cristo) y gozar de su presencia. En la meditación prevalece la búsqueda de la verdad, en la contemplación, en cambio, el goce de la Verdad encontrada (aquí «Verdad» está escrito con letra mayúscula, porque la contemplación tiende siempre a la persona, al todo y no a las partes). Los grandes maestros de espíritu han definido la contemplación como «una mirada libre, penetrante e inmóvil» (Hugo de San Víctor), o bien como «una mirada afectiva sobre Dios» (san Buena- ventura). Por eso realizaba una óptima contemplación eucarística aquel campesino de la parroquia de Ars que pasaba horas y horas inmóvil, en la iglesia, con su mirada fija en el sagrario y cuando el santo cura le preguntó por qué estaba así todo el día, respondió: «Nada, yo lo miro a él y él me mira a mí». Esto nos dice que la contemplación cristiana nunca tiene un único sentido, ni tampoco está dirigida a la «Nada» (como sucede en ciertas religiones orientales, particularmente en el budismo). Son siempre dos miradas que se encuentran: nuestra mirada sobre Dios y la mirada de Dios sobre nosotros. Si a veces se baja nuestra mirada o desaparece, nunca ocurre lo mismo con la mirada de Dios. La contemplación eucarística es reducida, en alguna ocasión, a hacerle compañía a Jesús simplemente, a estar bajo su mirada, dándole la alegría de contemplamos a nosotros que, a pesar de ser criaturas insignificantes y pecadoras, somos sin embargo el fruto de su pasión, aquellos por los que dio su vida: « ¡Él me mira!» La contemplación eucarística no es, pues, impedida de por sí por la aridez que a veces se puede experimentar, ya sea debido a nuestra disipación o sea en cambio permitida por Dios para nuestra purificación. Basta darle a ésta un sentido, renunciando también a nuestra satisfacción derivante del fervor, para hacerle feliz a él y decir, con palabras de Charles de Foucauld: «Tu felicidad, Jesús, me basta»; es decir, me basta que tú seas feliz. Jesús tiene a disposición la eternidad para hacemos felices a nosotros; nosotros no tenemos más que este breve espacio de tiempo para hacerle feliz a él. ¿Cómo resignarse a perder esta oportunidad que ya nunca más volverá? A veces nuestra adoración eucarística puede parecer una pérdida de tiempo pura y simplemente, un mirar sin ver; pero, en cambio, ¡cuánto testimonio encierra! Jesús sabe que podríamos marchamos y hacer cientos de cosas mucho más gratificantes, mientras permanecemos allí quemando nuestro tiempo, perdiéndolo «miserablemente». Cuando no conseguimos orar con el alma, siempre podemos orar con nuestro cuerpo, yeso es orar con el cuerpo (aunque el alma no esté en absoluto ausente). Contemplando a Jesús en el sacramento del altar, realizamos la profecía pronunciada en el momento de la muerte de Jesús en la cruz: Mirarán al que traspasaron (Jn 19,37). Es más, dicha contemplación es ella misma una profecía, porque anticipa lo que ha- remos por siempre en la Jerusalén celeste. Es la actividad más escatológica y profética que se pueda realizar en la Iglesia. Al final ya no se inmolará el Cordero, ni se comerá su carne. Esto es, cesará la consagración y la comunión; pero nunca se acabará la contemplación del Cordero inmolado por nosotros. Esto, en efecto, es lo que hacen los santos en el cielo (cfr. Ap 5, 1ss.). Cuando estamos ante el sagrario, formamos ya un único coro con la iglesia de lo alto: ellos delante y nosotros, por decirlo así, detrás del altar; ellos en la visión, nosotros en la fe. En el libro del Éxodo leemos que cuando Moisés bajó del Monte Sinaí... no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radian- te, por haber hablado con él (Ex 34, 29). Moisés no sabía ni tampoco nosotros lo sabremos (porque es bueno que sea así); pero quizá nos suceda también a nosotros que, volviendo entre los hermanos después de esos momentos, alguien vea que nuestro rostro se ha hecho radiante, porque hemos contemplado al Señor. Y éste será el más hermoso don que nosotros podremos ofrecerles. 6. Amar y ser amados: ese es el deseo más profundo que hay inscrito en el interior de cada persona. La búsqueda del amor alcanza su plenitud en la unión con Dios, fuente de todo amor. Dios es amor y no se conoce en verdad lo que es el amor hasta que no se haya conocido a Dios y cómo ama Él. Si he dicho antes que la comunión es un estímulo que da vitalidad a nuestra fe, la adoración es una preparación para el encuentro eucarístico y una prolongación del mismo. Adorar al Señor presente en el Sacramento de la Eucaristía es reconocer no sólo cuando participamos en una celebración, sino siempre, independientemente de nuestro deseo: Él está presente en la Hostia consagrada independientemente de nuestra voluntad. Adorar al Señor en la Eucaristía es reconocer que, aunque Él es infinitamente grande, aunque haya una distancia inmensa entre Él y nosotros, el rompe esa distancia y se hace cercano, de modo que es posible la comunicación. La adoración eucarística es fijar nuestra atención en Jesucristo, no considerarnos cada uno el centro y lo más importante de todo, sino contemplar a Aquel que es la resurrección y la vida. Yendo a su encuentro en la adoración eucarística le permitimos que nos lance sus rayos de luz, lo cual nos prepara a recibir también el perdón. En la Eucaristía Él nos recuerda que es como el centinela que llega y llama a la puerta de nuestra vida y espera que le abramos. De ese abrir la puerta, hecho con libertad y confianza, depende la estabilidad y el futuro de la Alianza que Dios quiere establecer con nosotros. |