1. La celebración de la fiesta del Patriarca San José llena de alegría a esta población que lo tiene por patrono y protector. Se trata de un Santo que da nombre a la iglesia y al pueblo, ejerciendo sobre ambos su intercesión ofreciendo el mensaje de su existencia para ser inspirador de la vida de cada uno. Cuando la Iglesia nos propone en las fiestas las figuras de los santos, no lo hace en beneficio de ellos, a los que de nada les sirve la celebración ni el elogio, sino en beneficio nuestro, poniéndonos delante esas figuras admirables que encarnaron en su vida los valores evangélicos desde sus circunstancias concretas y particulares. Las bases bíblicas de la devoción a San José –la devoción es el primer paso para que él sea intercesor y modelo- las resume muy bien la frase con la cual se abre el fragmento del Evangelio de San Mateo que acabamos de escuchar: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo”. Siendo descendiente de David, hace que Jesús pertenezca a esa misma estirpe; como verdadero esposo de María, se convierte en “padre” de Jesús, custodio y cabeza de la Sagrada Familia. En el prefacio de la Misa de los Santos decimos: “tú nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, para que animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera para alcanzar la corona de gloria que no se marchita”. Esto se realiza de un modo singular en la figura de San José. 2. San José es, antes que nada, un maravilloso ejemplo de fe. Su fe es aquella fe simple y absoluta al mismo tiempo, como en los grandes patriarcas del Antiguo Testamento, compartiendo con ellos la experiencia de recibir revelaciones de Dios durante el sueño. Es esa fe-obediencia que no consiste tanto en creer algunas verdades sino en el fiarse totalmente de Dios y de sus proyectos, lo cual lleva a cumplir fielmente sus mandamientos. Y esta fe no es en San José una actitud meramente intelectual o sentimental, sino que se expresa en un humilde y activo servicio. San José es el ejemplo más maravilloso que se olvida de sí mismo para estar siempre dispuesto a actuar a favor y beneficio de los demás. Con esa disposición, recibe a María en su casa, su esposa, que espera al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo; con esa fe, la acompaña en su penosa peregrinación a Belén; protege al recién nacido de la persecución de Herodes y por eso va hasta Egipto; después vuelve a Galilea y se establece en Nazaret, donde vivió el resto de su vida (no sabemos cuantos años) ejerciendo su profesión, lo cual hizo que Jesús fuera conocido como “el hijo del carpintero”. 3. La fiesta de hoy es también un homenaje a los padres, una figura de la que se habla poco, y que sin embargo es tan importante. A veces los padres son olvidados y no tenidos en su debida cuenta. Valga como ejemplo la recientemente aprobada ley del aborto, que se llama Ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo, donde el padre ni existe ni se le tiene en cuenta para ninguna decisión. Y eso que sin padre no hay embarazo. La tradición y los teólogos han llamado a San José con una expresión llamativa: “padre putativo de Jesús”. Con ello, lo que se afirma es que Jesús nació “por obra del Espíritu Santo”. Pero tal vez esa palabra sea reductiva y dice poco. En realidad, el Evangelio, dejando bien claro antes que nada que Jesús nació por obra del Espíritu Santo, no duda en llamar a San José “padre de Jesús” y a Jesús “el hijo de José” (Cf. Lc 4,22). Hablando a Jesús niño, en el templo de Jerusalén cuando el niño se perdió y fue encontrado entre los doctores, María le dice “tu padre” (Cf. Lc 2,48), no “tu padre putativo”. Padre no es sólo en el engendra al hijo, sino también el que lo acoge como hijo, que lo educa con el sudor de su frente, que asume la responsabilidad sobre él. Y San José hizo ejemplarmente esto con Jesús. La formación bíblica, religiosa y espiritual del Jesús hombre, como por otro lado entra tradición en las familias hebreas, a través de su padre. Fue San José, junto con María, quien lo inició en el conocimiento de la Biblia; fue con San José con quien Jesús aprendió la palabra “Abba”, padre, a él se la dijo Jesús antes de usarla para dirigirse al Padre celeste. San José, pues, santificó su vida con el ejercicio de la paternidad, y las primeras páginas del Evangelio están llenas del ejercicio de su solicitud por su esposa y por su hijo. Por eso, San José puede decir tantas cosas a un padre cristiano: lo que significa ser trabajador, prudente, no despilfarrar, tener cuidado de todos, mirar a lo que es útil a la familia y no a los propios gustos. 4. En una cultura como la nuestra que presenta a veces una visión parcial y reductiva del matrimonio, la figura de San José ayuda a recuperar la verdadera imagen del padre y del marido. ¡Se puede haber “engendrado” según la carne a muchos hijos y no ser “padre” de ninguno! Es así si una vez generados se les descuida o no se preocupa uno de ellos, haciendo mutis por el foro, dejando que sea sólo la mujer quien tiene que asumir sola el peso de la educación de los hijos. Una característica de San José merece la pena ser también recordada a todos, pero especialmente a los padres y a las madres: su inalterable calma. Nunca se conoció en él una palabra de cansancio o de impaciencia, incluso en los momentos más difíciles de la vida de la Sagrada Familia. Es éste un aspecto que en nuestros días vale la pena destacar y recordar. La calma en los maridos respecto a sus esposas, y la del padre con relación a los hijos es un bálsamo suave para la vida familiar. Otro aspecto de la paternidad es que, en relación con los hijos, se debe de potenciar el aspecto de la amistad. Ello supone que se dedique tiempo a hablar con ellos, que no se les siga tratando como niños, como sucede tantas veces cuando ya son grandes, maduros y responsables; que no se recurra excesivamente a la autoridad y tampoco al paternalismo, que se tenga la paciencia necesaria para esperar que maduren y asuman responsablemente ciertas decisiones, dotándoles para ello de los recursos necesarios. No es fácil ser padre. Pero hoy vamos a pedir a Dios que conceda a los padres cristianos la fuerza de ser como San José, atentos, buenos, y que experimenten así la alegría profunda y serena de la paternidad. 5. En el Antiguo Testamento se nos cuenta como cuando los israelitas sintieron que les empezaba a faltar el trigo, el faraón dijo a sus súbditos: “¡Id a José!” (Cf. Gen 41,55). La tradición cristiana ha aplicado también a San José esta frase y nosotros, hoy, día de su fiesta la escuchamos dirigida por la Iglesia todos nosotros” ¡Id a San José!”. |