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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN JUEN DE RIBERA EN EL REAL COLEGIO SEMINARIO DE CORPUS CHRISTI

14/1/2007

1-“No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”. Son palabras del Evangelio escuchado hace poco. San Juan las nos relata dentro de su discurso de despedida, en el ambiente lleno de tensión y emoción de la Última Cena, el momento en el que Jesús instituyó los Sacramentos de la Eucaristía y el Orden. En aquel ese momento solemne y dramático, Jesús les recordó a los Doce una verdad que ellos ya conocían; en efecto, en los años pasados, Jesús de Nazaret, encontrándose con tanta gente, a algunos les había dicho con firmeza: “Sígueme”. Y esos, no elegidos al azar, sino después de una mirada con ojos llenos de amor, se convirtieron en los Apóstoles, los encargados de continuar la obra de Cristo. Estas mismas palabras del Evangelio han resonado, con el silencioso ruido de la fe en los oídos de tantos hombres a lo largo de los años de vida de la Iglesia.  La historia, bien documentada y clara, nos enseña que valen también para San Juan de Ribera, cuya fiesta hoy celebramos solemnemente en esta Real Capilla por él dedicada al Santísimo Corpus Christi.No fue él quien eligió, sino que fue elegido, elegido por Dios para ser primero cristiano, después sacerdote y luego obispo para llevar así a cabo la misión que la Providencia le tenía preparada, una misión a la que se dedicó con competencia y generosidad en todos los años de su larga existencia, sin ahorrar esfuerzos ni fatigas: la misión de pastorear al pueblo de Dios como sucesor de los Apóstoles. A través suyo, como con otros tantos pastores que nunca han faltado a la Iglesia, Dios mismo ha buscado ovejas perdidas, ha hecho volver a las descarriadas, ha vendado a las heridas, curando a las enfermas y apacentando a todas debidamente, como se nos había prometido en la lectura del Profeta Isaías proclamada en esta Santa Misa.Así, cumplida esa misión, a las tres y cuarto de la madrugada del día de Reyes del año 1611, en esta Casa entregaba su alma a Dios aquel a quienes todos consideraban como un modelo de pastores, un enamorado de la Eucaristía, un sabio y prudente gobernante: el Arzobispo de Valencia y Patriarca de Antioquia y, por algunos años además, virrey. El Martirologio Romano dice de él, además que fue un defensor de la verdadera fe católica, dedicado la instrucción del pueblo cristiano. Ese seis de enero fue el “dies natalis” de nuestro Santo, cuando se presentó ante Jesucristo después con el fruto de sus desvelos pastorales, un fruto que, como deseaba Jesús, había de ser  un fruto que dure. El fruto fe un gobierno ejemplar de las dos diócesis que la Iglesia le confió: Badajoz, a la que amó siempre, y Valencia, que rigió por 42 años. Cuando se recorren muchas iglesias antiguas de Valencia, es posible encontrar capillas dedicadas a la custodia y reserva del Santísimo Sacramento que se deben a los decretos del Ribera.Nos encontramos en esta mañana en otro de sus frutos, que dura: esta Real Capilla y su anejo Colegio-Seminario para la formación del clero, gloria de esta Archidiócesis valentina. Hace pocos días ha salido a la luz un libro que copia la visita canónica a los Seminarios de España llevada a cabo en los turbulentos años de la Segunda República: como antiguo colegial no puedo ocultar mi emoción al leer el estado de este Real Colegio. El visitar apostólico, Mons. Marcelino Olaechea, entonces Obispo de Pamplona y después Arzobispo de Valencia, se deshace en elogios por esta institución al ver como la intuición del Fundador sigue siendo válida y eficaz tantos años después.La liturgia nos permite celebrar el “dies natalis” del Santo Patriarca ocho días después del seis de enero, para poder celebrarlo con el rango que corresponde a la rica herencia espiritual de San Juan de Ribera. Una oportunidad para aprovecharnos en nuestra vida de fe y seguimiento de Jesucristo, cada uno según la vocación recibida. 