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HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL EN LA S.I.CATEDRAL |
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| 5/4/2007 |
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| Saludo inicial 1. Nos encontramos reunidos en esta Santa Iglesia Catedral el Obispo y los presbíteros, junto con religiosos y religiosas y fieles, para celebrar la Eucaristía y consagrar los óleos, que como nuevas fuentes de la gracia sacramental, se difundirán durante el año próximo sobre toda nuestra Iglesia en Ibiza y Formentera, para ser de ese modo, bajo la acción del Espíritu Santo, reedificada, purificada y vivificada. El Jueves Santo la Iglesia celebra la institución de dos Sacramentos de la Nueva Alianza: La Eucaristía y el Orden sacerdotal. Esta tarde, cada uno de vosotros, queridos Sacerdotes, en la comunidad eclesial confiada a cada uno, celebrará la Santa Misa, llamada in Coena Domini, y en dicha solemne ocasión los fieles serán alentados a acercarse, mediante la comunión y la adoración, al misterio del Cuerpo y Sangre derramados por la salvación del mundo. Como preludio, celebramos esta Misa crismal, que conmemora la institución del sacerdocio, nuestra pasión más fuerte, nuestra forma de ser y estar en la Iglesia para la vida del mundo. También en esta celebración nos acompañan algunos fieles, y no podía ser de otro modo, porque vivimos también para ellos, y ellos, que tantas veces nos rodean con su afecto y llaman a nuestra vida para recibir ayuda y consuelo espiritual, esperan de nosotros que seamos sacerdotes de cuerpo entero, maestros, liturgos y pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos de ellos. El Espíritu Santo en la vida de Jesús2. El Evangelio proclamado nos ha recordado aquellas solemnes palabras que Jesús, tomándolas del profeta Isaías, pronunció en la sinagoga de Cafarnaún: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Jesús, bien consciente de lo que Espíritu Santo hace en su vida, añadió: “Hoy se cumplen estas palabras de la Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). En efecto, el Espíritu Santo orienta la vida terrena de Jesús hacia el Padre. El Hijo unigénito de Dios fue concebido en el seno de la Virgen María (Cf. Lc 1,35) y se hizo hombre. Es también el Espíritu el que, descendiendo sobre Jesús en forma de paloma en su bautismo en el Jordán, le manifiesta como Hijo del Padre (Cf. Lc 3,21-22) y, acto seguido, le conduce al desierto (Cf. Lc 4,1). Tras la victoria sobre las tentaciones, Jesús da comienzo a su misión “por la fuerza del Espíritu” (Lc 4, 14), en Él se llena de gozo y bendice al Padre por su bondadoso designio (Cf. Lc 10,21) y con su fuerza expulsa los demonios (Cf. Mt 12,28; Lc 11,20). En el momento dramático de la cruz se ofrece a sí mismo “por el Espíritu eterno” (Hb 9,14), por el cual es resucitado después (Cf. Rm 8,11) y “constituido Hijo de Dios con poder” (Rm 1,4).En la tarde de Pascua, Jesús resucitado dice a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 29,22) y, tras haberles prometido una nueva efusión, les confía la salvación de los hermanos, enviándolos por los caminos del mundo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).La presencia de Cristo en la Iglesia de todos los tiempos y lugares se hace viva y eficaz en los creyentes por obra del Consolador (Cf. Jn 14,26). El Espíritu es “también para nuestra época el agente principal de la nueva evangelización… construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos” (Tertio millennio adveniente, 45). El Espíritu Santo en el sacerdote, alter Christus 3. Ese Espíritu vino sobre cada uno de nosotros, queridos sacerdotes, en día de nuestra ordenación y nos capacita a actualizar la obra y misión de Cristo. Cada vez que queramos reflexionar sobre nuestro sacerdocio, es necesario evocar aquella efusión del Espíritu que está en el origen de nuestro ministerio. El Espíritu está siempre sobre la Iglesia, la acompaña, la guía, la dirige y la santifica. Ese Espíritu nos acompaña también hoy y, con conciencia de su sello indeleble en cada uno de nosotros, renovaremos las promesas que hicimos en día de nuestra