1. Bienvenidos seáis todos, hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas y fieles que en la mañana de este notable día del Jueves Santo habéis venido hasta nuestra Santa Iglesia Catedral para esta solemne celebración en la que conmemoramos la institución del sacerdocio, y bendecimos los óleos con los que se administrarán los sacramentos. Antecede a la celebración de esta tarde en la que cada comunidad de esta iglesia particular de Ibiza conmemorará la institución de la Eucaristía y el día del amor fraterno. Se trata, pues, de una celebración que atañe a toda la comunidad diocesana y en la que todos nos hemos de sentir implicados. En el evangelio hemos escuchado como Jesús se aplica a sí mismo las palabras del profeta Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido; me ha enviado para anunciar el Evangelio, la libertad, la vista,…” (Cf. Lc 4, 16-21). Y esa obra que Jesús llevó a cabo en los días de su vida terrena, la continua hoy especialmente a través de los Sacramentos y del ministerio de los sacerdotes. A ello dedicaremos esta reflexión y en esta celebración pediremos para que sepamos aprovechar la gracia que Dios nos da en los sacramentos y por la santificación de los sacerdotes. 2. Hoy se bendice el óleo de los catecúmenos que se utiliza en la administración del bautismo. Por el bautismo hemos pasado a una vida nueva, que se debe manifestar en nuestra actuación en los días de nuestra existencia terrena. En el año pasado 644 adultos y niños han recibido el bautismo entre nosotros; nuestra iglesia diocesana ha crecido así en número. El óleo de catecúmenos que bendeciremos servirá para las celebraciones en las que nacerán nuevos hijos de la Iglesia. Nuestra presencia hoy aquí hemos de entenderla también como expresión del compromiso de prepararles una casa y una familia, donde puedan sentirse acogidos y llevar a cabo el plan que Dios tiene sobre ellos. El Santo Crisma consagra personas y dedica los objetos al culto divino. Con el crisma son confirmados los ya bautizados, haciendo que nuestra Iglesia crezca no en número, sino en calidad. El año pasado 306 fueron confirmados. Es responsabilidad que estos hijos de Dios que renovaron las promesas del bautismo las puedan cumplir y, con la ayuda de la gracia sacramental tengan la valentía de afrontar la misión de ser, siempre y en todas partes, testigos de Jesucristo. El crisma, lo sabéis bien, se utiliza también para conferir el sacramento del Orden sacerdotal. La escasez de respuestas a la llamada del Señor a seguirle en el sacerdocio hace que desde hace años no tengamos entre nosotros nuevos sacerdotes. Agradezco de corazón a los que desde Medellín o Filipinas habéis venido y os habéis integrado tan bien en esta Iglesia particular, pero ante el Santo Crisma hemos de reafirmar todos –obispo, sacerdotes y fieles- el compromiso de trabajar en el campo vocacional, pidiendo al dueño de la mies que nos mande operarios y favoreciendo las condiciones para que los jóvenes o los menos jóvenes puedan escuchar la voz del Señor y se manifiesten dispuestos a seguirle. Con el óleo de los enfermos son ayudados en el trance de la enfermedad los cristianos, participando de los sufrimientos de Cristo y recibiendo la gracia necesaria para afrontar esas etapas de la vida. El año pasado tuvimos 524 funerales en nuestras iglesias; pero no todos fueron ayudados con el sacramento de la Unión. Al bendecir el óleo de los enfermos tendremos presentes a quienes los recibirán, comprometiéndonos todos a que nuestra vida pastoral contemple también esta ayuda a los hermanos que sufren. 3. Juntamente con la bendición de los óleos, en esta celebración recordamos la institución del Sacramento del Orden, con el que Jesús elige a hombres de este mundo para que participen de su sagrada misión. Este año, Año Sacerdotal por voluntad del Papa, esta celebración reviste un carácter especial. Objetivo del Año Sacerdotal es, en palabras de Benedicto XVI “contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. Los sacerdotes son necesarios para la Iglesia y para el mundo. No por conveniencias organizativas, sino por voluntad del mismo Dios. Siendo el 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars el motivo que ha llevado al Sumo Pontífice a convocar este Año Sacerdotal, me referiré a algunas enseñanzas de San Juan María Vianney en esta homilía. Dice así el Santo Cura de Ars: “Es el sacerdote que continúa la obra de Redención sobre la tierra. Cuando veis al sacerdote, pensáis en Nuestro Señor Jesucristo. El sacerdote no es sacerdote para él mismo, lo es para vosotros. Vais a confesaros con la Santa Virgen o con un ángel. ¿Os absolverán? ¿Os darán el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor? No, la Santa Virgen no puede hacer descender su Hijo divino en la hostia. Aunque tuvierais doscientos ángeles para vosotros allá, no os podrían absolver. Un sacerdote, por cuanto simple sea, puede hacerlo. Os puede decir: andáis en paz, os perdono. ¡Oh! ¡el sacerdote es de veras algo grande! Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el más grande tesoro que el buen Dios pueda conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina. Dejáis una parroquia por veinte años sin sacerdote: se adorarán las bestias. El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús.” Son palabras sencillas, pero claras y profundas a la vez. Que nos reflejan cómo el ministerio sacerdotal es algo grande en la mente y en la vida de San Juan María Vianney. La grandeza del sacerdocio no está en la persona, sino en la misión que se le confía: la misión de anunciar a Dios, de dar a los hombres a Dios, de conducir a Dios, de hacer nacer a la humanidad a una vida nueva para que tengan verdadera vida y la tengan en abundancia. Esa altísima misión exige en el sacerdote una continua disponibilidad y una auténtica vida interior, y en el pueblo fiel, un aprecio grande. 