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HOMILÍA EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN DEL CARMEN

16/7/2007
1.      Todos los años, al llegar el verano, un gran número de pueblos de nuestro litoral español, celebran con gran solemnidad la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de las gentes del mar. Esta fiesta de la Virgen, de la Stella Maris, es la advocación más querida y entrañable de toda la gran familia marinera. Aquí en Ibiza y Formentera en estos días hasta seis procesiones salen en estos días llevando la imagen, tierna y entrañable de María Santísima, con el hábito carmelita, por encima de nuestras aguas limpias, claras y transparentes.La devoción de los hombres de la mar a la Virgen es uno de los hechos religiosos más notables y de más tradición en la Iglesia, en sintonía con aquella afirmación del Concilio Vaticano II: “En la Santa Iglesia, María ocupa el lugar más alto después de Cristo y el más cercano a nosotros” (L.G. 54).El amor de los marineros a la Virgen pertenece al misterio de los planes divinos. Es un regalo de Dios. Es la herencia, transmitida de generación en generación, de aquellos primeros marineros que conocieron en persona y amaron a María, los Apóstoles.2.      El lema para la fiesta del Carmen de este año es “María en la Eucaristía”. De este modo queremos responder a la llamada de nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, que nos invita a toda la Iglesia a vivir en este momento con especial intensidad el misterio de la Eucaristía. En su Exhortación Apostólica “Sacramentum Caritatis” hace el Papa una importante reflexión en torno al tema: “La Eucaristía y la Virgen “. Recordemos algunas de sus palabras: “…Cada vez que en la Liturgia Eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella (su Madre) que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia….Ella, es la Inmaculada, que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazareth, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de si mismo en la Eucaristía” ( S.C.,33 ).También el Papa Juan Pablo II, en su última Encíclica “Ecclesia de Eucaristía”, dedicaba un capítulo a María y la Eucaristía. Allí nos habla de la profunda relación que él establece entre Nuestra Madre y el Sacramento de la Eucaristía. Y nos dice que “contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el programa que he indicado a la Iglesia en el alba del Tercer Milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización” (E.E.,6).El hecho definitivo y real es que de la Eucaristía vive la Iglesia; de este “pan vivo”, que es el Cuerpo de Cristo, ella se alimenta y camina hacia la Casa del Padre ¿Cómo no sentir, pues, todos en estos momentos una profunda necesidad de realizar en nuestras vidas una renovada experiencia de la Eucaristía?Los primeros cristianos se reunían para la oración y la fracción del pan (Hch. 2, 42). La Virgen acompañaba a los apóstoles, estaba en el Cenáculo con ellos esperando la venida del Espíritu Santo y su presencia no pudo faltar en aquellas primeras celebraciones eucarísticas de confraternidad y unión.“Haced lo que Él os diga” (Jn. 2, 5 ) dijo María a los sirvientes del vino en las bodas de Caná, manifestando su gran fe en el poder sobrenatural de su Hijo. Ella sabía que Él, su Hijo, era el Salvador, el que tenía que venir al mundo a rescatar lo que estaba perdido. Él nos dejó como viático para la Vida Eterna su propio Cuerpo y su propia Sangre: “Mi Cuerpo es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que coma mi Cuerpo y beba mi Sangre tendrá vida en mí” (Jn. 6, 55).3.      María está íntimamente ligada a la Eucaristía, sacramento de salvación. Ella tiene hacia nosotros los mismos sentimientos y deseos que su Hijo y participa de modo directo en nuestra salvación. Es la mediadora entre nosotros y su Hijo. Por eso acudimos a ella en todas las necesidades y adversidades, seguros de que siempre nos escucha. Ya lo dice una antigua oración mariana: “Jamás se ha oído decir que ninguno de cuantos han recurrido a vuestro amparo o solicitado vuestra intercesión haya sido abandonado por Vos”. Jesús nos la dio como madre nuestra desde el árbol de la cruz y ella, no me cansaré nunca de decirlo, se tomó muy en serio su papel de madre. Nos escucha, nos infunde buenos propósitos, pensamientos y deseos. Vela por nosotros, nos da cobijo bajo su manto. Por eso, que el Dios que encontramos en la Eucaristía, guiados por María, nos ayuden a navegar por las aguas de la vida desde la seguridad de la nave que es la Iglesia, bajo la protección de la Virgen y pasando por ese mundo, como Jesús, haciendo el bien.

 
     

 

 

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