ordenación, cuando la voz del Maestro, pronunciada por la Iglesia, nos constituyó sacerdotes, ministros y custodios de la Eucaristía. Ciertamente donde se posa el Espíritu Santo, hay una novedad. Sabéis que cuando confirmo en vuestras parroquias, siempre dejo esta idea a los jóvenes. En nuestro caso, la novedad fue que tomándonos de entre los hombres, a continuación nos envió a ellos como Sacerdotes, como alter Christus para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia (Cf. Jn 10,10). Ser alter Christus significa que nos hemos de integrar tanto en Cristo que nuestra voz ha de ser la voz de Cristo para los hombres y para el mundo de hoy; nuestras obras han de ser las de Cristo ante un mundo que, aunque a veces no lo sepa, tiene necesidad del Él. Ser alter Christus y no otra cosa. Por eso, el sacerdote del Nuevo Testamento no está llamado a exponer una filosofía privada de la vida que él haya ideado o leído, sino la Palabra que le fue confiada y que no puede en ningún caso adulterar, como enseña san Pablo en 2 Cor 2,17: “Ciertamente no somos nosotros como muchos, que negocian con la palabra de Dios. Antes bien, con sinceridad y como de parte de Dios y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Como sacerdote, yo no puedo ofrecer mis ideas privadas: soy enviado de otro, y eso es lo que da relevancia a mi mensaje: “Somos embajadores de Cristo, como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro” añadirá san Pablo (2Cor 5,20). El Sacerdote en el edificio espiritual que es la Iglesia 4. La meta de ese resonar de la Palabra de Cristo es la construcción de un edificio espiritual en el que las piedras se van ensamblando. Aquí no se trata, pues de activismos, sino de dejar que el constructor, que es Dios mismo, vaya construyendo su casa, con nuestra colaboración, que Él mismo desea. Para entrar en la construcción es menester dejarnos ajustar para el puesto donde nos utilicen; por eso, no se trata simplemente de hacer u omitir lo que nos parezca, sino ser labrados por Otro, es decir, por Dios a través de su Iglesia. Ahí, en la construcción del edificio espiritual que es la Iglesia entramos todos: sacerdotes y fieles, cada uno en su lugar. ¡Qué importante es que cada uno, ayudado por la gracia de Dios descubra su lugar en la construcción, su lugar en la Iglesia! En un edificio si faltan algunas piedras, la construcción es imperfecta: el que está llamado a ser piedra de ese edificio ha de dejarse vincular a la totalidad. Si el lugar que cada uno, sea sacerdote o seglar, no se ocupa, ese lugar se queda vacío y el edificio, obviamente, está por acabar. Jueves Santo, pues, día para redescubrir nuestro servicio, unos como sacerdotes, otros como catequistas, agentes de la caridad, animadores litúrgicos, servidores del bien común, etc. El Sacerdote en la gran familia de los hijos de Dios 5. Ese edificio se presenta también con otra imagen: la de la familia, la gran familia de Dios. Puesto al frente de una porción de esa familia, los sacerdotes debemos tener y aprovechar las virtudes elementales sin las cuales una familia no está unida. Es tarea nuestra como sacerdotes mantener unidas a personas que son extrañas por el origen, la formación, el temperamento y las circunstancias de la vida. Por eso, forma parte de nuestra misión iniciar a las personas en la capacidad de perdonar, de reconciliar, fomentar el respeto al otro en su alteridad, la paciencia recíproca, la confianza mutua. También, y la vida es maestra en ello, en la aceptación del dolor, sea físico que moral. Difícilmente podremos cumplir este cometido si nosotros mismos no lo hemos aprendido antes. La familia –y nosotros todos, sacerdotes y seglares formamos una misma familia, la gran familia de los hijos de Dios- exige de cada miembro la capacidad de sacrificarse, de darse a los demás por el solo motivo del vínculo familiar. En nuestro caso, queridos sacerdotes, el celibato forma parte de esa entrega a los demás. En el mundo actual el celibato es la antítesis de la vida normal; no se trata de ejercer una profesión más entre otras, sino somos célibes como renuncia a un proyecto de vida para dejarse ceñir y guiar por otro, por Jesucristo. No