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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN CIRIACO EN LA S.I. CATEDRAL

8/8/2005
SANTA IGLESIA CATEDRAL DE IBIZA

1.       El día 8 de agosto del año 1235 las tropas cristianas entraban en esta ciudad y, con su presencia, empezaba a forjarse una identidad cristiana de estas Islas Pitiusas . Empezaban así más de siete siglos de vida cristiana en los pueblos y en los campos, en las familias y en otros grupos sociales. La fe cristiana animó la vida de los pobladores de estas Islas y así hasta nuestros días.

Animados por la fe cristiana, los que llegaron a este lugar aquel inolvidable 8 de agosto de 1235 vieron en este día un designio admirable de Dios y, de ese modo, vieron como protector de estas tierras al mártir San Ciriaco, cuya fiesta se celebra hoy. En continuidad con esa tradición, hoy nos reunimos en esta Santa Iglesia Catedral para hacer la memoria de este mártir y también para dar gracias a Dios por la presencia cristiana, forjadora de la identidad insular, en estas tierras benditas.

Considerando la figura del mártir San Ciriaco, diácono de la Iglesia de Roma, me viene a la memoria un recuerdo personal. Muchas veces en Roma me he detenido en una iglesia hermosísima, situada al lado de la actual vía del Corso dedicada a la Virgen bajo el título de Santa María in via Lata. En esa hermosa iglesia, mandada edificar por la familia Doria Pamphilj, debajo del altar están las reliquias de algunos de los mártires de la persecución de Diocleciano. He estado allí en oración muchos domingos por la tarde, participando en el rezo de las Vísperas con la comunidad religiosa que hoy atiende la iglesia. ¡Cuantas veces he rezado allí a san Ciriaco y compañeros mártires que allí reposan! No podía yo imaginar en aquellos momentos que Dios me iba preparando para ser Obispo precisamente en una diócesis que tienen en sus orígenes la figura de este santo mártir. En cierto modo, se podría decir que en aquel tiempo Dios me iba modelando, ante las reliquias de san Ciriaco para venir aquí a ser Maestro, Sacerdote y Pastor, sin dejar por ello de ser hermano y amigo de todos los ibicencos y formenterenses. Cuando me enteré que en Eivissa se tenía como protector a este Santo mártir, ciertamente experimenté una gran alegría, pues venía a este lugar como acompañado por san Ciriaco que, en cierto modo era ya un santo amigo. Celebro, pues, esta fiesta con un profundo sentimiento de alegría personal.

2.     Pocos son los Datos que poseemos sobre la figura de san Ciriaco. Fue uno de los mártires de la persecución de Diocleciano, después de haber ejercido su servicio como diácono y haber proveído a la construcción de una iglesia, donde oficiaba, en las cercanías de las Termas. Cuenta la leyenda que era muy poderoso en la lucha contra el Demonio, y de ese modo, había librado de la influencia satánica a la misma hija del Emperador, así como a la hija del Rey de Persia.

En San Ciriaco quisiera considerar, en esta ocasión, su condición de mártir, es decir, de testigo de Jesucristo hasta el derramamiento de la propia sangre y de la ofrenda de la vida. La historia de la Iglesia está llena del hermoso testimonio de los mártires. Con ocasión del Gran Jubileo del Año 2000, el Siervo de Dios Juan Pablo II encargó a una comisión que preparase un catálogo sobre los mártires a lo largo de la historia. Esta Comisión, después de un atento examen, llegó a la conclusión documentada de que desde el inicio del Cristianismo hasta el año 2000 había habido en la Iglesia ¡cuarenta millones de mártires!. Sí, fijémonos bien, ¡cuarenta millones de mártires. De esos cuarenta, trece corresponden a los primeros diecinueve siglos y el resto es decir, veintisiete millones a lo largo del siglo XX. Eso quiere decir, si sacamos una media estadística que cada año del siglo pasado ha habido 270.000 mártires. Eso en el siglo del progreso, de la llegada del hombre a la luna, de los grandes avances científicos, de los derechos humanos y del afianzarse la libertad: 270.000 millones de mártires cada año, *** cada día, *** cada minuto. Es un milagro que la Iglesia siga existiendo aún, es la prueba de que es Dios quien la conduce, que las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella, que el poder del infierno no la derrotará.

Ya al principio del cristianismo, los primeros cristianos podían sentirse preocupados por la persecución feroz de los emperadores romanos. Pero la experiencia enseña: la muerte de Jesucristo fue el inicio de la Iglesia, pues de su costado abierto salieron sangre y agua, los sacramentos que dan vida y hacen crecer a la Iglesia. Como enseñaba Tertuliano, la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Es de esperar, que el martirio de tantos cristianos en el siglo XX sea el momento de un florecimiento de vida cristiana. Ello nos lleva, pues, a ver con mucha esperanza el futuro de la Iglesia, y, consecuentemente el de la humanidad.

3.       El mártir antepone a todo su fidelidad a la persona y al mensaje de Jesucristo. El primero y, después, todo lo demás.  Los mártires y su recuerdo son un poderoso movimiento capaz de provocar entusiasmo en toda la Iglesia, en todos los cristianos. El poeta chino Ai Quina, mientras leía el Evangelio entre barrotes en las cárceles chinas, escribía sus poesías en miseras hojas de papel. Y decía en una de ellas:

¿Quién podrá en las capas terrestres encontrar

las lágrimas de los sacrificados

que han sufrido todas las penas?

