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HOMILÍA CON MOTIVO DEL PRIMER DOMINGO DE MAYO

6/5/2012
Parroquia de Santa Eulalia

1.      Este domingo, “primer diumenge de maig”, esta querida población de Santa Eulalia del Río celebra una gran fiesta que tiene su origen en el dar a Dios gracias por su amorosa intervención en un acontecimiento que tuvo lugar hace años.

Y ello nos trae a la memoria la importancia que tiene darle gracias a Dios por tantas y tantas cosas que nos suceden y que su providencia admirable y su misericordia infinita nos alcanzan. 

Dar gracias a Dios es la consecuencia lógica por parte del hombre en respuesta a lo que Dios hace por él. Todos hemos sido, somos y seremos visitados y ayudados por Dios siempre.

Un niño es salvado muchísimas veces por la intervención de sus padres en su infancia. Lo mismo nos ocurre a nosotros; tal vez no hemos sido protagonistas de ningún milagro extraordinario, pero si lo pensamos bien, nuestra vida, día a día, es una sucesión de milagros ordinarios que Dios nos va haciendo, empezando por el gran hecho de nuestro bautismo. 

Decirle gracias a Dios es como reconocerle a Él como el dador de todo nuestro bien, como nuestro Creador, en definitiva, es reconocerle como Dios. Por eso, el darle gracias a Dios es lo más contrario que hay al pecado. 

Dar gracias a Dios, pues, es una de las cosas más importantes que debemos hacer. Nuestras jornadas deben estar llenas de gratitud al Señor. Cuando nos levantamos, porque Dios nos concede un día más en esta tierra; cuando empezamos el trabajo porque nos tiene como colaboradores suyos en la tarea de hacer un mundo mejor, cuando comemos porque nos da fuerzas físicas necesarias para seguir adelante, cuando convivimos con nuestros amigos y compañeros porque nos permite ir construyendo un mundo lleno de fraternidad y de amor;  cuando tenemos salud porque nos sostiene y, cuando nos atacan las enfermedades o las debilidades porque nos permite estar unidos a su sufrimiento redentor en la cruz; cuando alguien nos ofende darle gracias a Dios porque nos da la oportunidad de –como Él- saber perdonar; cuando incluso algo no hacemos bien, sentir que, si nos arrepentimos Él nos perdonará y podremos experimentar su misericordia. 

2.      Ricas son las enseñanzas y estupendo el mensaje que brota de las lecturas que hemos escuchado en esta Santa Misa. El Evangelio de San Juan, apenas proclamado (Jn 15,1-8) nos ha presentado una parábola pronunciada por Jesús precisamente la noche de su pasión, y eso le da un valor singular. 

Con la referencia a la vid y los sarmientos se nos describe muy bien la naturaleza y la profundidad de la relación existente entre Jesucristo y los creyentes: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” ha dicho Jesús. 

Entre la vid y los sarmientos hay una unión tan estrecha, tan vital y profunda que el sarmiento si no está unido a la vid no puede dar fruto: de la vid recibe el sarmiento la linfa vital. Y así sucede con los verdaderos creyentes en Cristo: participamos de la vida divina que brota de Cristo. 

El hecho que nos hace participar de la vida en Cristo, que nos injerta en Él, es el bautismo (Rm 11,16), por medio del cual el Espíritu Santo entra en nuestros corazones (Rm 5,5) y nosotros quedamos regenerados a la vida divina. 

3.      Una vez hemos sido injertados a Cristo, verdadera vid, por el bautismo y la adhesión a la fe, es esencial permanecer unidos a Él, lo cual incluye una relación amorosa con Él, una comunión vital, una compenetración recíproca y una fusión amorosa. Y ello concretado en:

- ser fieles a los compromisos adquiridos en el bautismo, a las promesas que entonces hicimos y que renovamos al recibir el Sacramento de la Confirmación y cada año en la vigilia pascual. 

-  ser fieles a las enseñanzas de Cristo, que nos presentan los Evangelios y ello de forma radical y no aparentemente.

- permanecer en el amor de Cristo, es decir, dejarse amar por Él, dejarse conducir por el Espíritu Santo de amor y no poner obstáculos a la acción de su gracia.

-crecer con Él, o sea, ser adultos en la fe y dar abundantes frutos de buenas obras.

Cuanto más unidos se está a Cristo, cuanto más se participa de su amistad y de su vida divina, se es más provechoso espiritualmente. Los santos son prueba de ello: por su unión con Cristo han levado una vida llena de buenas obras. 

