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HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR |
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| 6/8/2007 |
| PARROQUIA DEL SALVADOR DE LA MARINA |
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| 1. La Parroquia del simpático y entrañable barrio de La Marina de esta ciudad de Ibiza celebra hoy la fiesta del Salvador, su titular, que viene conocido también desde hace muchos años, Patrono de la Marina ibicenca. Sean, pues, mis primeras palabras de saludo y felicitación a quienes hoy celebran esta fiesta de un modo particular, empezando por los Padres Carmelitas que regentan la parroquia; a todos los feligreses, y de modo especial a quienes de un modo u otro colaboran más de cerca y más intensamente en la vida parroquial: a los catequistas, a quienes cuidan el templo, a los benefactores, a la Cofradía de la Virgen de la Piedad, en definitiva a todos los feligreses de este tempo. 2. La fiesta de la Transfiguración es una fiesta universal; en efecto, hoy, tanto la Iglesia de Occidente como la Iglesia de Oriente celebran este misterio del Señor en el mismo día. Las dos Iglesias, o como decía usando una bellísima expresión Juan Pablo II “los dos pulmones con los que respira la Iglesia”, hoy presentan a sus fieles un mensaje importante. Y ese mensaje no es otro que el de que la Transfiguración del Señor, en presencia de tres discípulos, confirma la esperanza universal de salvación. El hombre, todo hombre quiere ser salvado, quiere salvarse, y busca la Salvación. Jesús hoy, sobre el Monte Tabor, nos asegura que con él la salvación ha llegado. El camino de salvación es, pues, el camino del discípulo auténtico de Jesucristo. 3. Ahora bien: la historia y la experiencia personal de cada uno nos enseña que nuestra vida es una invitación y una exigencia a levar la misma Cruz que llevó el Señor, y en consecuencia y de ese modo, llegar al Calvario en espera de la Resurrección gloriosa, como la de Cristo. Y ello, lo sabemos todos, es difícil y puede provocar en nosotros momentos de desánimo, de desaliento. Dios, que es nuestro Creador y sabe cómo estamos hechos nos anima a vivir poniendo nuestra esperanza no en los hombres, no en las circunstancias y oportunidades meramente humanas, sino en la esperanza cierta de la resurrección. Por eso, como un anticipo de ello, el Evangelio de hoy nos ha presentado un anticipo, una prenda de la resurrección futura para que nuestra fe se alimente de la esperanza y se manifieste todo ello en la caridad. 4. La fiesta de hoy tiene lugar en medio al clima de vacaciones propio del mes de agosto en nuestras latitudes, un clima lleno de distracciones, de diversiones, de cosas distintas. Paseando por las calles de este barrio de La Marina en estos días, me viene a la cabeza siempre una pregunta: ¿Pero bueno, toda esta gente que hay por aquí, es feliz? En muchos casos pienso que la respuesta tendría que ser, lamentablemente, negativa. A una actividad lúdica sigue otra actividad lúdica sin que las personas queden saciadas; a una aparente diversión sigue otra diversión sin que las personas se queden a gusto. ¿Dónde está el secreto de la felicidad, dónde hay que buscarla? La respuesta que nos da la fiesta de hoy es clara y no deja lugar a dudas: está en Jesucristo y en la vida divina que Él nos transmite haciéndonos partícipes de la vida trinitaria. Nos lo dice san Pedro, que sin poder salir de su asombro por el don que recibe en la Transfiguración exclama: “¡Qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!”. Fue una propuesta ingenua, convencido tal vez que era el inicio de la gloria mesiánica definitiva sobre todo lo creado y quería prolongarla. Sin embargo, fue esa visión de la gloria la que orientó su vida más adelante, hasta llevarle a Roma a confesar con su sangre, alegremente, su adhesión incondicional a Cristo el Señor. ¡Cuantos hombres y mujeres, uniendo en su destino al de Cristo han cambiado su vida, se ha entregado a Él y han sido felices en esta tierra y son eternamente felices en el cielo! 5. ¿Cómo unir nuestra vida a la de Cristo? Está ya unida en el bautismo; se perfecciona esa unión por nuestra participación en la vida de la Iglesia, con la recepción de los Sacramentos, frecuentemente el de la Eucaristía y el de la Reconciliación; se mantiene esa unión con la práctica de la caridad y las demás virtudes cristianas. Y para conservar todo ello y hacer que dé fruto, es menester –y Jesús es un buen ejemplo de ello- condimentar nuestros días con la oración. El inicio del Evangelio nos ha presentado lo siguiente: “Jesús subió a la montaña a orar, y mientras oraba su rostro cambio de aspecto y sus vestidos se volvieron blancos” (Lc 9, 28.29). El evangelista san Lucas nos recuerda que el objetivo de Jesús al subir al monte no era otro que orar; como consecuencia de ello, cambió su rostro, cambia precisamente por la oración, durante la oración, o más bien, como consecuencia de la oración. 6. ¿Qué es la oración capaz de cambiar el rostro de una persona? La pregunta parece banal y elemental, pero en realidad n lo es, porque contrariamente a lo que se piensa generalmente, no todos conocemos ni tenemos una conciencia clara de lo que es la oración. Para intentar responder a esta pregunta, recurrimos a uno de los documentos del Concilio Vaticano II, cuando en la Constitución dogmática Dei Verbum afirma que “la oración es el coloquio entre Dios y el hombre, porque cuando oramos, hablamos con Él…” (n. 25). La oración, pues es el lenguaje apropiado para hablar con Dios e es el medio a través del cual el hombre puede encontrarse con su Creador, enamorarse de él y abrir se ese modo la propia vida a un horizonte y una dirección decisiva capaces de transformar la vida para siempre: ¡el hombre de oración es un hombre transfigurado! |
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