2- “Los Santos pasan, y Dios pasa con ellos”. Esta afirmación de un sencillo párroco rural, el Santo Cura de Ars, hoy también en la gloria de los altares, se cumplen también a la letra en San Juan de Ribera. En efecto, por la Universidad de Salamanca primero, luego por la diócesis pacense y, después por la sede valentina Juan de Ribera pasó sembrando a lo largo de su camino recta doctrina católica,  en especial lo referente a la presencia real y sacramental de Jesús en el augusto Sacramento del Altar, alimento para el pueblo cristiano. Se coloca así nuestro Santo en la escuadra de los Santos que, a lo largo de los siglos, con el ejemplo de la propia vida y la luz de su doctrina, han enseñado al pueblo de Dios la centralidad de la Eucaristía para la vida. El mensaje y la doctrina de San Juan de Ribera siguen siendo, pues, de  radiante actualidad para nuestro tiempo, como lo han sido de utilidad en el pasado y, sin duda lo serán el los tiempos venideros, si Dios así lo dispone. Para colaborar con el plan de Dios los colegiales que aquí nos hemos formado y los Superiores que gobiernan con celo y prudencia la Capilla y el Colegio, bebiendo en las fuentes copiosas de la vida y la doctrina del Fundador, podemos prestar, y a ese estamos comprometidos por la formación exquisita que aquí hemos recibido, el precioso servicio de encarnar y transmitir las enseñanzas que se derivan de la vida y magisterio de San Juan de Ribera. 3- En los albores de este Tercer Milenio de la era cristiana, es necesario seguir fomentando la espiritualidad eucarística de la que Ribera fue modelo. En efecto, al poco de iniciarse el Milenio, el Siervo de Dios Juan Pablo II, de santa y venerada memoria, promulgó un Año de la Eucaristía. Objetivo de ese año era reavivar en los fieles el estupor ante el Santísimo Sacramento del Altar.En líneas generales podemos decir que el primer milenio del cristianismo fue el de la difusión de lo que es la Eucaristía, que con su celebración fructuosa hizo nacer las comunidades cristianas que se reunían asiduamente para la fracción del pan, principalmente en el domingo, el día del Señor. Causa verdadera emoción leer los antiguos escritos de los Padres de la Iglesia, san Justino Romano especialmente, que nos narran cómo eran las celebraciones y cómo en medio a una sociedad que no era socio lógicamente cristiana, los fieles vivían de la Eucaristía, hasta el punto que los Mártires de Cartago exclaman: “No podemos vivir sin el domingo”El segundo milenio del cristianismo se caracterizó por la difusión del culto y la afirmación de la verdad de presencia real en el Sacramento. Es el milenio de los escritos e himnos de Tomás de Aquino, de las enseñanzas del Concilio de Trento, de los milagros eucarísticos. En ese milenio, San Juan de Ribera aporta su doctrina sobre la Eucaristía y sobre todo, su luminoso ejemplo de devoción al Sagrado Misterio y de promoción de su decoro y frecuencia, cuyas expresiones más visibles llegan hasta nuestros días en esta Real Capilla y Colegio-Seminario.El tercer mileno, el nuestro ha de ser el que, aprovechando toda la riqueza anterior sobre la Eucaristía, mueva a los fieles a un renovado acercamiento a este Misterio de amor y de servicio, centro de la vida cristiana, en el que “Cristo es nuestra comida, se renueva el memorial de su pasión, llena el alma de gracia y hace probar la gloria futura”.  4.- En este objetivo del Tercer Milenio el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, en su Encíclica Ecclesia de Eucharistía nos muestra un camino seguro. Así leemos en el n. 25 de la misma: “La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que se conservan después de la Misa –presencia que dura mientras subsistan las especies del pan y del vino- deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual. Corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies eucarísticas.Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (Cf. Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristiano ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el ‘’arte de la oración’’, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? Numerosos santos nos han dado ejemplo de esta práctica, alabada y recomendada repetidamente por el Magisterio…. La Eucaristía es un tesoro inestimable; no sólo su celebración, sino también estar ante ella fuera de la Misa, nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la gracia. Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar el rostro de Cristo, en el espíritu que he sugerido en las Cartas apostólicas Novo millennio ineunte y Rosarium Virginis Mariae, ha de desarrollar también este aspecto del culto eucarístico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de la comunión del Cuerpo y Sangre del Señor”.Esta enseñanza del amado Papa pienso que sería un buen resumen de la vida y doctrina de San Juan de Ribera. Hoy recordando si figura colosal de cristiano y de pastor, de gobernante y de ciudadano, considerando la invitación de Juan Pablo II para nuestro milenio, nosotros, que tenemos la responsabilidad de ser los iniciadores del mismo, celebrando la fiesta del Patriarca, le pedimos que nos ayude, con su poderosa intercesión y su luminoso ejemplo.

 
     

 

 

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