hemos elegido nosotros el sacerdocio vivido en el celibato como un modo de vida. Es el Maestro el que nos ha llamado. Por eso, para llevar adelante el proyecto de vida sacerdotal es necesario mantener los ojos y la atención fijos en Él. Como recuerda en un escrito el Card. Ratzinguer: “si apartamos la vista de él, puede ocurrirnos lo que a Pedro cuando sale al encuentro de Jesús sobre las aguas: solo la vista del Señor puede hacer contrarrestar la fuerza de la gravedad y puede hacerlo realmente. Siempre somos pecadores; pero si él nos sostiene, las aguas del abismo pierden su poder”. Fijos los ojos en Jesús en la meditación asidua de la Palabra de Dios, el rezo del Oficio divino, la celebración cotidiana de la Eucaristía, el recurso frecuente a la Penitencias, la tierna devoción a la Virgen María que sigue diciéndonos, como a los criados de Caná: “Haced lo que el os diga” (Jn 2,3 ). El recuerdo de los gestos de la ordenación 6. Finalmente, cuando meditamos hoy, Jueves Santo, sobre el nacimiento de nuestro sacerdocio, vuelve a la mente nosotros el momento litúrgico tan sugestivo de la postración en el suelo el día de nuestra ordenación durante el canto de las Letanías. Ese gesto, de profunda humildad y de sumisa apertura fue oportuno para predisponer nuestro ánimo a la imposición sacramental de las manos, por medio de la cual el Espíritu Santo entró en nosotros para llevar a cabo su obra. Después de habernos incorporado, nos arrodillamos delante del Obispo para ser ordenados y recibimos de él la unción de las manos para la celebración del Santo Sacrificio, cuyos utensilios recibimos mientras se nos decía: “Recibe la ofrenda del pueblo santo de Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo”.Al recordar hoy y siempre aquellos gestos simbólicos, que indican la presencia y la acción del Espíritu Santo, nos invitan a consolidar en nosotros sus dones pues es importante dejar que Él continúe actuando en nosotros y que nosotros caminemos bajo su influjo. Más aún, que sea Él mismo quien actúe a través de nosotros. Cuando acecha la tentación y decaen las fuerzas humanas es el momento de invocar con más ardor al Espíritu para que venga en ayuda de nuestra debilidad y nos permita ser prudentes y fuertes como Dios quiere. La Virgen María, modelo del “si” del sacerdote7. Queridos hermanos en el sacerdocio: la solemne invocación del Espíritu Santo y el gesto sugestivo de humildad realizado durante la ordenación sacerdotal, nos recuerdan el fiat de la Anunciación. En el silencio de Nazaret, María se hace disponible para siempre a la voluntad del Señor y, por obra del Espíritu Santo, concibe a Cristo, salvador del mundo. Esta obediencia inicial recorre toda su existencia y culmina al pie de la Cruz. El sacerdote ha de considerar siempre ese fiat de María, para dejarse conducir, como Ella, por el Espíritu. La Virgen nos sostendrá en las opciones de pobreza evangélica y nos hará disponibles a la escucha humilde y sincera de los hermanos, para percibir en sus dramas y en sus aspiraciones los gemidos del Espíritu (Cf. Rom 8,26); nos hará capaz de servirlos con una clarividente discreción, para educarlos en los valores evangélicos; Ella hará de nosotros personas dedicada a buscar con solicitud “las cosas de arriba” (Col 3,1), para ser así un testigos convincentes de la primacía de Dios. La Virgen nos ayudará a acoger el don de la castidad como expresión de un amor más grande, que el Espíritu suscita para engendrar a la vida divina una multitud de hermanos. Ella nos conduce por los caminos de la obediencia evangélica, para que se deje guiar por el Paráclito, más allá de los propios proyectos, hacia la total adhesión a los designios de Dios. Acompañado por María, sabremos renovar cada día nuestra consagración hasta que, bajo la guía del mismo Espíritu, invocado confiadamente durante el itinerario humano y sacerdotal, entremos en el océano de luz de la Trinidad. Que la Virgen Santísima, venerada como Santa María de les Neus, d’Eivissa, ante cuya mirada maternal renovamos las promesas sacerdotales y bendecimos los oleos sagrados, nos conduzca siempre hacía Jesús. Amen. |
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