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HOMILÍA EN EL FUNERA DEL RVDO. SR. D. ANTONIO TORRES RIPOLL EN LA PARROQUIA DE SAN MIGUEL

20/2/2006

1.Hay un momento en el rito de ordenación sacerdotal, que es uno de los más significativos y conmoventes: el ordenando se postra en el suelo como reducido a la nada, mientras la asamblea, presidida por el Obispo ordenate invoca insistentemente la intercesión de los Santos con el canto de las Letanías. Esta actitud del canditato que en el momento de ser trasformado por el Sacramento del Orden en ministro de Cristo, postrado en humildad ante la majestad de Dios, casi como anulándose a sí mismo anticipa una muerte: el sacerdote muere a sí mismo, muere a una vida individual o privada, muere a sus gustos personales y se convierte así en instrumento dócil en las manos de Dios para la salvación del mundo.

Hoy, cincuenta y cinco años después que Don Toni cumplió ese rito, el 7 de octubre de 1951, nos encontramos rodeando su cuerpo, postrado como el día de su ordenación. Como aquel día está rodeado por el pueblo de Dios que como entonces ora, y así, con su muerte cristiana Don Toni se ofrece como hostia pura, santa e inmaculada, unido al sacrificio de la Misa, que él tantas veces ha celebrado en esta su parroquia de San Miguel, desde cuando, el 10 de enero de 1962 tomo posesión, después de haber estado antes, desde el 29 de mayo de 1952 en San Vicente Ferrer. Posteriormente, en 1977 se encargó también de Santa Gertrudis y en 1983 de San Mateo. Hoy, al enterrarlo, podemos decir que ha competido su obra, ha hecho todo lo que tenía que hacer y espera no ya la recompensa o la colaboración humana, sino el premio de la misericordia divina. 

2. Toda muerte tiene el carácter de ofrenda sacrificial, unida como está a la muerte de Cristo. Esta verdad es aún más evidente en el caso de un sacerdote, que ha ido uniendo especialmente su vida y a la de Cristo, para poder así, unir un día, su muerte a la de Cristo.

Se cumple de ese modo lo que hemos escuchado en la lectura del Evangelio: el grano de trigo cae en tierra, se pudre y muere, pero eso da mucho fruto; de la muerte del grano nace la espiga llena de nuevos granos. La vida de un sacerdote es un morir cada día, un morir cotidiano para que nazca la espiga, para que la vida se difunda en las almas y produzca frutos de gracia. El sacerdote, desde el día que da el sí a la llamada divina elige el camino de morir cada día con Cristo para que Cristo nazca en las almas de que le son confiadas.

Y esta muerte cotidiana se expresa de tantas maneras. Don Toni lo expreso con una disponibilidad sin límites. Lo sabéis bien aquí en San Miguel: para él no había horarios, se amoldaba a las necesidades de la gente, servicial como él solo; amante de ayudar a los jóvenes con las clases de repaso para que pudieran tener mayor éxito en los estudios, etc. Para sostener la vida espiritual, se mostró siempre disponible para acoger y participar en los actos diocesanos: recuerdo su participación conmovida en los ejercicios espirituales que prediqué al clero diocesano el año pasado, su asistencia constante a los retiros, a las reuniones de formación: desde que le conozco no falló nunca.

Su morir cada día, como debe ser el de los sacerdotes, se expresó también en la separación de los afectos terrenos, la pobreza de medios materiales, la soledad que, en ocasiones, pasa el sacerdote, en el multiplicarse para poder realizar todos los compromisos, la obediencia a los superiores, aunque ello cueste. Y, finalmente, cuando las fuerzas declinan, la aceptación serena de la enfermedad y de la muerte. Recuerdo que cuando le preguntaba cómo se encontraba, siempre me respondía: ¡cuatro partes bien y una mal! 

3. La vida para don Toni no ha sido fácil. Hoy creo que es justo que él repita con otro gran pastor, al autor de la Carta a los hebreos: “En cuanto a mí, el momento se ha cumplido… He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia que me entregará el Señor en aquel día, Él que es un juez justo, y no sólo a mí, sino a todos aquellos que han amado su verdad” (Heb 2,4-6). 

Vosotros, queridos hermanos, testimonias con vuestra afectuosa presencia que don Toni ha luchado en la noble batalla de la vida, ha llevado a término con dignidad su carrera, aún en medio a las dificultades. Ahora, por tanto, sólo le queda recibir la corona que no se marchita, que el Señor ha prometido a sus siervos fieles. Esta certeza nos consuela en medio al dolor por la separación e ilumina la esperanza de que nuestra oración sea escuchada, una oración llevada a cabo alrededor del altar. Don Toni no presidirá más la santa misa en esta Iglesia, como ha hecho tantos y tantos años, ni tampoco en la Capilla de Portinax, donde iba con tanta generosidad todos los sábados en estos últimos tiempos. Pero pensamos que ahora participa en la liturgia celeste, donde Dios es contemplado y adorado no ya por medio de los signos, sino cada a cara. 

4. El sacerdote es también ministro de la Palabra. Cuantos sermones, catequesis, exhortaciones ha hecho Don Toni a lo largo de su vida sacerdotal. El sacerdote, aunque haya muerto sigue hablando. Por eso, expresadle vuestro agradecimiento con la decisión de recordar y tomar en serio todas las enseñanzas y consejos que en los días de su vida mortal os dio. ¿Qué cosa hay que alegre más y haga feliz a un sacerdote sino el ver cómo la Palabra de Dios que él predica toma lugar en el corazón de los fieles y produzca frutos de vida eterna? ¿Qué nos dice hoy Don Toni desde su ataúd, él que fue mandato y permaneció tantos años en esta parroquia sino recordar sus enseñanzas y llevarlas a la práctica para llevar adelante una vida digna de los hijos de Dios?

Os pido pues, ante esta ataúd de un pastor sencillo, bueno y generoso que tanto os ha hablado y guiado en el nombre de Jesús que toméis siempre el camino de la fidelidad y de la respuesta a las iniciativas de de Dios. 

5. Recemos por Don Toni, para que sea recibido entre los santos pastores del Pueblo de Dios, tal como nos enseña la Iglesia. También esto es expresión de gratitud, y seguramente esa es la mejor manera de pagarle toda la deuda que cada uno tiene con él por todo el bien recibido.

Recemos también por nosotros, que tenemos necesidad de fuerza y de constancia para progresar por el camino que conduce a Dios, corresponder a los dones de gracia recibidos para poder caminar hacia el Señor acompañados de las buenas obras. Y recemos también para que otros tomen el lugar que don Toni deja libre con su partida. La muerte de un sacerdote tiene también este aspecto que en nuestros días no es menos angustioso: un puesto vacío entre los trabajadores de la viña del Señor, donde hay tanto trabajo y los trabajadores son tan pocos.

 
     

 

 

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