Aquellas lágrimas están encerradas entre miles de barrotes de hierro

Pero hay una única llave que puede abrir estas rejas

Y los innumerables valientes que han deseado apropiarse

De la llave

Están todos muertos

Bajo las armas de los guardianes.

Si se pudiera recoger un poco de estas lagrimas…

La Iglesia recoge las lágrimas de sus mártires. Las custodia con veneración, las expone a sus fieles sin ningún rubor, porque son la historia del triunfo de Cristo sobre todas las cosas, mientras que en nuestros días donde tanto se habla de derechos humanos y de libertad, parece que el martirio y la persecución deban ocultarse, aunque así se oculten también la grandeza del dolor y la valiente actitud de los perseguidos por causa de la justicia, de la verdadera justicia.

El martirio de los hijos de la Iglesia no es recordado para justificar un espíritu de reivindicación con respecto a los crueles culpables, ni para fomentar un sentimiento de victimismo, ni para justificar ciertos derechos. La Iglesia levanta la voz del recuerdo de sus mártires porque forma parte de su historia, porque es el cumplimiento de la promesa del Señor, porque es una página gloriosa que nos ha de mover a no anteponer nada al amor y a la fidelidad a Jesús y a la integridad de su mensaje de salvación y liberación, porque nos animan a trabajar por la libertad, también en el ámbito religioso, tal como ha demostrado claramente el Concilio Vaticano II y el Magisterio de la Iglesia.

Kart Rahner, famoso teólogo alemán del pasado siglo, escribió: “La muerte del mártir es la muerte del cristiano por excelencia. Esta muerte es aquella que, en el fondo, la muerte cristiana debe ser”. En efecto, la muerte de los mártires no es en la mayor parte de los casos la historia de los héroes, sino sencillamente la de muchas vidas cristianas sesgadas por la violencia. Estos cristianos son las personas que valen la pena. Como escribía uno de los mártires del siglo XX, el sacerdote francés André Jarlán, asesinado en Chile en 1984 en un barrio popular de Santiago de Chile: “Los que nos dan razones para vivir y luchar son los que ofrecen su vida, no los que la quitan a los demás. Para nosotros, la Resurrección de Jesús no es un mito, sino una realidad; este acontecimiento que celebramos cada día en la Eucaristía, nos confirma que vale la pena dar la vida por los demás y que a nosotros, a los cristianos, nos corresponde hacerlo”.

4. San Ciriaco ha marcado el inicio de la vida cristiana en las Pitiusses. Esa vida cristiana ha forjado la idiosincrasia de nuestros pueblos. La fe católica ha iluminado y guiado la vida de los ibicencos desde hace más de siete siglos. La cultura ibicenca, sus costumbres, su arquitectura esta fuertemente impregnada de la fe cristiana. Hemos de seguir trabajando para que Este pueblo ni reniegue ni olvide esas gloriosas tradiciones. En virtud de su historia y de su cultura, Ibiza y Formentera, pueden dar una valiosísima colaboración a las gentes que de toda Europa y de otras partes del mundo nos visitan. Para los creyentes en Jesús, el reto es fabuloso, pues ¿no podríamos hacer que Ibiza y Formentera, sus ricos parajes, los dones recibidos del Creador, la amabilidad de sus gentes y la variedad de sus tradiciones fueran los medios por los que tantos pudieran escuchar la voz amiga de Cristo? No podemos consentir de ningún modo que la imagen noble de Ibiza se vea empañada por presentaciones de nuestra realidad que no tienen en cuenta nuestros auténticos valores. Confío en que las autoridades cumplan siempre con su misión y velen por el genuino bien del pueblo ibicenco, promoviendo cuando sea el caso, el derecho a una buena fama, así como un desarrollo sostenible al alcance de todos que tenga en cuenta los elevados principios éticos y morales

En esta ocasión, cuando han pasado ya casi tres meses de mi legada a Ibiza como pastor de esta Iglesia local, deseo manifestar mi agradecimiento a todos por la cordial acogida que se me ha prestado desde el primer momento, renovando y asegurando mi compromiso de trabajar con todas mis fuerzas por el bien religioso y civil de esta porción del Pueblo de Dios que el Señor ha encomendado a mi solicitud pastoral con la colaboración, eficaz y leal, de los sacerdotes, religiosos y religiosas y fieles todos.

Esta Iglesia local, con no pocos sacrificios, mantiene obras de caridad para aliviar todo tipo de sufrimientos; ofrece a la sociedad ibicenca obras educativas, de formación de la niñez y de la juventud; atiende espiritualmente a los enfermos; se preocupa de los marginados; a todos quiere repartir el consuelo que viene de la fe y a todos lanza una mano amiga para hacer más llevadero el camino de la vida. Por esa senda vamos a seguir, sin buscar privilegios ni ventajas, sino ocupando aquel espacio social que le es necesario para, como Jesucristo, pasar haciendo el bien” (Hch. 10, 38). En esta tarea nos ayude nuestro santo Patrón, San Ciriaco y la sostenga con su materna intercesión Santa Maria de Ibiza, la Virgen de las Nieves, Madre de todos los ibicencos.

 
     

 

 

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