4.      Y ¿cómo mantener esa unión con Cristo? Pues los pasos son claros: 

- alimentando continuamente nuestra fe con su Palabra, con la Eucaristía y con la oración. 

- frecuentando los sacramentos, en particular la Eucaristía y muy especialmente los domingos. 

- con el compromiso de vivir las enseñanzas del  Evangelio de un modo coherente, lo cual nos lleva a practicar obras buenas, obras de misericordia.

5.      A la luz de todo ello, la celebración de hoy nos invita a ser muy conscientes de nuestra condición de hijos de Dios, no aparentemente, sino en verdad, en absoluta realidad, y como hijos unidos a Él participando de su vida divina. Además a tener un serio compromiso a sentirnos unidos a Cristo: no es algo accidental en mi vida, casual, que puede haber o no haber; la unión con Jesús es algo fundamental y que nos tiene que mover a apartar de nuestra vida todo lo que impide esa unión y hace difícil que su vida, su luz, su amor venga a nuestra alma, como es el pecado, las malas costumbres, la tibieza, las omisiones, y todos los medios que ponen difícil que Él pueda venir a nosotros, no por su parte, sino por la nuestra.

6.      La unión con Cristo produce un fruto maravilloso: el amor, manifestación esencial del ser cristiano. En efecto, hemos escuchado en la segunda lectura: “Hijos míos: no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” (1Jn 3, 18). ¿Qué quiere decir esa exhortación del Apóstol san Juan? Quiere decir, antes que nada no odiar, porque quien odia es como un homicida en el sentido de que mata al prójimo en su corazón y lo expresa con sus sentimientos y palabras, lo priva de su amor, le desea el mal. Ejemplos de esto, por desgracia, podríamos citar. Amar con obras significa ser sensibles a las necesidades del prójimo y ayudar a quienes viven en la necesidad o la indigencia, entregarse a los hermanos, buscar su propio bien su progreso y bienestar. 

Si amamos así al prójimo podemos decir en verdad que estamos unidos a Cristo, como los sarmientos a la vid, podemos estar serenos y tranquilos: sencillamente hacemos lo que corresponde hacer.

Es importante ofrecer al mundo un testimonio vivo y sincero de amor evangélico. En nuestro mudo hay tantas cosas, pero… vive desabastecido de verdadero amor y nosotros, los creyentes, estamos llamados a construir “la civilización del amor”, como recordaba bien el Beato Juan Pablo II, cuya imagen recorrió las calles de Santa Eulalia el ano pasado en el primer diumenge de maig, el mismo día de su elevación a los altares, casi podría afirmar que fue la primera procesión que se hizo en España a Juan Pablo II. 

Crear la civilización del amor es responsabilidad de todos. Y quisiera destacar cómo las congregaciones religiosas cumplen admirablemente este deber. Aquí en Santa Eulalia se homenajeo el pasado viernes a las Terciarias Trinitarias por lo que han hecho, hacen y seguirán haciendo por crear una civilización del amor en diversos campos: sanitario, educativo, social con atención a menores necesitados. Es un ejemplo más de cómo la Iglesia puede mostrar desde su seno tantas comunidades religiosas, manifestaciones de luz y dispensadoras de amor para que así el mundo crea en Jesús, encarnado y en el Padre que por amor lo ha enviado al mundo. Y junto a las congregaciones religiosas tantos que trabajan por sembrar el amor a los demás, no sólo con palabras sino con obras y obras maravillosas: Caritas, Manos Unidas, Misiones, ONG’s de inspiración cristiana, sin olvidar a otras personas que también hacen el bien en otras entidades. 

7.      Modelo de todo ello, de unión con Cristo y de servicio generoso a los demás es la Virgen María. Esta tarde llevaréis en procesión su imagen por las calles de la población. Es un hecho grande, maravilloso y que hace tanto bien, porque nos presenta una figura que vale la pena imitar, que vale la pena honrar, de la cual se pueden aprender tantas cosas, y entre ellas, a decirle “sí” a Dios y a sus planes, que no son otros que los de que nos amemos sincera y rectamente todos como fruto de nuestra relación con Dios que es amor. 

Cumplid así lo que dice la canción que aprendimos todos de niños y que en este mes de mayo tiene un sabor especial: “Venid y vamos todos, con flores a María, con flores a porfía, que Madre nuestra es”. 

Que la Virgen María, la mujer que proclama la grandeza del Señor, que da gracias a Dios, que le sigue y acompaña y con Él, por Él y en Él hace el bien, pasando hoy por las calles de Santa Eulalia os anime a quererla, y a imitarla.

 
     

 

 

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