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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA DEDICACIÓN DE LA SANTA IGLESIA CATEDRAL

29/1/2012

1.      La memoria revive y hace presente los hechos pasados. En este sentido recordamos hoy de una manera especial el 195º aniversario de la dedicación de esta Santa Iglesia Catedral por el entonces Obispo de Ibiza Mons. Felipe González Abarca. Se trata de una celebración significativa para toda la Iglesia diocesana que tiene a la Catedral como la iglesia madre y principal de toda la Diócesis. También para la ciudad donde se asienta este templo en el que tiene su sede el obispo, el lugar desde donde preside y guía la porción del pueblo de Dios a él encomendada, enseñando, desde el servicio a la comunidad, la vida de fe y la doctrina de la Iglesia.

Con nuestra presencia aquí hoy homenajeamos esta Catedral, casa del pueblo de Dios que somos nosotros en camino hacia la ciudad celestial y símbolo del templo espiritual que somos los cristianos, un templo que San Agustín definía así: “Mediante la fe los hombres llegamos a ser material disponible para la construcción; mediante el bautismo y la escucha de la predicación somos purificados y pulidos; cuando estamos unidos por la caridad llegamos a ser verdadera casa de Dios” (Sermo 336). 

2.      Las iglesias de los primeros tiempos cristianos fueron destruidas en su mayor parte durante las persecuciones. Después de la entrada en vigor del Edicto de Milán en el año 313, se inicio un periodo de reconstrucción y edificación de nuevos templos para el culto, consagrados para la celebración con el rito solemne de la Dedicación. Ya en una etapa posterior se construyeron las grandes basílicas e iglesias monacales que darían paso a las catedrales, una de las creaciones artísticas más elevadas de la civilización universal, verdadera gloria de la humanidad e inspiración de la fe cristiana, profundamente arraigada en los hombres y mujeres de aquellas épocas. Ahí se inserta nuestra Catedral, iglesia madre de las iglesias de Ibiza y Formentera 

3.      Cuidar su estructura arquitectónica y su conjunto artístico para transmitirla en las mejores condiciones posibles a las generaciones que vengan detrás de nosotros ha sido uno de mis objetivos permanentes. En estos años se ha pintado dos veces, se han restaurado varios retablos –el Corazón de Jesús, la Inmaculada, San Ciriaco-; se han cambiado los bancos, con la colaboración de todas las parroquias y comunidades religiosas, y se ha instalado el comulgatorio para facilitar los derechos de los fieles en el modo de recibir la Sagrada Comunión; se ha podido inaugurar el museo, se ha mejorado la iluminación, y, en estos últimos meses se ha colocado el retablo en la Capilla de la Comunión que hoy bendeciremos. Quedan aún cosas por hacer y a ello dedicaremos tiempo y energías esperando la colaboración de todos, personas particulares e instituciones. La Catedral es símbolo de la vida religiosa, cultural y social: la ciudad de Ibiza mira hacia ella y su visión determina la imagen de Ibiza cuando se llega, sea en barco, sea en avión. Reemplazarla o no cuidarla sería perder algo sustancial para nosotros, que vemos en ella no sólo su grandeza, su belleza y su antigüedad, sino también su misterioso encanto y su simbolismo. 

Desde el punto de vista espiritual y religioso en estos siete años de mi pontificado en esta diócesis he intentado acrecentar su vigor, reavivando el Cabildo catedralicio e invitando a los fieles a orar en ella, especialmente en las grandes solemnidades del año litúrgico, sin que ello suponga minusvalorar ni absorber la actividad en las parroquias, a las que les corresponde crear la primera y más cercana comunidad del pueblo cristiano, conservar y reavivar la fe del pueblo de hoy y suministrarle la doctrina de la salvación que nos trae Cristo. 

En esta tarea por reavivar la vida espiritual de la Catedral, además del Cabildo, creo necesario mencionar a los distintos coros de las parroquias, del Conservatorio de Música y del Patronato Municipal de Música de Ibiza que intervienen para solemnizar las celebraciones siempre que se les pide.

Y una palabra especial es preciso decir por justicia a José, mi secretario, que prepara muy bien las celebraciones y dedica horas y horas a arreglar elementos de la vida litúrgica, como son el belén, la casa santa, ornamentos, etc. Y también a las Hermanas de Marta y María, que cuidan con esmero muchas cosas de la Catedral pero sobre todo aquí rezan y adoran al Santísimo Sacramento por las tardes, motivando así que fieles y visitantes se animen a ello o, al menos, lleven consigo ese ejemplo. 

Quisiera, pues, en esta ocasión, hacer una llamada a todos y cada uno a comprometerse e involucrarse en la vida y la obra de la Catedral. Es Iglesia madre que ha producido muchos hijos, nuestras vivas parroquias de Ibiza y Formentera. Pero los hijos no deben olvidarse de los padres y arrinconarlos, sino amarlos, cuidarlos, protegerlos y ayudarles. Así deben hacer las parroquias y demás grupos católicos con la Catedral, cuya silueta nos identifica, nos inspira y atrae. 

4.      Una forma de amar a la Catedral es participar con devoción y ejemplaridad en las celebraciones litúrgicas que ayudan a descubrir la felicidad de la fe cristiana y dan sentido a la existencia. 