4. La misión del sacerdote. “El sacerdote no es para sí mismo”, enseña el Cura de Ars, lo que en otras palabras quiere decir que no somos sacerdotes para estar más cerca de Dios con vistas a nuestra salvación personal, sino que somos para el servicio de todos los bautizados y también, de los no bautizados. La historia sacerdotal de cada uno de nosotros comenzó cuando un día nos despertamos a la posibilidad de ser sacerdotes, bien porque alguien nos habló de ello, o la lectura meditada del Evangelio, o algo en la vida nos ha marcado. La Iglesia después se encargó de discernir la autenticidad de esa vocación y nos preparó para la respuesta que la vemos como una respuesta al amor que nos ha amado primero. El llamado no puede responder si no es desde el amor. Ese amor es el que nos condujo a una proximidad con el Señor, en el cual se encuentra la fuerza para vivir el ministerio. De ese modo, Dios pasa a ser el fundamento de nuestra vida, nuestra fuerza y nuestro apoyo. Pero para dejar que Dios sea todo eso, es preciso alimentarnos de Él. Del mismo modo que la visión de un plato excelente en una cocina no nos alimenta, el mero conocimiento de Dios no es suficiente; por eso, es de vital importancia alimentarse de Dios, particularmente en el encuentro personal que es la oración y la Eucaristía. Cuanto más orientados estemos hacia Dios, como la antena hacia una emisora, mejor podremos transmitir a los hermanos la vida y el mensaje que Dios quiere transmitirles: su Palabra, su Eucaristía, su Perdón, su Paz. Para entregarlos a los hombres no tenemos que estropearlo ni mezclarlo con otros ingredientes, es decir, corregirlo o modificarlo de acuerdo con gustos personales o ideas propias. Para transmitirlo bien sólo hay un camino, la unión total con Dios, es decir, la santidad. 5. Forma parte de nuestra misión “congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). Cada individuo es único y no puede expresar por sí solo la plenitud de la vida de Dios y de la Iglesia. Lo mismo vale para un grupo que no expresa sino un aspecto de la vida evangélica. El signo de la presencia de Cristo en medio de su pueblo, es el Obispo y, en unión con él los sacerdotes, quienes con su vinculo a todas las personas y grupos expresan que todos son miembros de un mismo Cuerpo superior, que es la Iglesia. Con su vida apostólica, san Juan María Vianney nos muestra como se construye ese ministerio de la unidad, que se vive día a día en el encuentro recíproco con unos y con otros, dedicando atención a las necesidades de cada uno. Por ello, aunque las circunstancias sean diferentes, queda claro que también hoy en día es necesario ese encuentro con todos y prestar atención a sus necesidades. No podemos reducir nuestra misión a la de meros gestores de instituciones. Hoy en día son muchos los que no conocen a Cristo o lo conocen de un modo imperfecto. A ellos, junto a los que viven su fe coherentemente día a día hay que anunciar la Buena Noticia del amor que Dios nos ofrece. 6. Juntamente con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra de Dios, forma parte de nuestra misión ser impulsores de la caridad. Dios es amor, es caridad (1Jn 4,8). Por eso, el día del Sacerdocio es también una Jornada que se divulga como Día del amor fraterno. Es lo que hizo Jesús en la Última Cena y es el encargo que quiero renovar hoy, siguiendo el ejemplo del Maestro. También San Juan María Vianney nos ilumina en este aspecto: toda su vida, desde su nacimiento hasta su muerte, los pobres tuvieron un lugar privilegiado en su vida y en su predicación. En él, el amor a Dios se traduce en el amor al prójimo, particularmente el más necesitado; por eso, puede decir: “a veces creemos que ayudamos a un pobre y en realidad estamos ayudando a Dios” o también “No hay que despreciar nunca a un pobre porque el desprecio va dirigido al mismo Dios”. Hay una estrecha unión entre Dios y los pobres, pues Dios está presente en cada persona humana y marginar a alguien es como marginar a Dios. Encaminar a nuestras comunidades por los caminos del amor y de la caridad ha de ser una de nuestras metas más claras. 7. Vamos a proseguir con nuestra celebración, invitándoos, como prescribe el Ceremonial de los Obispos, queridos hermanos sacerdotes, a renovar las promesas sacerdotales, aquellas mismas que hicisteis el día de vuestra ordenación. Se trata de una renovación hecha en presencia del Obispo, que sabe así que puede contar con vosotros, y también ante los fieles que os acompañan, ante los cuales renováis la seguridad de que encontraran en vosotros maestros, liturgos y pastores, sin dejar por ello de ser, a la vez hermanos y amigos. Con esta renovación reavivad los sentimientos que inspiraron vuestra entrega indeleble al Señor y a su Iglesia, profundizando y gustando sin cesar la belleza del “sÍ” que disteis como respuesta a la llamada a seguir a Cristo de una forma concreta, el ministerio sacerdotal. Con vuestra fidelidad ofrecéis un servicio en favor de los demás hombres y mujeres, en nombre de Dio. Seamos todos conscientes de que el bien espiritual de numerosas personas, como tal vez también la salvación de muchos, depende de cómo cumpláis esas promesas. Que nos ayuden en ello la intercesión de nuestros Patronos, la Virgen de las Nieves y San Ciriaco mártir, ante cuyas veneradas imágenes celebramos esta Misa, renovamos las promesas y los ponemos como testigos del compromiso. Amen.
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