Lugar preeminente lo ocupa en la Catedral el Altar en el que se hacen presentes todas las parroquias de la comunidad diocesana, representando la unidad de la Iglesia diocesana fundamentada en Cristo. Es el símbolo por excelencia de la familia de Cristo reunida alrededor de El y participando en su acción divina. Es el Altar del Obispo porque la Eucaristía es signo y causa de comunión, y toda legítima celebración de la Eucaristía la dirige el Obispo quien «cualificado por la plenitud del sacramento del orden, es el administrador de la gracia, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas comunidades locales de fieles, unidas a sus pastores. En estas comunidades, aunque muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo, quien con su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica... Ahora bien, toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo, al cual le fue confiada la tarea de ofrecer a la Divina Majestad el culto cristiano y de regularlo según los mandamientos del Señor y las leyes de la Iglesia. (Cf. Gaudium et spes, 10), Por ello, el Ceremonial de los Obispos recomienda que el Pastor de la Diócesis celebre en el altar de la catedral los tres momentos litúrgicos más significativos de la vida cristiana: la Vigilia Pascual, punto central de todas las celebraciones dominicales, eucarísticas y bautismales; las ordenaciones, origen del ministerio en la Iglesia diocesana; y la misa Crismal.

La Catedral tiene que ver con la “cátedra”. «La iglesia catedral es aquella donde está situada la Cátedra del Obispo, signo del magisterio y la potestad del pastor de la Iglesia particular y, además, signo de unidad de los creyentes en la fe que el Obispo anuncia como pastor de su grey en comunión con Pedro» (Ceremonial de los Obispos, 42). De esta forma los diocesanos expresan su fe católica y su adhesión al Papa, sucesor de Pedro y vicario de Cristo, mediante la comunión con el Obispo. No es la cátedra un asiento de distinción sino como el lugar que me ofrece la posibilidad de alcanzaros a todos con la mirada y serviros de corazón. No me invita a la comodidad, sino al esmero por atender las necesidades más elementales de cada uno. Cuando hablo en la Catedral, o cuando pronuncio una homilía, comentando la Palabra de Dios, soy consciente de mi misión: presto la voz y mi persona. Lo que pueda yo discurrir, carece de importancia, comparado con lo que el Espíritu Santo quiera insinuar a través del ministerio episcopal.

5.      La Catedral debe mostrarse como «una casa abierta y acogedora» para los diocesanos y para los que nos visitan procedentes de otras iglesias particulares. Casa abierta, donde todos puedan entrar para rezar, para admirar o simplemente para saborear el silencio en el que es más fácil escuchar la Palabra de Dios y meditarla en el corazón.  La forma de presentarla como casa habitada es asegurar en ella la presencia de la comunidad que ora y celebra. En toda circunstancia se debe notar que se entra en una casa familiar con las características de la familia que habitualmente la habita, como es la comunidad.

Ha de ser también casa acogedora en la que se manifieste la vida de la Iglesia local, siendo el espacio de la celebración de las grandes fiestas del año litúrgico. Hemos de cuidarla, quererla y hacerla amable. Hablar de la «iglesia catedral» es referirnos no a una comunidad particular de la diócesis sino a la diócesis misma. No simboliza, por tanto, una parte de la Iglesia, sino la Iglesia en la totalidad, en cuanto realizada en esta determinada Iglesia particular. Nuestra Catedral no puede ser únicamente una iglesia singular. Los turistas que la visitan o las personas que pasean por ella examinando cada uno de los elementos arquitectónicos, han de llevar la impresión de que se encuentran ante un testimonio histórico de un pasado glorioso en el que se descubre la unión entre el cristianismo y la cultura, pero no deberían ignorar ahora para qué sirve una Catedral y cuál es su significado.

En la Catedral la Iglesia peregrina ora y celebra los Misterios de nuestra fe, porque si Jesús no hubiera resucitado, este edificio no tendría sentido. Se trataría de una casa vacía, triste y desangelada. Orar y facilitar el silencio necesario, pues como decía la Beata Madre Teresa de Calcuta: “«el fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. Y el fruto del servicio es la paz». 

7.      Quisiera que la celebración, un año más, de la fiesta de la Dedicación de la Catedral nos ayude a avivar nuestra conciencia de presencia y de pertenencia a la comunidad eclesial diocesana. Mientras reconozco agradecido la preocupación y sensibilidad religiosa de las generaciones que nos han precedido y nos han legado este templo y la vivencia cristiana que forma parte de la identidad pitiusa, os invito a venir aquí con frecuencia, diciendo con el Salmista: “¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor”. Y disfrutando de esa alegría concretar el compromiso de todos y cada uno para que nuestra Catedral sea lo que está llamada a ser. 

Que la Virgen de las Nieves, nuestra celestial Patrona, que tiene aquí su morada para ejercer de Madre sobre todos nosotros, que San Ciriaco y todos los Santos y beatos que tienen aquí sus imágenes y son venerados –el último en ser colocado el Beato Juan Pablo II- nos ayuden en esa tarea y hagan de nosotros verdaderos fieles que se miran y tratan la Catedral como la casa propia, el vestíbulo de la entrada al cielo que esperamos.

 
     

 

 

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